Opinión
Fotogenia
Por Público -
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Una cosa tiene de bueno el gigantesco derrame de petróleo del Golfo de México: que la contaminación que causa es “fotogénica”, como la llama en una columna de The New York Times el premio Nobel de Economía Paul Krugman. Sale en todas las fotos y en todas las televisiones. Pues no sucede lo mismo en el delta africano del Níger o en el lago venezolano de Maracaibo, donde nadie la nota, sino en las costas camaroneras y turísticas de Estados Unidos, que son el principal consumidor de petróleo y el primer diseminador de información del mundo. Es una contaminación visible e impresionante: una inmensa mancha negra creciente que se expande sobre la anchura azul del Golfo, tornasolada, surcada por serpientes zigzagueantes de llamas; y debajo, sostenida por nubes submarinas de petróleo tan altas bajo el agua como cúmulos nimbus en el cielo. Es un espectáculo sublime, en el sentido que le daba Kant a la palabra: lo terrible visto desde un lugar seguro, como una erupción volcánica contemplada desde la cima de otra montaña o una tempestad en el mar mirada a prudencial distancia desde la tierra firme.
Lo malo es que en este caso no hay en toda la tierra ningún lugar seguro desde donde admirar el sublime espectáculo. La amenaza es total: global.
Y eso es lo bueno del fotogénico derrame del pozo submarino de petróleo que se salió de madre. Que nos muestra globalmente que el envenenamiento es global. Lo que muchos científicos tildados de alarmistas y muchos militantes ecológicos tildados de locos vienen gritando desde hace decenios, pero que los grandes responsables políticos se negaban a tomar en serio: hace apenas unos meses, China se negó a disminuir sus emisiones de gas carbónico, y hace apenas unas semanas el Gobierno de Estados Unidos levantó las reservas sobre las perforaciones petrolíferas en vastas zonas de sus aguas costeras. Ahora, ese mismo Gobierno anuncia un endurecimiento de la regulación de la industria petrolera y anuncia que le va a dar “una patada en el culo”. Si lo hace –está por verse–, el petróleo va a ponerse caro.
Lo cual puede tener toda clase de consecuencias, unas buenas y otras malas, y muchas de ellas impredecibles. Pero una de las buenas es que otras fuentes de energía –la del viento, la del sol, la de las mareas– empezarán a ser competitivas económicamente con la del petróleo. Y será por fin no sólo necesario, sino rentable, empezar a limpiar el mundo.