Opinión
Sangre y oro
Por Espido Freire
En España no sólo los debates políticos son aburridos: es que los que versan sobre cualquier tema importante carecen de interés. Con nuestra crónica confusión entre decisión y cabezonería, y una mentalidad social que define el mundo en blanco y negro, somos refractarios al razonamiento elaborado; se juzga severamente al que cambia de opinión o evoluciona hacia posturas distintas. En cambio, el valor de la palabra dada no es reconocido.
Resultó por lo tanto una experiencia reconfortante el descubrimiento de que en el Congreso Internacional Antitaurino que tuvo lugar en Barcelona la semana pasada se manejaban argumentos nuevos y reveladores acerca de la lidia y la situación de los toros bravos. Abogados, veterinarios, médicos, periodistas... ofrecían razones lógicas, bien justificadas desde su profesión, por las que las corridas de toros deberían desaparecer de nuestro país. Fue un alivio el que tanto la ciencia como la ley interrumpieran el eterno bucle de negación y aseveración entre taurinos y defensores del animal: que el toro sufra o no, la tradición, la tétrada de artista protaurinos siempre invocados (Picasso, Goya, Hemingway y García Lorca), lo mucho más importante que es el hambre en el mundo... son frases que unos y otros hemos empleado, casi siempre con las mismas respuestas. Las conocemos. No escuchamos a los rivales.
ADDA y WSPA, las dos entidades organizadoras, tuvieron el buen olfato de ofrecer una visión nueva. El 75% de los catalanes están en contra del toreo. Un porcentaje cada vez mayor de andaluces, madrileños, extremeños... también. Las conclusiones fueron optimistas: el mayor grado de conciencia hacia los animales, y las legislaciones mundiales sobre su trato hacen imposible que las corridas tengan el menor futuro.
El magnífico etólogo canadiense Jeffrey Rushen se horrorizó cuando supo que se mutilaba al toro ya muerto. Su reacción espontánea me hizo sentir una profunda vergüenza de ser española, de encontrarnos a tanta distancia de la sensatez.