Opinión
Tiresias
Por Espido Freire
Hace unos días me recordaban que, inmediatamente antes de los cacareados debates electorales del pasado invierno, hice declaración pública de no verlos y por lo tanto no dedicarles espacio en columnas ni artículos. A ello añadí la predicción de anticipar de qué se hablaría, en qué tono, y más o menos las conclusiones finales de los dos contendientes. Cumplí mi promesa y, a lo que comentaban el otro día, atiné también con mis predicciones.
La razón por la que me negué en redondo a elaborar sobre el debate no estaba relacionada con la indiferencia o el desprecio por los candidatos: antes bien, ambos me merecen respeto y me resulta difícil dejar de lado el apasionamiento en temas como este. Pero como objetora política y, por lo tanto, observadora con cierta retranca resultaba el debate tan hueco, tan artificioso en sus meros planteamientos que precisamente por no sentir ni desprecio ni desinterés decidí ahorrarme el espectáculo de dos monólogos simultáneos. Por desgracia, ni la retórica ni la elocuencia abundan entre los dirigentes políticos contemporáneos: sí la locuacidad y la soltura, pero un debate político tiene poco de gesto y mucho de seguridad y de dominio del escenario.
Esas dos características pueden aprenderse o simularse con un asesor o un coacher. La esencial, el uso correcto y adecuado de la palabra, con independencia de voz, de acento, de tono más o menos agradable se enseñaba antes en las escuelas. Se aprendía de otros grandes oradores, o de los escritores. Ahora, desprestigiadas o desaparecidas esas tres clases de aprendizaje, los hablantes titubean, insinúan, vacilan.
No quedó la niña de Rajoy, el bonobús, la España que se rompe. Incluso los ciegos podrían vaticinar la inconsistencia de esos mensajes a seis meses vista.
(Mi actitud, por cierto, sentó mal a ciertos oyentes de la tertulia en la que participo, que estimaban que una tertuliana debía ver y estar al tanto del debate. Olvidaron que esa es misión del periodista. La del escritor es...).