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Galicia Nadie quiere comprar la casa en la que nació el 'aznarismo'

'La Dorna' sigue sin comprador cinco años después de que su familia lo pusiera a la venta. Se trata del chalé de verano de Manuel Fraga en Perbes, en el que decidió nombrar a Aznar como sucesor al frente del PP.

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Chalé de verano de Manuel Fraga en Perbes. JUAN OLIVER

Más de seis años y medio después de su muerte y cinco después de que su familia la pusiera a la venta, la casa de verano de Manuel Fraga en la localidad de Perbes, en el municipio coruñés de Miño, sigue cerrada y sin que ningún comprador se haya animado a pagar los 1,56 millones de euros que sus herederos piden por ella.

La Dorna, un chalé de 900 metros cuadrados construidos a pie de playa sobre una finca de 4.000 metros con preciosas vistas sobre la ría de Sada, una de las más abrigadas de la costa norte de Galicia, fue durante años el lugar de reposo preferido por el ex presidente de la Xunta. Y también un enclave crucial en la historia de la España contemporánea.

Fue allí, en Perbes, donde nació el aznarismo. Donde una terna de delfines (Federico Trillo, Francisco Álvarez Cascos, Juan José Lucas y Rodrigo Rato) logró convencer a Fraga, por entonces presidente del PP, de que su sucesor debía ser José María Aznar, y no Isabel Tocino, la joven empresaria y profesora vinculada al Opus Dei en quien el ex ministro de Gobernación con Franco había vislumbrado la reencarnación a la española de Margaret Thatcher.

"Aznar envió a sus delfines en 1989 para que le convencieran  y lo nombrara su sucesor al frente del PP"

Han pasado ya casi tres decenios desde aquella tarde de finales agosto de 1989 en Perbes, a donde acudieron los enviados de Aznar y donde lograron que Fraga girara su dedo para señalar a quien después gobernaría España durante ocho años. Una tarea ardua, porque desde luego Fraga no era un tipo que dejara fácilmente doblegar su voluntad. Y aunque hay quien piensa que aquellos mensajeros habían preparado sus argumentos con sumo cuidado para abordar a su líder con todas las garantías de éxito, quizá sólo fuera suerte que pudieran hacerlo. Tal vez fue la casualidad la que los llevó en el momento idóneo al único lugar adecuado para lograrlo.

Lo primero, porque Fraga ya había metido la pata en la gestión de los tiempos con su primera opción, el fallido Antonio Hernández Mancha, y temía repetir fracaso y no dar con alguien capaz de unir a un partido que se descosía ante la falta de una figura capaz de eclipsar el asentado carisma de Felipe González. Lo segundo, porque era sólo en aquella mansión sesentera, cuidadosamente ajardinada y con salida directa a un idílico arenal atlántico, donde Fraga ofrecía una versión de sí mismo relajada, cordial y alejada de la imagen de político bravucón, autoritario y malhumorado que siempre le acompañó en el imaginario colectivo de los españoles.

"Lograron que Fraga girara su dedo para señalar a quien después gobernaría España durante ocho años"

Al final de los más de quince años durante los que presidió la Xunta de Galicia, Fraga solía organizar durante sus veraneos en Perbes un café con periodistas que en muchas ocasiones servía su hija Carmen, por entonces eurodiputada. Y es verdad que en aquellos ágapes mostraba un carácter mucho menos fiero y abrupto. Despojado del traje y la corbata que sostenían sus excesos físicos y morales, vestido con polo deportivo y bermudas, se dejaba arrancar jugosos off the record paseando bajo el tupido viñedo del jardín, y hasta insinuaba cierta aparente fragilidad espiritual mientras mostraba los cuadros que decoraban su modesto dormitorio de dos camas.​

En aquellos encuentros con la prensa, que se celebraban en el mismo salón con vistas donde el aznarismo tomó carrerilla junto a una macabra pata de elefante reconvertida en paragüero, Fraga animaba a los plumillas a admirar las osamentas de sus trofeos de caza: antílopes de Namibia, ciervos de la selva negra alemana, rebecos de los Picos de Europa, gamos de quién sabe dónde... Incluso se permitía bromear con las políticas medioambientales de su propio Gobierno autonómico, contando la intrahistoria de las piezas abatidas a tiros que conservaba íntegras y relucientes gracias a la cuidadosa labor de su taxidermista de cabecera:

- ¿Ve usted este urogallo? Pues es de Os Ancares. Y ahora resulta que no se pueden cazar porque están en peligro de extinción y casi no quedan. ¡La culpa es nuestra, que hemos tenido que hacer una ley para proteger a los zorros de los cazadores, y resulta que son los zorros los que se comen a los urogallos!

La remodelación del chalé La Dorna

El chalé de Perbes mantiene hoy el mismo aspecto que tenía cuando aquel irredento cazador se dejó convencer para señalar a Aznar con su poderoso dedo sucesorio. Porque la última remodelación de calado de la vivienda tuvo lugar en 1988, después de que el Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive intentara volarla con una rudimentaria bomba de Goma 2 activada por una mecha casera.

El Exército era una organización terrorista que reclamaba la independencia de Galicia y su conversión al socialismo. Llegó a asesinar a un guardia civil en una emboscada en una aldea de A Coruña y a otra persona con una bomba en una discoteca de Santiago, que también mató a los dos desalmados que la transportaban y que tuvieron la estúpida idea de acercarse a un bafle en plena movida nocturna. Pero puede que la única acción por la que aún se recuerda a aquellos tipos fuera el atentado contra la residencia estival de Fraga.

Chalé de verano de Manuel Fraga en Perbes. JUAN OLIVER

La bomba voló buena parte del inmueble, cuya reconstrucción acabó rodeada de polémica. Porque cuando se vio acosado por los escándalos de corrupción que terminaron agusanando al felipisimo y permitiendo a la derecha recuperar el poder en España, el Gobierno de González tuvo que reconocer que le pagó la reforma a la familia Fraga con fondos reservados para la lucha antiterrorista.

Años después, el arquitecto encargado de las obras contó que su esposa, Carmen Estévez, no estaba muy tranquila con las garantías que podía darle en materia de seguridad porque él no simpatizaba con el partido:

- Señora, sepa que yo siempre dibujo los planos con la mano derecha-, le contestó.

Cuando lo acusaron de recibir dinero negro del Estado y de beneficiarse de la trama corrupta de los fondos de reptiles del Ministerio del Interior, una red que el propio Aznar denunciaba voces en Madrid para acosar a González, Fraga, en ese ininteligible dialecto con el que gobernaba en Galicia, se limitó a decir que no le constaba tal circunstancia. Y hasta se ganó a la opinión pública cuando se defendió diciendo que su casa de veraneo no era la mansión de un enriquecido opresor cuya carrera se había labrado como colaborador necesario de la dictadura franquista, sino el espartano fruto del esfuerzo de una familia pequeñoburguesa como cualquier otra, que había conseguido unos pequeños ahorros sudando durante decenios al servicio de la cosa pública.

Chalé de verano de Manuel Fraga en Perbes. JUAN OLIVER

Tras su fallecimiento en enero del 2012, la familia puso a la venta el chalé por 1,8 millones de euros. En el verano del 2015, ante la falta de ofertas, decidió rebajarla en casi un cuarto de millón. La inmobiliaria que gestiona la operación ha confirmado que el precio sigue siendo el mismo, aunque ha excusado pronunciarse sobre cualquier otra circunstancia que afecte al inmueble o a sus propietarios.

La vista de la casa de Fraga da un poco de penita

Es verdad que hay que obviar demasiadas cosas para reconocer, aunque sea en la intimidad, que una visita a la casa de Fraga acaba dando un poco de penita. Pero atándose los machos y obviando el rigor y la memoria histórica, los recuerdos de las víctimas de la dictadura, las consecuencias que tuvieron las decisiones de Aznar para miles de civiles inocentes en Irak, la desfachatez con la que Fraga y Naseiro normalizaron la corrupción en el PP, la condición predemocrática que por su culpa padeció Galicia durante tres lustros, e incluso las imágenes heladoras del paragüero hecho con una pata de elefante y del urogallo disecado, pues la verdad es que la da.

El jardín aún está cuidado, los visillos de las ventanas, discretamente echados sobre los marcos de PVC, y los frutales, podados en tiempo mientras la hiedra verdirroja que anticipa el otoño sigue dándole al conjunto un aspecto de romántico abandono. Del timbre que desluce el portalón de la entrada, al que nadie contesta, apenas queda una etiqueta borrosa y devorada por la humedad. Y lo único que diferencia la casa de otras viviendas nobles de la zona son la docena de cámaras de infrarrojos que simulan seguir vigilándola, y que, ya ciegas y herrumbrosas, semejan ridículas y despojadas de aquel aspecto amenazante del que antaño presumían.

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