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Mujer e igualdad El motín de las verduleras: el día que las mujeres trabajadoras sublevaron Madrid

Hartas de los desproporcionados impuestos, las vendedoras de la Cebada y la Ruda prendieron la mecha de una protesta que se extendió por los mercados y calles de la capital en 1892. Una de las primeras luchas obreras y germen de las feministas.

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El motín de las verduleras de 1892 ('La Ilustración Nacional') y un puesto de verduras fotografiado por 'Crónica' en 1932.


El 2 de julio de 1892 la prensa madrileña calificó a unas mujeres deslenguadas y de armas tomar como unas heroínas. Las verduleras de la calle de la Ruda y el mercado de la Cebada prendieron la mecha de una revuelta que se extendió por toda la ciudad, motivada por una excesiva subida de impuestos a las vendedoras ambulantes, ahogadas económicamente. “Pagaban una contribución anual superior al capital de casi todas ellas, proporcionalidad que debería darles categoría y facultades de primeros contribuyentes”, denunciaba seis días después José Fernández Bremón en la Crónica general que publicaba semanalmente en La Ilustración Española y Americana.

El alcalde, Alberto Bosch y Fustegueras, había tenido que hacer frente a una epidemia de cólera durante su primer mandato, en 1885, pero no se imaginaba lo que se le vendría encima cuando retomó el cargo en 1891. Su “desacertada gestión” engendró el motín de las verduleras y provocó una campaña contra “la moralidad administrativa, que había de dar en tierra con el Gobierno conservador”, señalaba Antonio Ballesteros y Beretta en Historia de España y su influencia en la Historia Universal. Bosch dimitió tres años después por un escándalo relacionado con los presupuestos municipales —cuando ejercía de ministro de Fomento durante la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena, madre de Alfonso XIII—, dejando atrás un reguero de sangre que corría calle abajo por las empinadas cuestas del Rastro y Lavapiés.

Su visto bueno al aumento de la cuota que debían pagar las feriantas ensombrecería su gestión, si bien entonces nadie le concedió importancia a la presión fiscal que soportaban. Fueron ellas —y no una medida administrativa, ni tampoco el alcalde que la refrendó— las protagonistas de una hazaña que terminaría vertiéndose en el sumidero del olvido. Su enconada protesta, que convirtió Madrid en un campo de batalla, no era esperada por las autoridades, quienes finalmente terminarían pagando la factura. “Si hoy tienen defensores, si el comercio cerró sus puertas, si nosotros le dedicamos estas líneas, se lo deben a ellas mismas, a sus pulmones, a sus puños, a su energía y a su sexo”, escribía Bremón.

¿Fue aquel combate por la subsistencia abanderado por uno de los primeros movimientos feministas de Madrid o cabría acotarlo a una lucha obrera encabezada por mujeres? La periodista Mar Abad, residente en el barrio de Lavapiés, matiza que la causa de la revuelta fue causada por una decisión económica y política, ya que la conciencia de género es muy reciente. “Hablamos de un conflicto más obrero que feminista, un término que sería acuñado a comienzos del siglo XX por las élites intelectuales que bebían de las ideas procedentes de Europa”, cree la cofundadora de la revista Yorokobu. Entonces no se llamaban así, aunque durante aquella algarada no sólo volaron piedras y hortalizas, sino también los principios de igualdad.

“Luchaban por el pan y por unas mejores condiciones laborales, porque bastante tenían con sus necesidades básicas como para meterse en pijadas feministas”, ironiza Abad, quien contextualiza una rebelión eminentemente femenina. “Planteárselo hoy en ciertos términos, cuando todo sucedió hace más de un siglo, es como si hace veinte años le hablásemos a alguien del género neutro, tan en boga en la actualidad”, razona la periodista almeriense. Esa conciencia era propia de mujeres ilustradas, añade la historiadora Sara López, quien considera que resulta complejo enmarcar aquel levantamiento popular. “No obstante, el hecho de que fuese propiciado por un grupo de mujeres unidas le confiere un fundamento feminista”.

A finales del XIX, las placeras del mercado de la Cebada, ubicado en el barrio de la Latina, competían con las vendedoras que exponían su mercancía en la calle de la Ruda. Un desfiladero entre modestísimas viviendas de paso obligado para llegar al Rastro, cuyos adoquines se convertían en una pista de patinaje debido a los desperdicios que arrojaban las verduleras y a los despojos de carniceros y pescaderos, que también terminaban untando el suelo. Los compradores esquivaban los cestos y banastas que obstaculizaban el tránsito, en medio de un hedor insoportable que ascendía hasta las habitaciones de los vecinos, a razón de un cuarto por familia.

Una protesta colérica

El profesor Luis Díaz Simón refleja las condiciones de vida de las gentes que habitaban los barrios bajos de aquel Madrid. “Calles insalubres, cuartos miserables y una población viviendo bajo los límites de la subsistencia. Tales eran los elementos que requería una enfermedad tan espantosa como el cólera para poder reinar en forma de epidemia”. La descripción contextualiza el terror desatado en la capital con la llegada, en 1895, del “huésped del Ganges”, que causó 1.366 muertes durante 133 días. No extraña que los barrios más afectados fueran los de La Latina y la Inclusa, donde tuvo lugar el motín de la alcachofa, precedente de las siguientes rebeliones protagonizadas por las vendedoras.

Las medidas adoptadas por las autoridades para erradicar la enfermedad cabrearon a las verduleras, como refleja Díaz Simón en el artículo El cólera de 1885 en Madrid, publicado en el libro Veinticinco años después, editado por el Grupo Taller de Historia Social de la Universidad Autónoma. La declaración oficial de la existencia de la epidemia también arrastró a los comerciantes, molestos porque la noticia recluiría a los vecinos en sus casas y espantaría a las familias andaluzas adineradas que hacían parada y fonda en la capital antes de llegar a los balnearios y playas del norte. Es decir, una ruina para sus negocios, aunque las humildes vendedoras de frutas y verduras se verían especialmente perjudicadas.

“Dado que los alimentos del reino vegetal podían ser fácilmente contaminados por el vibrión colérico y transmitir por esta vía la enfermedad a quien los consumiera, las familias madrileñas tendieron a excluir de su dieta los productos de la huerta, que fueron catalogados como nocivos tan pronto como se desató la epidemia”, explica en su artículo el docente de la Universidad Complutense. El 18 de junio comenzaron las algaradas y un día después se convocó una huelga. Las placeras de la Cebada salieron esa mañana en procesión con un pendón negro, del que colgaba una calavera de papel, en el que podía leerse: “Espárragos, lechugas y alcachofas contra el cólera”.

Las fuerzas del orden blandieron sus sables para dispersar a los manifestantes cuando llegaron a la plaza Mayor, si bien las protestas continuaron por los aledaños al grito de “¡No hay cólera, sino hambre!”. El gobernador civil, Raimundo Fernández Villaverde, intentaba templar los ánimos cuando una verdulera le lanzó una lechuga que impactó en el teniente de alcalde. Días después cerraron las tiendas, pero la represión fue cruel: cargó la caballería, hubo heridos por sablazos y muertos por disparos, lo que llevó a la prensa liberal a condenar la dureza con la que se trató de sofocar un conflicto al que se habían sumado las clases populares, mientras los aterrados ricos ponían pies en polvorosa para evitar el contagio.

Madrid debía ser desinfectado, aunque sus gentes no recibieron con los brazos abiertos a los operarios del Laboratorio Químico y Micrográfico Municipal, pues entendieron que el remedio era peor que la enfermedad: el olor sulfúrico de los bactericidas ahuyentaría a los clientes. Por ello, cuando llegaron al mercado de San Ildefonso, en el barrio de Maravillas —hoy conocido como Malasaña—, las verduleras vociferaron irónicamente “¿quién quiere cólera?”, como podrían haber ofrecido “¡lechugas baratas!” a voz en grito. Luis Díaz Simón bucea en la hemeroteca para reproducir otras proclamas contra la cuadrilla encargada de exterminar los temidos vibriones coléricos: “¡Eso es para matar a los pobres!”, “¡que se lo echen al gobernador!”, “¡nos quieren matar con polvos como a las chinches!”...

La epidemia pasó, pero quedó la muerte y el mito. Quizás aquella lechuga dirigida hacia el gobernador civil fue una ráfaga de alcauciles, de ahí que se le conozca como el motín de la alcachofa, que tendría consecuencias políticas. Fernández Villaverde, en una patada hacia arriba tras su polémica actuación para frenar la infestación, fue nombrado por Antonio Cánovas del Castillo como su ministro de Gobernación. En cuanto a los desfavorecidos, siguieron como estaban: sucios y hacinados, con sus tripas rugidoras y tirando de picaresca para no pagar la cuota cuando el cobrador asomaba por la calle de Toledo o la plaza del Cascorro.

En cuanto vendían algo, los hijos pequeños de las verduleras corrían apresurados a comprar con esas monedas un mendrugo de pan, al que le metían un buen mordisco para no tener que entregar ni la harina ni el metal. “Aquí los pobres, carne de todas las epidemias, abundan. Almacenados en oscuros e inmundos nichos, aparentan vivir como el reo que va al cadalso aparenta valor: por cuestión de amor propio”, escribía en 1907 el periodista republicano José Nakens. “Careciendo de trabajo, sólo se cuidan de ver cómo echan algún lastre a su estómago. ¡Oh, cólera! ¿Qué víctimas te agradan más? ¿Los niños raquíticos, las mujeres anémicas o los hombres extenuados?”.

Curtidas por la vida y la calle

Aunque los vecinos de la calle de la Ruda a veces se quejaban, pues tras la retirada de los puestos quedaba hecha un estercolero, también se beneficiaban de la compra al fiado en los “comercios para pobres” —que escribiría Benito Pérez Galdós en Misericordia— ubicados en los bajos de los edificios. Sin embargo, las autoridades municipales no dudaron en subir el impuesto de quince a cincuenta céntimos por banasta, lo que exprimía a las vendedoras, entre la espada de los recaudadores y la pared de los asentadores, encargados de suministrar a los mercados víveres al por mayor.

Alfonso Martínez, fundador de la revista La Gatera de la Villa, señalaba en el artículo La Ruda, una calle con carácter que algunos de los problemas derivaban de los proveedores de la Cebada —entonces Mercado Central de Abastos— y de los intermediarios. Enamorado de Madrid y fallecido el pasado año, Martínez comentaba que es posible que las verduleras burlasen la normativa municipal y se abasteciesen en las huertas a orillas del Manzanares, con el objetivo de procurarse mayores ganancias. Un dato que no pudo confirmar ni consta en su texto, donde destaca que era “una calle comprometida con los movimientos de izquierda” y sede de “un Centro Republicano y un Centro de Instrucción de Obreros muy dinámico, que incluso llegó a dar mítines feministas, dentro de otras muchas actividades divulgativas y formativas”. El historiador Carlos Osorio confirma que algunas verduras eran cultivadas en pequeñas fincas privadas, cercanas al río y en ocasiones de su propiedad.

En su artículo, Martínez describe a las verduleras como “unas mujeres curtidas por una vida en absoluto plácida y por un trabajo duro en el que era obligado pelear constantemente”. Discutían por un palmo de suelo, reñían con las placeras de la Cebada, plantaban cara a los guardias y no escatimaban berroqueños adjetivos hacia las propias clientas. “Muchas veces eran el sustento básico familiar [...] y otras muchas eran descaradamente chuleadas por un guapo que vivía de ellas”, resalta en La Gatera de la Villa. “Desde niñas aprendían este trabajo y la verdulera solía serlo por descendencia de línea materna [...]. No era cosa rara que sus padres no estuviesen casados ni tampoco que ellas hiciesen lo propio. Lo habitual es que apenas hubiesen ido al colegio y fuesen prácticamente analfabetas. El consumo de aguardiente, a veces en exceso, estaba entre sus prácticas habituales”.

Osorio, quien ha publicado numerosas obras sobre la capital, como Lavapiés y el Rastro (Ediciones La Librería), recuerda que carecían de instrucción, aunque resultaban carismáticas y poseían una fuerte personalidad. “Proferían palabrotas y mantenían una feroz competencia para que no les quitasen a sus clientes, lo que motivaba que se enzarzasen en riñas y se insultasen unas a otras. De ahí la expresión hablas como una verdulera, si bien su origen no tendría por qué venir de la calle de la Ruda”, matiza el autor de El Madrid olvidado. No dudaban, eso sí, en usar la mercancía como arma arrojadiza antes de tomarse un trago en el Café de San Millán. “Eran personajes muy característicos de la zona junto con las rastreras, es decir, las señoras que vendían casquería”.

El escritor madrileño señala que las primeras luchas obreras estuvieron protagonizadas por las cigarreras, las verduleras, las planchadoras y las lavanderas. En cambio, no se atreve a identificar el movimiento de las vendedoras de hortalizas como feminista. “Los datos de los que disponemos remiten a un conflicto laboral. Pese a que no eran conscientes de que el concepto de mujer formase parte de sus reivindicaciones, seguramente en su interior algo habría, aunque no hay constancia alguna para probarlo”. Osorio valora que, como había sucedido tiempo atrás en el motín de la alcachofa, en 1892 también se sumaron las fruteras con puesto fijo, lo que da una idea de unidad entre ellas.

Ángeles del hogar, diablas de la calle

“Verlas como sujetos activos de una reclamación de derechos por parte de las clases populares resulta muy llamativo”, reflexiona la historiadora Sara López. “Esa idea de colectividad es feminismo. Hoy nos han subido el impuesto a nosotras, pero mañana os puede pasar a vosotras, vendrían a decir las verduleras, quienes se enfrentaron al poder establecido pese a que tenían mucho que perder. Con fama de personas descaradas y ordinarias —como las define el diccionario de la Real Academia Española—, históricamente fueron menospreciadas, cuando simplemente eran madres solteras con una gran dificultad para salir del ciclo de la pobreza, por lo que se veían obligadas a ganarse la vida como vendedoras ambulantes”.

La cofundadora del proyecto feminista Herstóricas reclama que se recupere su gesta, al tiempo que se pregunta retóricamente si la hazaña se habría olvidado si hubiese sido protagonizada por hombres. “No eran señoritas, sino personas que se ganaron la vida con un gran sacrificio, por narices y por el machismo imperante. No eran mujeres ejemplares ni encarnaban el modelo femenino de la época, carecían de poder adquisitivo y de privilegios, resultaban incómodas y no se cortaban un pelo, de ahí que no hayan pasado a la historia. Sin embargo, la montaron muy gorda, pues se adueñaron del espacio público y se enfrentaron a los señores y los transeúntes, quienes se creían los amos de la calle”, razona. “Hubo quien se quedó con la anécdota de que le tiraron alcachofas al gobernador, cuando en realidad no fue una acción cándida, naíf y divertida, pues arrojaron piedras y recibieron sablazos”.

Al final, la historia la escribe quien tiene el poder, critica López. “En primer lugar, el hombre. Y luego las mujeres más privilegiadas, mientras que la semblanza de las obreras, con quienes nos podíamos sentir más identificadas hoy, ha sido olvidada. Ni se estudia, ni se divulga —al contrario de lo que sucede con la biografía de algunas coetáneas—, pese a que hicieron activismo de base. Por una cuestión de supervivencia y no ideológica, está claro, pero estaban ahí”.

Ni ella ni Mar Abad quieren ser malinterpretadas. No cargan las tintas contra las intelectuales en favor de las trabajadoras, sino que relativizan la memoria de ambas. “La historia es una herencia del franquismo, donde no existía ninguna mujer que no fuese una madre, una cocinera o una cuidadora. Esa ausencia se refleja tanto en los planes educativos como en la cultura mainstream, hasta el punto de que en siglos anteriores tuvieron mucho más protagonismo del que pensábamos”, denuncia la cofundadora de la revista Yorokobu, quien remite a la hemeroteca para encontrar a quienes participaban en tertulias y hasta las organizaban.

En su boca suenan Rosario de Acuña, Carmen de Burgos o Sofía Casanova, hoy protagonistas de su libro Antiguas pero modernas (Libros del K.O.) y ayer tachadas de “brujas” por la prensa conservadora y católica, que las trataba “con desdén, condescendencia y desprecio”, según Abad. “Hubo muchas mujeres cultas y activistas que fundaron publicaciones y organizaciones; que se dedicaban a la caridad al tiempo que a la política. Tenían carácter y, para anular esa fortaleza, la dictadura impuso de manera repugnante la figura de la mujer como ángel del hogar, creando un nuevo estereotipo de fémina sumisa e ignorante”, critica.

“La propaganda del franquismo impregnó hasta las revistas dirigidas a adolescentes para inculcarles una forma de ser y borrar una herencia: no sólo la de aquellas mujeres, sino también la de su carácter. Una franja malvada, ruin y asquerosa de la historia que debe ser revisada por retrógrada y represora. En definitiva, la escrita por los vencedores, cuyo machismo borró a partir de 1939 tanto a las ilustradas como a las verduleras”, lamenta la periodista almeriense, quien recuerda la gran contribución a la economía de las costureras, las maestras y otras “aguerridas e invisibles” trabajadoras.

Un vertedero de miseria y casquería

Carlos Osorio rememora que durante los motines las críticas hacia las vendedoras de hortalizas eran vertidas por “los columnistas de los periódicos desde una perspectiva social burguesa”. No tanto por los vecinos, pues formaban parte de una misma comunidad humilde y desfavorecida. La prensa censuraba las condiciones higiénicas de los barrios bajos, aunque a Sara López le llama la atención que algunos rotativos no las tratasen “con paternalismo”, sino como “mujeres concienciadas” que le plantaron cara a los guardias y al gobernador. Al frente de ellas, la Sarasate.

En cuanto a la insalubridad, los plumillas no se andaban con medias tintas. “Una de las causas fue el hacinamiento, pues en el siglo XIX se triplicó la población y en un piso vivían varias familias sin luz ni agua corriente, por lo que las epidemias de gripe o de cólera eran continuas”, explica el responsable de Caminando por Madrid. Si la calle de la Ruda era un vertedero, el panorama no era más profiláctico en los alrededores ni al sur de la urbe: las curtidurías de la Ribera de Curtidores, las fábricas de Embajadores, los mataderos hediondos y cada vez más periféricos, como el de Puerta de Toledo, etcétera.


Si en 1892 la situación era ésta, cuatro décadas antes podía leerse en diario El Clamor Público: “La calle de la Ruda se ha convertido en una mansión de furias, a juzgar por los descompasados gritos y obscenas palabras con que algunas verduleras allí situadas corrompen el aire, por medio del cual llegan sus inmorales dichos a oídos de jóvenes honestas y de la pacífica vecindad. Las referidas vendedoras impiden además el tránsito e insultan a cuantas personas de ambos sexos tienen la desgracia de pasar, y de vez en cuando disputan unas con otras, resultando de semejantes contiendas una salva de puñetazos, tirones de orejas, repelones y zapatazos”.

Dos palabras precedían estas líneas, Más quejas, publicadas en la sección Crónica de la capital el 23 de julio de 1853: “Esperemos que la autoridad haga cuanto esté de su parte para evitar un mal de que se nos han quejado varios padres de familia. Bien es verdad que es propio de la época en que vivimos. Ahora por desgracia se piensa en comprimir el pueblo, no en educarle”.

Una batalla campal

Sara López recuerda que La Latina y el Rastro fueron “el polvorín principal”, ya que la protesta se extendió por todos los mercados de Madrid. “Las mujeres lucharon por los derechos desde la calle y con una perspectiva obrera. Llama la atención que sean ellas las que tomasen la iniciativa y se reuniesen con el gobernador civil, aunque la represión de las fuerzas de seguridad fue brutal”, añade la miembro de Herstóricas. “Una batalla campal que subió de intensidad cuando las verduleras que esperaban en el exterior la salida de sus compañeras pensaron que habían sido detenidas. Aquella noche no quedó una farola con luz en Madrid y desde entonces aumentó su respeto”.

El diario católico El Siglo Futuro dio cuenta del motín con profusión de detalles. La información es cronológica y ocupa varias páginas. La oposición a la subida de las tasas comienza en la plaza de la Cebada y en la calle de la Ruda. Luego se expande por los mercados de San Ildefonso, los Mostenses, la Paz, San Miguel, Olavide o Torrecilla del Leal, así como por otros rincones de la ciudad, de la plaza del Carmen a la calle Alcalá, de la Puerta del Sol a la Fábrica de Tabacos —las cigarreras no se unieron a la lucha, según el periódico, pero sí las lavanderas—, del matadero a la plaza Mayor…

La regente regresaba en tren desde Aranjuez y las fuerzas de seguridad temían por su integridad. “Volaron por el aire escarolas, patatas y tomates, cayendo en lluvia tempestuosa sobre los agentes de cobranza. Las vendedoras se habían convertido en combatientes”. El obispo fue silbado y abucheado. “Es de advertir que pocos hombres tomaron parte en el motín, a lo menos durante sus primeras manifestaciones”. Banderas rojas, negras y nacionales, también trapos de todos los colores por bandera. “Las decididas amazonas rechazaron en varias ocasiones el auxilio de los hombres, empujándoles mientras decían: ¡Largo de aquí, vosotros no servís para nada!”.

Paralizaron el transporte de mercancías y viajeros que enlazaba las estaciones de ferrocarril del Norte y Mediodía con los mercados de la Cebada y los Mostenses. "En esto llegó un tranvía que subía trabajosamente la cuesta de la calle de Atocha. Los amotinados, en su afán de paralizar toda la vida social, se lanzaron sobre el vehículo, desengancharon las mulas, y haciendo bajar a la gente que iba dentro, empujaron con grandísima violencia el coche, que bajó rodando vertiginosamente la empinada cuesta de la calle hasta cerca de Atocha”. La misma suerte corrieron otros coches que circulaban en ambos sentidos, hasta que consiguieron bloquear la circulación.

Un Cojo Manteca “subió con presteza los peldaños y en un abrir y cerrar de ojos destrozó la armadura de los faroles”. La ciudad se quedaba a oscuras y para observar los estragos y las huellas de bala se encendían cerillas. “No había un solo farol sano y entero. Los habían destrozado con el palo de una bandera, en la que se leía el lema ¡Viva el pobre honrado y el pueblo madrileño!”. El ladillo Antropofagia daba pistas sobre el incidente sufrido por un guardia de orden público cuando una mujer se abalanzó sobre él, “dándole tan fuerte bocado en una oreja que le arrancó un pedazo de ella”. Había hambre de revancha, aunque consta el destino del apéndice. “Túvole un rato en la boca, y después lo mostró en triunfo a sus compañeras”.

“¡Pégame, hombre!”

El semanario La Ilustración Española y Americana concedía el protagonismo al carácter y la actitud de las organizadoras. “El tumulto de las verduleras tomó mal carácter por la gran irritación de las amotinadas, su desenvoltura de lenguaje, sus gritos, la presión que ejercían en los comerciantes, que hubieron de cerrar sus tiendas en las calles por donde pasaba aquel turbión. Algunas llevaban banderas; otras, en la punta de largos palos o de cañas, lucían por trofeos panes, frutas y verduras, significando sus respectivas profesiones”.

Algunas proclamas que pudieron escucharse en las calles de Madrid: “¡Abajo el alcalde!”, “¡La primera que tenga miedo y le pague [el impuesto al recaudador] le costará la vida”, “¡Cerrad las tiendas!”, “¡Fuera la venta! Que se coman los codos de hambre todos los ricos”, “¡Pan para los pobres!”, “¡Viva la República!, ¡muera el Gobierno!, ¡abajo Cánovas!”, “¡Que mueran los verdugos del pueblo!”...

Las anécdotas y discusiones podrían ser tantas como manifestantes hubo. Cuando un tabernero del Rastro se negó a cerrar su tienda y lo amenazaron con destrozarlo todo, al Ché no le quedó otra que decirles: “Pues mira, que entren todas y que beban lo que quieran. Yo convido”. Luego chapó el negocio con una vuelta de llave y otra de aplausos. El Siglo Futuro también relata que la cabecilla de un grupo “luchó cuerpo a cuerpo” con un guardia civil y le espetó: “¡Pega, hombre! ¡Si no lo haces, no valdrás ni los once reales que ganas!”.

Al alcalde Bosch le llovieron piedras y al teniente visitador Sr. Rivas le cayeron garrotazos. El gobernador civil, Gonzalo de Saavedra y Cueto, marqués de Bogaraya, recibió el golpe de un madero y vio precipitarse una "nube de piedras", por lo que tuvo que retirarse a su domicilio y delegar en el secretario Villalva. El diario católico reprodujo la arenga de una joven que resume el origen de la contienda y la negativa de las afectadas:

“Vamos a ver si aquí se ha acabado la vergüenza. Hasta ahora nadie se ha reído de las vendedoras de la Cebá. Nos quieren cobrar más de lo que ganamos. Vendemos los pimientos a cinco céntimos cada uno, las judías a quince céntimos el kilo, los tomates a veinticinco céntimos. Con los que nos quitan los de las banastas y las prestamistas y con lo que se nos pudre no nos queda para comer. El año pasado nos echaron un impuesto y lo pagamos como niñas tontas. Ahora nos quieren cobrar más. No podemos tolerarlo. Vamos a todas partes para que las tiendas se cierren. No tener miedo. Nos defenderemos unas a otras. ¡Vamos allá!”.

Las temidas verduleras

Veintiocho años después, José Francos Rodríguez rememoraba en el ABC cómo surgió el gran motín, porque habría más, aunque ninguno tan masivo ni feroz. “Las vendedoras de los mercados, a quienes se les exigía un impuesto de varios céntimos diarios por ejercer su industria, concertáronse con el deseo de no pagar el tributo. Los guardias, cumpliendo órdenes imperiosas, empezaron a exigir las perras chicas. Hubo primero gritos; después, tomatazos; más tarde, puñadas y hasta tiros; los agentes esgrimieron las tizonas; las buenas mozas consumieron hortalizas, usándolas como proyectiles; luego intervinieron los hombres; la población entera quedó convertida en campo de lucha, y, en resumen, durante un par de días se oyó por diferentes parajes de la corte el clamor de la revuelta, sofocada, no sin trabajo, tras de cargas de la Policía y de la Guardia Civil; varios heridos, muchos contusos, cierre de tiendas, mueras, sobresaltos y abundancia de apóstrofes en los labios y de columnas de prosa indignadísima en los periódicos".

Hubo de todo, menos puntos y comas, pero de añadirlos a Batallas Políticas (De las memorias de un gacetillero) ya se encargó Francos Rodríguez el 16 de julio de 1920. Cuando las verduleras protestaron ante la mansión de Cánovas, el periodista asegura que el presidente del Consejo de Ministros exclamó: "Para contenerles, basta con mi perro". El cronista se burla de él, como otros se mofaban de su mediático chucho, porque era un orgulloso e intemperante que "quería echar al perro a las masas populares".

José A. Nieto Sánchez destaca que la conflictividad en las plazas de abastos era tal que “un simple cambio en el horario de venta era susceptible” de una algarada. El de la Cebada se convirtió en "el núcleo de todo tipo de agitaciones", señala en el libro Historia del Rastro. Los orígenes del mercado popular de Madrid (Visión). "Tal vez por el temor que suscitaban estas revueltas, y el que inspiraban las propias verduleras, el poder se mostró intransigente ante la mínima manifestación de protesta de estas mujeres. Por eso se entiende mejor que una simple reunión celebrada en 1896 en un café acabara movilizando a una gran parte de las fuerzas del orden establecidas en el sur de Madrid". Dos son multitud; más de tres, amenaza.

Las escaramuzas de 1892 dieron hasta para chistes. Hay bastantes, pero nos quedamos con una ocurrencia aguda y agria, reflejo de aquel tiempo, que bajo la maldita gracia tanta verdad rezuma:


Un hombre con un saco insultaba a las verduleras.
- ¿Qué hace usted?
- Todo lo posible para que me tiren patatas: es mi única esperanza de comer.




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