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Muchas autoridades, pocas víctimas

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Banderas con crespones negros. Coronas de laurel. Música clásica. Dolor acumulado. Lágrimas. Madrid rompía ayer cansinamente su rutina como cada 11 de marzo desde hace cuatro años. Los políticos se prodigaban aquí y allá en actos de recuerdo a las víctimas de la matanza de Madrid. Las víctimas, sin embargo, huían de las solemnidades.

Así pasó en el acto central, el que al mediodía reunía en la estación de Atocha, junto al vidriado monumento en recuerdo a los fallecidos en aquella masacre, a las más altas personalidades del Estado. Allí fueron los reyes, el presidente del Gobierno, el líder de la oposición, los presidentes del Congreso y el Senado, la presidenta del Tribunal Constitucional, varios presidentes autonómicos, senadores... Decenas de cargos públicos que se agolpaban sobre la moqueta azul extendida para la ocasión.

Y, sin embargo, el espacio reservado para las víctimas dejaba ver muchas sillas vacías. Y eso que muchas estaban ocupadas por representantes de asociaciones, cuando no por políticos sin hueco en la zona noble del acto. Familiares y víctimas del 11-M, pocos. Muy pocos. Mariano y su mujer, Aurora, que perdieron a su hijo en los trenes. Sandra, cuyo marido resultó herido...

Pero ayer paradójicamente, parecía que ellas, las víctimas, no eran las protagonistas. Lo eran los políticos. Zapatero y Rajoy, que se cruzaron, pero no hablaron. Esperanza Aguirre y su compañero/rival de partido, Alberto Ruiz Gallardón. La mujer del presidente del Gobierno, que, vestida de negro, cantó junto al coro de la Capilla Real de Catalunya y Madrid el Da Pacem Domine.

Fueron sólo diez minutos. Sin discursos. Con policías municipales vestidos de gala. Con la solemnidad de los actos que comienzan a convertirse en rutinarios. Después, todos se fueron aún más rápido. Los reyes se dirigieron hacia sus vehículos mirando hacia las autoridades, pero sin un gesto hacia las víctimas. El presidente del Gobierno les siguió. Tampoco él les dedicó un gesto. Ni su mujer. Ni el líder de la oposición. Ni el resto de las personalidades.

A María, con un clavel en la mano y lágrimas en los ojos, eso le dolió. “Pon en tu periódico que ni nos han mirado”, ruega al periodista. Al final, levantada la moqueta azul y ausentes las personalidades y sus coches oficiales, un folio escrito por una niña llamada Ana y pegado a una de las columnas de la estación se convertía en improvisado altar bajo el que acumulaban las flores. “Siempre os recordamos por lo que paso ese día. No más atentados, ¡por favor!”, pedía su autora con letra infantil y tres corazones garabateados. Pero las autoridades no le prestaron atención. No estaban en el protocolo. Tampoco las víctimas.