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Resistencia pacífica No veles el cadáver de un matón falangista: una forma de desobediencia civil en el franquismo

La sociedad rural gallega mostró su desprecio a los represores una vez muertos, un ejemplo de resistencia pacífica en la dictadura. No acudir al entierro, no llevar el féretro o no desearle una vida eterna fueron ejemplos de su rebeldía simbólica.

La Escuadra Negra de Eirexalba, integrada por falangistas lucenses. / ARCHIVO FAMILIA DÍAZ


Los rojos no recibían cristiana sepultura, una forma de eliminarlos dos veces: en la vida y en la muerte. El triunfo absoluto y definitivo de los rebeldes, insatisfechos con la victoria en el frente. “No era suficiente con matar físicamente al enemigo, debía ser aniquilado también en lo psicológico”, escribe Ana Cabana Iglesia en Sobrellevar la vida. Negarles una ceremonia religiosa era otra forma de represión, que afectaba a su familia y a sus descendientes.

La Galicia de la posguerra, de la dictadura franquista, de la larga noche de piedra. Un entorno rural que podría estar situado en otras latitudes, aunque las investigaciones de la profesora de Historia de la Universidade de Santiago de Compostela, así como los testimonios recogidos por ella y otros autores, se ciñen a este rincón de aquella España. Un escenario donde la muerte y los ritos que la acompañaban tenían un significado especial.

La rotura de esa simbología fue una afrenta para los derrotados, quienes dieron de beber a los vencedores su propia medicina. Lo que no pudieron decirle ni hacerle en vida al represor o al matón, se lo dijeron e hicieron una vez fallecido.

Un ojalá te pudras interior. Una ausencia deliberada en su pasamiento.

El pueblo castigado tampoco acompañaría al falangista en su tránsito: un acto con una pesada carga alegórica, además de una de “las sanciones más severas que una comunidad guarda”.

Cabana suma otros gestos de desprecio de la comunidad hacia aquellos represores que habían quebrado los códigos morales, aprovechándose del gatillo y la autoridad: “Acudir en número escaso al sepelio, no guardar las formas instituidas en los velatorios, no presentarse para llevar el féretro en el hombro a la entrada de la iglesia o del cementerio, la falta de apoyo a la familia a la hora de afrontar el luto o la no verbalización o la interiorización de los anhelos de una vida eterna para el difunto son incumplimientos en los rituales en lo relacionado con la muerte y con los difuntos de un gran simbolismo”.

Según la miembro del Grupo de referencia competitiva Historia agraria y política del mundo rural (Histagra), de la Universidade de Santiago, esas actitudes son un “castigo y muestra de expulsión del colectivo”. Una condena de los comportamientos “ilegítimos e ilegales”, como el asesinato de niños, mujeres y ancianos. “Ni el ambiente bélico ni ninguna legislación amparaba [...] asesinatos hechos a traición a ojos de la vecindad”, escribe Cabana. Tampoco el robo de los bienes del asesinado y su posterior lucimiento en público, semilla del miedo y escarnio para las familias.

Milicianos fascistas en Cangas. / NOMES E VOCES

Su investigación, hidratada por fuentes orales y apuntalada por antropólogos, está recogida en Sobrellevar la vida. Memorias de resistencias y resistencias de las memorias al franquismo, un trabajo enmarcado en el proyecto de investigación Políticas agrarias en un contexto autoritario. De la autarquía a la revolución verde: consecuencias en el agroecosistema, la economía y la sociedad rural (1940-1980). No es el único estudio donde aborda las formas de “represión psicológica”, así como “las fórmulas igualmente alegóricas que las comunidades activaron para tratar de aliviarla”.

Sin embargo, deja claro que esa “aniquilación personal” no afectaba a los antepasados del matón ni la heredaban sus descendientes. Simplemente, excluían al ejecutor de la comunidad de finados, una forma de borrarlo de la memoria del pueblo. “Existía un límite claro, que era la asistencia a al familia”, explica la historiadora a Público. “Se distinguía al represor de su parentela, con lo cual la soledad mortuoria se aminoraba. Los vecinos quizás no participaban en las exequias, pero le mostraban su apoyo a sus mujeres e hijos”.

En el lado contrario, los familiares de las víctimas republicanas “no tenían la oportunidad de despedirse con una ceremonia como dios manda”. Pese a ello, Cabana deja claro que tampoco le hicieron el vacío a los falangistas de forma masiva, pues podían tener una buena relación con quienes compartían sus apellidos. No obstante, la escasa asistencia a algunos sepelios reflejaba la falta de cooperación con las fórmulas de sociabilidad establecidas, o sea, el “descontento” y el rechazo hacia esa persona. “El entierro y el acompañamiento en la muerte era un momento muy sentido, por lo que la falta de gente era un deshonor”.

La autora de La derrota de lo épico (Universitat de València) recuerda algunas ausencias simbólicas en los ritos de paso. “Al guardia civil Nemesio Hortal, uno de los más destacados represores del municipio de Arzúa, y al que varias fuentes imputan el asesinato del alcalde republicano, la memoria comunitaria le niega todo acompañamiento en sus honras fúnebres. En el mismo punto insisten los vecinos de una parroquia del Ayuntamiento de Cospeito al recordar el sepelio de uno de los matones falangistas de la localidad. Nadie le fue al entierro es un ejemplo de construcción mítica generalizada que verbaliza un castigo prácticamente sin igual en el sistema de valores de la cultura popular”.

La disidencia de la ausencia.

El entierro como destierro.


“Para un régimen casi obsesionado por lo simbólico, la ruptura de los marcos de representación por él establecidos suponía un espacio de resistencia”, escribe la historiadora en Sobrellevar la vida. Sin embargo, en aquella sociedad rural, los paisanos no olvidaban los paseos ni las palizas de los camisas azules que se amparaban en la impunidad del franquismo, lo que alentó estas formas de desobediencia civil o resistencia pacífica vinculadas a los rituales fúnebres de los victimarios.

Ana Cabana (Castro de Rei, 1976) insiste en subrayar que no son un sinónimo exacto de rechazo hacia las estructuras de poder, ni tampoco de no adhesión a la dictadura, aunque el pueblo tenía claro quiénes habían sido las víctimas y los verdugos. Hubo un contradiscurso que deslegitimaba el régimen, “pese sus costes”, así como un discurso oculto bajo un manto de simulación en público. También un disenso invisible o circunscrito a la esfera privada, si bien muchas veces el silencio decía mucho más que el exabrupto.

“Por ejemplo, cuando hablamos de no guardar las formas en el velatorio de un represor, no nos referimos a una ruptura evidente, sino a disensiones simbólicas y muy interiores, como no rezar. Una forma de disconformidad no visual, ni siquiera física. Es decir, nadie gritaba delante del difunto ni armaba jaleo, pero por dentro su sentimiento era distinto y no mostraba el mismo respeto”, matiza la profesora de la Universidade de Santiago.

Miembros de la Guardia Cívica de Pontevedra. / ARCHIVO DE XOSÉ ÁLVAREZ

Más allá de la oposición simbólica, ¿implicaban esos gestos una rebeldía frente a la autoridad? “Reflejaban dolor o, si se prefiere, la memoria del dolor. Alguien presente en el velatorio de un represor podría decirse a sí mismo: No pude hacer nada en vida porque me pudo la realidad, pero de algún modo ahora tengo que distinguirme y mostrar mi desafecto. En todo caso, sí hay implícita una resistencia, es decir, la idea de que uno no siempre es sumiso, aunque a lo mejor tuvo que contenerse durante años”.

El escenario es determinante: parroquias y aldeas en las que se perdonó para sobrevivir, añade Cabana, quien recuerda que lo habitual era que los falangistas sembraran el terror en otras zonas, no en su propia localidad. Ese vacío en los entierros no expresaría tanto un rechazo a las estructuras de poder, como a los represores directos. “Ahora bien, la represión tiene muchas caras: no sólo la violenta y física, sino también la del desprecio social, igualmente sentida”.

La historiadora se cuida de mitificar esta forma de resistencia civil o no violenta, que no tendría por qué ser ideológica, a pesar de que el clero encarnase o legitimase “en suprema instancia” el orden establecido. “El vacío al muerto no se puede elevar a categoría, aunque algunas fuentes orales atestigüen que fue así”. No hablamos, pues, de una oposición con el objetivo de derrocar el régimen ni con “aspiraciones políticas específicas", escribe en el artículo Minar la paz social. Retrato de la conflictividad rural en Galicia durante el primer franquismo, publicado en Ayer, una revista coeditada por Marcial Pons y la Asociación de Historia Contemporánea.

El reloj de bolsillo del alcalde socialista Clemente Amago, víctima de la represión franquista. / FAMILIA AMAGO

“Era una resistencia simbólica y personal, donde el único éxito pasaba por sentirse bien”. Un que te vayas al infierno entre dientes, callado pero no silenciado. “Así, obtenían un espacio vital que le negaba el régimen. Lo importante era el bienestar que le proporcionaba al sujeto y la idea de visualizar un ambiente de no sumisión, o sea, de autonomía”, reflexiona la profesora lucense, cuya tesis doctoral Entre a resistencia e a adaptación. A sociedade rural galega no franquismo (1936-1960) fue merecedora del premio extraordinario.

Porque no asistir a un entierro en un entorno rural durante los años cuarenta y cincuenta revestía gravedad. El funeral y el velatorio eran un acto social, además de un ejemplo de unión entre los parroquianos. La ausencia de un vecino suponía una fractura, evidenciaba una brecha, revelaba un desgarro. “No desearle una buena muerte ni la vida eterna al difunto implicaba romper con algo muy importante, pues esas normas estaban muy asentadas en su comportamiento”.

Sobre esa actitud se había edificado durante décadas la convivencia. Excluir a los represores de la comunidad de difuntos conllevaba su expulsión de la comunidad de los vivos. “Era una manera de apartarlos totalmente de aquella sociedad, pues todos recibían el nombre de la casa o del cabeza de familia”. Una colectividad de vivos que se sustentaba en una colectividad de muertos. Bastaba ese signo hoy aparentemente nimio, en este mundo aséptico hasta en la muerte, para expulsarlos del paraíso o infierno terrenal: no acudir a su entierro.

“Si fuese una persona apreciada, iría todo el pueblo”, concluye Ana Cabana.

Una ausencia presente en honor de los ausentes pasados.

Una expresión de rebeldía. O de desobediencia. O de resistencia.

Civil y pacífica.

Aunque a veces tuviesen que pasar demasiados años para estar, valga la paradoja, no estando.