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La revuelta de los 'chalecos amarillos': la indignación de los automovilistas inquieta a Macron

Unas 1.500 acciones para bloquear carreteras y gasolineras están previstas este sábado por toda Francia, en el primer movimiento espontáneo al que se confronta el joven presidente francés

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El presidente francés, Emmanuel Macron.- REUTERS

“¿Cuándo se terminará el atraco a los conductores que habéis impulsado desde que estáis en el gobierno?”. Así empieza el último vídeo que arrasa en las redes sociales en Francia. Jacline Mouraud, una automovilista bretona, interpela en estas imágenes al presidente francés, Emmanuel Macron, sobre el aumento del precio del carburante. Visto por más de seis millones de personas en Facebook, este vídeo-selfie ilustra la indignación creciente entre los automovilistas franceses. Una movilización espontánea que ha cogido con el pie cambiado a Macron, que observa con preocupación la emergencia del movimiento de los 'chalecos amarillos'.

Unas 1.500 concentraciones han sido convocadas este sábado al mediodía por toda Francia, con el objetivo de bloquear carreteras y gasolineras. El movimiento de los 'chalecos amarillos' empezó con un simple evento en Facebook. Eric Drouet, un camionero francés, hizo una llamada a bloquear la circulación en la carretera de circunvalación de París y las calles de la capital francesa. Creado el 21 de octubre, este cuenta con cerca de 200.000 personas interesadas la víspera de la manifestación.

“Queremos simplemente que Macron cambie sus políticas”, afirma Christophe Torrent, de 33 años, uno de los administradores de la página web en la que aparecen los 1.500 bloqueos organizados por toda Francia. La indignación por el aumento del precio del carburante impulsó una marea digital contra las reformas neoliberales de Macron. En particular, contra su modelo fiscal regresivo, basado en una reducción de más de 6.000 millones de euros de impuestos a los más ricos. Este modelo fiscal suscitó una gran indignación, curiosamente, a partir del aumento del precio del carburante.

Desde principios de año, el precio del gasoil aumentó en Francia 7,6 céntimos por cada litro (11,9%) y 3,9 céntimos en el caso de la gasolina (4,9%). El malestar por la subida de un producto de vida básico para numerosas familias se convirtió en un arma arrojadiza contra Macron por su decisión de incrementar los impuestos sobre el gasoil. En los presupuestos del año que viene, estas tasas aumentarán en 6,5 céntimos por cada litro de gasoil y 2,9 para la gasolina. Estos impuestos seguirán aumentando hasta 2022 para igualar el precio del gasoil y de la gasolina y así promover los vehículos menos contaminantes.

El peligro de la ecología punitiva

En teoría, se trata de una medida positiva al aumentar la presión fiscal sobre aquellos vehículos que emiten más partículas de CO2. Sin embargo, “esta afecta diez veces más a las clases más pobres que a los más ricos”, explica el economista Lucas Chancel, autor del libro Insoutenables inégalités y que colabora con el prestigioso Thomas Piketty. Según este experto contra las desigualdades económicas y el ecologismo, el aumento del impuesto sobre el combustible “es utilizado como un pretexto” para criticar el modelo fiscal regresivo impulsado por Macron.

Tras su llegada al Elíseo, el joven presidente, de 40 años, llevó a cabo una bajada significativa de los impuestos a los más ricos con una supresión parcial del impuesto sobre la fortuna y una limitación del 30% de la fiscalidad sobre el capital. Unas medidas que tuvieron un coste para las arcas públicas de entre “6.000 y 7.000 millones de euros”, señala Chancel. A cambio de estos regalos fiscales a las grandes fortunas, el ejecutivo impulsó un aumento de las cotizaciones sociales para los jubilados. Además, congeló prácticamente las pensiones y las ayudas sociales, que solo aumentarán un 0,3% en 2019 y 2020. Y ahora el aumento de los impuestos sobre el combustible representa la medida que hace colmar el vaso.

“Durante este último año, el 20% de las familias más pobres sufrieron caída del 1% de su poder adquisitivo, mientras que la fortuna de los más ricos aumentó un 6%”, critica Chancel. “Tengo que pagar 80 euros cada semana para llenar el depósito, me cuesta demasiado caro”, lamenta Torrent, que se dedica al sector de la organización de eventos y que tiene que recorrer cada día 30 kilómetros para desplazarse a su puesto de trabajo desde su casa, cerca de Toulouse, en el sur de Francia.

Con los incrementos que se han producido en los últimos dos años en los impuestos sobre el CO2, una pareja que consume 45 litros cada mes pagó 1.053 euros en impuestos, prácticamente un salario mínimo francés. “Existe el riesgo de que el ecologismo sea percibido como un modelo político para los bobos (bourgeois-bohèmes) —término utilizado en Francia para referirse a las clases medias urbanitas y acomodadas pero progresistas—, lamenta Chancel sobre el riesgo de que la lucha contra el cambio climático sea percibida como una política antipobres.

Además, en el caso del aumento de las tasas sobre el carbono, el argumento de favorecer la transición ecológica resulta poco convincente. “De los 4.000 millones que se recaudarán con el aumento de este impuesto, solo se destinarán 1.000 millones a políticas medioambientales”, afirma Chancel. Este economista critica, asimismo, que no pongan los medios suficientes para que los usuarios de los vehículos más contaminantes los reemplacen por coches eléctricos o por el uso del transporte público.

Intento de apropiación de la extrema derecha y dudas en la izquierda

Para calmar la indignación de los automovilistas, el gobierno francés prometió el miércoles doblar, de 2.000 a 4.000 euros, la prima para cambiar un vehículo viejo por otro de más nuevo y menos contaminante. Se beneficiarán de esta medida el 20% de las familias más modestas y probablemente aquellos que deben recorrer 30 kilómetros diarios para desplazarse a su puesto de trabajo. No obstante, Macron se niega a derogar el aumento de los impuestos del carburante ya que considera —con razón, en este caso— de que el incremento del coste se debe sobre todo al aumento del precio del petróleo.

“Siempre suelo desconfiar de aquellas peticiones para movilizarse para bloquearlo todo”, declaró Macron, quien consideró que el movimiento de los “chalecos amarillos” está formado “por un poco de todo y de nada, por personas que no tienen nada que ver entre ellas”. “Hemos escogido el chaleco amarillo como símbolo porque se trata de un objeto que todo el mundo tiene en su vehículo”, explica Torrent. Tan espontánea como transversal, esta movilización ciudadana destaca por la ausencia de líderes y de organizaciones de peso.

A diferencia de lo que sucedió con las anteriores movilizaciones sindicales contra la reforma laboral o la reforma de la compañía ferroviaria SNCF, este movimiento sí que cuenta con el apoyo mayoritario de los franceses. Según un sondeo del instituto Elabe, publicado el miércoles, el 73% de los franceses apoyan el movimiento de los chalecos amarillos. De hecho, se trata de un reflejo del distanciamiento entre buena parte del pueblo francés y un joven presidente, cuya popularidad cayó a un 21%, según un estudio de opinión publicado a principios de noviembre por el instituto Yougov.

Este malestar hacia Macron resulta evidente entre numerosos automovilistas, que ya criticaron la impopular medida, que entró en vigor a principios de julio, de limitar a 80 kilómetros por hora la velocidad máxima permitida en las carreteras regionales. Una indignación que también crece en aquellas regiones periurbanas y rurales en las que el ultraderechista Reagrupamiento Nacional (RN) dispone de una implantación notable. De hecho, el partido de Marine Le Pen, autoproclamada defensora de la “Francia de los olvidados”, intentó apropiarse de esta movilización.

“Existe el riesgo de que el RN se apropie de esta movilización, pero se trata de una movilización espontánea y horizontal que no está controlada por ningún partido”

No obstante, ¿es de ultraderecha un movimiento que se opone a un impuesto que afecta especialmente a los pobres y a un modelo fiscal regresivo?. “Existe el riesgo de que el RN se apropie de esta movilización, pero se trata de una movilización espontánea y horizontal que no está controlada por ningún partido”, explica Lenny Benbara, director del diario digital Le Vent se lève.

Este joven analista político, partidario del populismo de izquierdas, se congratula por la decisión de los dirigentes de la Francia Insumisa (republicanos y socioecologistas) de apoyar el movimiento de los “chalecos amarillos”. Jean-Luc Mélenchon “deseó que esta movilización resulte un éxito”. Aún más contundente se mostró el diputado François Ruffin —figura emergente de la izquierda insumisa— quien consideró que de ninguna forma podían dejar que “Le Pen se apoderara de la cólera de los franceses”.

“La politización de este movimiento dependerá de quién marque la agenda política durante las próximas semanas. Este 17 de noviembre puede ser un momento clave por la disputa entre las oposiciones (entre la extrema derecha y la izquierda insumisa)”, apunta Benbara. En esta cita no estarán presentes los sindicatos, cuyas direcciones decidieron no apoyar el movimiento de los “chalecos amarillos” ante el riesgo de manifestarse al lado de la extrema derecha. Una decisión ortodoxa que corre el riesgo de dejarlos al otro lado de la historia en la que puede ser la primera movilización que ponga en aprietos a Macron.

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