¿El poder de manifestar es real o hemos caído en un pensamiento mágico?
Las redes sociales están llenas de contenidos que invitan a desear algo mucho para que ocurra en la realidad.

Zaragoza-
Dinero, amor, reconocimiento social o laboral… Más o menos, todas las personas tenemos los mismos anhelos y objetivos vitales. Muchos de los cuáles son complicados de alcanzar, por no decir que, en muchas ocasiones, están fuera de nuestro control. Sin embargo, esto es algo difícil de aceptar. Lo que ha desembocado en que los últimos años se haya producido un pequeño boom en el terreno de la autoayuda y el llamado crecimiento personal. No se trata de un fenómeno nuevo, ni mucho menos. Pero sí una potenciación del mismo. Sobre todo debido al papel que las redes sociales poseen como amplificadoras del mensaje.
Es el poder del trend, que en muchas ocasiones populariza las formas pero no el fondo. Es habitual ver contenidos que se comparten bajo los hashtag #manifestación, #manifiesto, #manifestar o similares. También se han popularizado conceptos como los vision boards o el llevar a cabo pequeños microhábitos como llevar un diario de gratitud. Pero, ¿estos comportamientos poseen algún tipo de base científica o estamos ante el enésimo ejemplo de cómo la pseudociencia se abre camino gracias a las nuevas tecnologías?
Qué es la ley de la atracción y qué significa manifestar
Detrás del trend de manifestar se encuentra en realidad la ley de la atracción, que viene a decir que los pensamientos y emociones, tanto conscientes como inconscientes, actúan como una energía que atrae experiencias similares a la vida de una persona. O dicho de manera simplista pero bastante fidedigna: si algo se desea mucho se termina convirtiendo en realidad.
Por su parte, manifestar es el ritual por el que esta ley de la atracción se pone en práctica. Concretamente, deriva del término latín manifestus y hace referencia a la materialización de algo que previamente existía en el plano mental o espiritual. En castellano puede resultar engañoso, ya que su uso actual proviene directamente del inglés to manifest. Es decir, ha adquirido un matiz específico dentro de la cultura digital y el ámbito del desarrollo personal, que lo separa del uso habitual del verbo manifestar tal y como lo define la RAE.
Cómo funciona
Una vez aclarados los términos, es preciso no andar con rodeos: la ley de la atracción es una pseudociencia. Una magufada, si se quiere. Es decir, no ha sido probada empíricamente ni tiene ningún sustento científico. Sin embargo, sí emplea algunos términos o mecanismos reconocidos por la psicología, motivo por el cual es preciso ahondar en ella. De hecho, esta cercanía a los hechos probados probablemente sea el motivo por el que ha logrado resonar tanto a lo largo de los años.
Fundamentalmente, la ley de la atracción se basa en el principio probado de que los pensamientos tienen una influencia directa en nuestras emociones y, por tanto, también en nuestro comportamiento. Así mismo, el comportamiento se traduce en acciones, las cuáles derivan en nuestras circunstancias. Por lo que, en esencia, los deseos sí influyen en nuestro futuro, las llamadas profecías autocumplidas. Sin embargo, esta relación no es lineal ni absoluta, sino posee muchísimos matices y variables que nunca se tienen en cuenta en el mundo del self-grow.
La clave de todo reside en la acción. Es decir, aquello que hacemos para que se cumpla lo que queremos. La manifestación, tal y cómo se concibe y traslada actualmente, es puro pensamiento mágico. La creencia de que solo con desear algo mucho y muy fuerte ya va a suceder. Por contra, la clave para cumplir los objetivos está en la parte intermedia de la cadena: la planificación, el trabajo duro, los altibajos... En líneas generales, en el camino que se debe andar hasta cumplir una meta.
Por no hablar que la manifestación no tiene en cuenta otras variables que también inciden en el destino de una persona y, en muchas ocasiones, escapan de toda capacidad de control. Hablamos de factores como la suerte, la salud, el entorno o las condiciones materiales. En el caso de obviar todas estas circunstancias y contextos se puede incurrir en dinámicas muy peligrosas, tales como la de culpar a todo aquel que fracasa en la vida. El clásico, si le va mal es porque quiere.
De los 'vision boards' a 'El secreto'
La ley de la atracción se ha ido adaptando a los usos y costumbres del público de cada momento. Al fin y al cabo se trata de un concepto íntimamente ligado a la industria de la autoayuda. Aunque sus orígenes son indeterminados y bebe de principios muy antiguos, se formuló tal y como la conocemos actualmente en 2006. Concretamente en el libro El secreto, obra de Rhonda Byrne y que fue todo un superventas gracias a la promoción que recibió por parte de Oprah Winfrey.
En El secreto ya están presentes la visualización y el agradecimiento como mecanismos clave para llevar a cabo la manifestación. Unos conceptos que han evolucionado en el contenido que actualmente copa las redes sociales. El ejemplo más claro de ello son los vision boards, consistentes en la representación visual de todo aquello que se quiere conseguir. Es decir, son un collage, que puede ser físico o digital, en el que se alternan imágenes y palabras que representan las metas que se anhelan. De esta manera, al verlo todos los días se consigue la motivación necesaria para luchar por ellas.
Nuevamente, un vision board no están mal per se; incluso puede funcionar a su manera. Es un recordatorio, algo que sirve para no desfallecer en el camino. Una fuente de energía positiva, si se quiere. Pero hasta ahí llega su poder. Nuevamente, el error recae en creer que con su confección termina todo el trabajo. Que el desear algo y el expresarlo en un collage ya es suficiente para que las energías del universo trabajen a nuestro favor. Es ahí donde entra en juego la pseudociencia, también donde se queda mucha gente.
La manifestación y el pensamiento mágico posee muchas formas distintas. Tantas, prácticamente, como gurús de la especialidad existen. Algunas de las más populares son: el método 369, que consiste en escribir tu propósito en un papel tres veces por la mañana, seis por tarde y nueve por la noche; las afirmaciones en el espejo, el scripting, escribir en un cuaderno un guión como si el deseo ya fuese realidad; los diarios de gratitud, en los que se agradece aquello que se tiene; los audios subliminales, que buscan alimentar el subconsciente; o el llamado living in the end, que viene a ser fingir algo hasta que se convierta en realidad.
¿Tiene consecuencias negativas?
A pesar de su indudable éxito comercial, la ley de la atracción y derivados han encontrado una contestación rotunda por parte de la comunidad científica. No solo porque no funcionen, sino porque pueden ser perjudiciales para aquellas personas que las practican. Un estudio empírico publicado en 2025 siguió los progresos de 1.023 personas que habían puesto en práctica estas enseñanzas y llegó a la conclusión principal de que la mayoría tenían una percepción de sí mismas más exitosa de lo que realmente eran. Esto implicaba una mayor tendencia a correr operaciones de riesgo y, como consecuencia, habían experimentado la bancarrota con más frecuencia que quienes no tenían estas creencias.
Además, la gran mayoría poseía unas expectativas poco realistas. Esto tiene sentido si se tiene en cuenta que la base de la ley de la atracción es que todo se puede conseguir si se desea demasiado. Algo que puede acabar incurriendo en una positividad tóxica.
Definimos positividad tóxica como la creencia de que las personas deben mantener una actitud positiva sin importar cuán grave o difícil sea la situación. Esto, que quizá no parezca dañino, en realidad puede derivar en actuaciones y conductas perniciosas para el individuo. Sobre todo porque se tiende a reprimir y negar las emociones negativas, tales como tristeza o rabia. Algo que, a la larga, solo sirve para incrementar su intensidad, elevar el estrés fisiológico y derivar en patologías más graves como la ansiedad o la depresión.
Además, la positividad tóxica también puede resultar en aislamiento social y soledad. Al fin y al cabo, las emociones negativas son parte de la experiencia humana. Sin embargo, si se niegan, se puede sentir una cierta vergüenza por el mero hecho de experimentarlas. Un estigma interno en el que la vulnerabilidad no se acepta y, por tanto, se acaba traduciendo en un asilamiento social. Es la clásica paradoja en la que la persona que necesita apoyo es la que más lo niega para no someterse a un juicio público que, en muchas ocasiones, solo sucede en su fuero interno. Un círculo vicioso del que es muy difícil salir.


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