¿Por qué tenemos pesadillas? El origen según la neurociencia
Las pesadillas son mucho más que el lado tenebroso de los sueños, aunque la ciencia no ha podido explicar todo sobre ellas.

Zaragoza-
Las pesadillas son el reverso tenebroso de los sueños. Relatos oníricos extremadamente vívidos que activan miedos y sentimientos primarios, ofreciendo una experiencia estresante en un momento en el que, teóricamente, deberíamos estar recargando las pilas de cara al próximo día. Como todo lo que tiene que ver con el dormir, también son un pequeño misterio. A lo largo de los años, la ciencia ha ido desenmarañando este proceso para tratar de darle explicación. Se ha llegado lejos, aunque todavía no se conoce la foto completa.
Cuál es el origen de las pesadillas
Lo primero que se ha de aclarar cuando se habla de pesadillas es que se ha identificado que la gran mayoría suceden durante la fase REM. Esta información no es baladí, ya que dicha parte del ciclo del sueño se caracteriza por presentar una gran actividad cerebral, muy similar a la existente durante la vigilia. Una característica que es clave para que las pesadillas se experimenten tan intensamente.
Además, se sabe que las pesadillas se generan en la amígdala y el hipocampo. Mediante experimentos consistentes en el escaneo cerebral, se ha demostrado que estas dos partes del cerebro están muy activas mientras se experimenta un relato onírico desagradable. Tiene sentido, pues la amígdala es la parte encargada de procesar las emociones, entre ellas el miedo, también aquella que se activa cuando estamos en modo supervivencia. Por su parte, el hipocampo se encarga principalmente de la memoria y la orientación espacial. De ahí que la combinación de ambas dé lugar a una experiencia tan vivida.
Más si se tiene en cuenta que los mismos experimentos monitorizaron que, mientras sucede una pesadilla, la corteza prefrontal, aquella que se encarga de los juicios lógicos y el razonamiento, suele permanecer inactiva. De ahí que, aunque el relato onírico lance escenas incoherentes, creamos posible todo lo que experimentamos.
Qué desencadena las pesadillas
Además del origen, la ciencia también ha logrado identificar una serie de desencadenantes que nos hacen más proclives a producir relatos oníricos desagradables. El más habitual es el contar con unos niveles de estrés elevados, lo que equivale a tener el cortisol alto. El estrés no es necesariamente negativo, pues mantiene el cerebro alerta, algo que es necesario en varias ocasiones. Lo hace, claro, poniendo a trabajar a la amígdala, que como ya hemos visto es también la encargada de las pesadillas.
El sueño, y más concretamente la fase REM, debería ser el mecanismo que desactive la química del estrés. De hecho, esta es una de sus funciones y lo que permite el descanso. Sin embargo, cuando los niveles de cortisol son muy elevados, estos no decrecen, lo que mantiene activa la amígdala. Cuando esta detecta una carga emocional muy alta y no hay modulación química, la simulación del sueño se intensifica descontroladamente en forma de amenaza, disparando el sistema simpático (taquicardia, sudor) y provocando el despertar brusco.
El estrés, no obstante, no es la única condición de salud mental que puede desencadenar en pesadillas. El cuadro donde las pesadillas son más severas y recurrentes es el estrés post-traumático, el cual suele producir que revivamos el evento en ocasiones de manera literal. La explicación es similar a lo que sucede con el estrés, aunque con matices importantes. En una persona sana, durante la fase REM, el locus coeruleus, esto es el centro emisor de noradrenalina y adrenalina, queda inactivo. Sin embargo, para aquellas personas aquejadas de TEPT, el sistema de alerta permanece funcionando 24/7 y, cuando el hipocampo rescata el recuerdo del trauma, el cuerpo lo revive con pánico fisiológico real en lugar de neutralizarlo.
Además, condiciones como la depresión también pueden favorecer la aparición de pesadillas. En su caso se debe al acortamiento de la latencia del sueño REM, esto es el entrar en fase REM antes de tiempo, lo cual incrementa la intensidad de los malos sueños. Además, ciertos tratamientos médicos antidepresivos también pueden contribuir a ello.
Por qué cenar mucho nos puede dar pesadillas
No obstante, asociar las pesadillas a trastornos de salud mental sería incorrecto. Lo cierto es que es una experiencia común y extendida, que puede ser desencadenada, incluso, por factores que pueden parecer poco relacionados en un inicio, como una cena copiosa.
Un estudio de 2015 probó mediante la evaluación de 396 estudiantes universitarios con malos hábitos que algunos alimentos que provocan digestiones pesadas como los lácteos o el picante pueden generar pesadillas en último término. El razonamiento es el siguiente: esta comida causa irritación gastrointestinal, hinchazón o reflujo en personas sensibles, lo que a su vez da lugar a microdespertares durante la fase REM, de ahí que se recuerden con gran nitidez sueños angustiosos que, en condiciones normales, se hubiesen olvidado.
Por qué tenemos pesadillas
La parte que la ciencia aún no ha podido explicar es por qué tenemos pesadillas y si estas juegan algún tipo de papel evolutivo o no. Esta cuestión es un debate abierto, que tiene dos posturas: quienes creen que son una adaptación biológica con propósito o los que defienden que se trata de un fallo de diseño.
A su vez, quienes creen que posee un rol adaptativo lo hacen en base a dos modelos, aunque uno ligado respecto al otro. El primero se apoya en la teoría de la simulación de amenazas, postulada por el filósofo finlandés Antti Revonsuo. La idea de fondo es que el sueño REM habría evolucionado como un simulador de realidad virtual biológica. De esta manera, durante la noche, el cerebro recrearía situaciones de peligro extremo de forma realista para que el individuo ensaye el reconocimiento de amenazas y las respuestas motoras de escape o lucha, pero en un entorno físicamente seguro.
Revonsuo completó su teoría primigenia con la teoría de la simulación social, que sugiere que una de las grandes amenazas de todo ser humano es ser excluido del grupo. De ahí que las pesadillas también servirían para entrenarnos de cara a posibles situaciones que se pueden dar en la vida real como perder a un ser querido, sufrir una humillación pública, lidiar con un abandono o rechazo social, participar en una pelea, etc.
Por su parte, aquellas personas que creen que las pesadillas podrían ser un fallo de diseño biológico o, simplemente, un subproducto accidental del funcionamiento del cerebro emocional argumentan que buscarle una función evolutiva a la pesadilla es un error adaptacionista.
De hecho, esta línea, que está abanderada por el neurocientífico Matthew Walker, apuesta porque lo que la selección natural verdaderamente moldeó fue la capacidad del sueño REM para procesar y mitigar el impacto afectivo de las vivencias diurnas. Es la llamada terapia nocturna, según la cual la pesadilla no representaría un mecanismo adaptativo con propósito propio, sino el colapso puntual de dicho sistema de regulación emocional cuando la carga de estrés o el trauma sobrepasan su umbral de tolerancia.



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