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Berenjenas y melones (para las vacas) contra el cambio climático

Un grupo de científicos indaga la posibilidad de destinar los residuos de los cultivos hortícolas a la alimentación del ganado para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero y atenuar el acaparamiento de tierras de cultivo para la ganadería industrial

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Los investigadores del CITA estudian las posibilidades de incorporar los residuos de la horticultura a la alimentación del ganado bovino, ovino y caprino.

"Es un proyecto de bioeconomía circular. Se trata de aprovechar mejor los recursos, reducir las emisiones a la atmósfera y evitar que la ganadería altere los precios del alimento humano", explica Guillermo Ripoll, uno de los investigadores del CITA (Centro de Investigación y Tecnología Agraria) de Zaragoza que están trabajando en un proyecto para incorporar a la alimentación del ganado los excedentes, más bien residuos, del cultivo de productos hortícolas como el tomate, la berenjena y el melón con el fin de atenuar el lanzamiento de gases de efecto invernadero por parte de los animales de abasto.

¿Tanta contaminación generan las flatulencias del ganado? Según el último Inventario de Emisiones del Ministerio para la Transición Ecológica, la ganadería genera en España el 8% de los gases de efecto invernadero: 27,2 millones de toneladas equivalentes de CO2 de un total de 340,2.

Ese volumen, que equivale a un 40% del que produce el sector eléctrico o un 42% del que lanza la industria, y que iguala al de las actividades residenciales y comerciales juntas, está subiendo "debido principalmente al aumento de la cabaña de vacuno de carne y de porcino blanco", señala el informe.

Es una de las consecuencias de la extensión de la ganadería industrial, que está transformando varias zonas de la España vaciada en un gigantesco establo donde, con la vista puesta en la exportación, ya se produce

Las especies de rumiantes a las que va dirigido el estudio suponen más de un tercio de la cabaña ganadera del país, con 15,8 millones de ovejas, 2,7 de cabras, seis y medio de terneros y 816.000 vacas lecheras de un total de 62 millones, según los últimos censos ganaderos del Ministerio de Agricultura.

Bioeconomía circular

Ese cuadro ha llevado al CITA a poner en marcha un proyecto de biotecnología y bioeconomía circular para incorporar a la dieta del ganado rumiante, vacas, terneros, ovejas y cabras, principalmente, los excedentes del cultivo de productos hortícolas a nivel intensivo, cuya gestión está generando a su ver "un grave problema medioambiental", según el Gobierno de Aragón, del que depende ese organismo.

"Nos comemos el fruto, pero no se aprovecha la planta, que acaba siendo destruida (quemada) y en algunos casos utilizada como abono, pero que no se revaloriza en la mayoría de las ocasiones", explica Ripoll. Se trata de biomasa, pero la escasa potencia calórica que le da su elevada humedad hace que sea descartada para generar energía.

"La filosofía es aprovechar cada cosa en lo que resulte conveniente, con una visión global", anota el investigador, que añade que "todo lo que sea reaprovechar los excedentes agrícolas permite reducir la contaminación".

El proyecto, financiado por el Ministerio de Economía y la Agencia Estatal de Investigación, y en el que colaboran las empresas turolenses Fertinagro Biotech y la ganadera Tervalis, consiste básicamente en transformar en alimento para ganado rumiante las plantas en las que crecen los tomates, los melones y las barenjenas y de estudiar sus efectos en el metabolismo del ganado en tres ámbitos: la microbiota rumial que provoca las flatulencias con las que emiten los gases, básicamente metano, el crecimiento en sí del animal y la incorporación de los elementos nutracéuticos a la carne.

Alcaloides y elementos nutricéuticos

Los trabajos, que se prolongarán durante cuatro años, se encuentran ahora en la fase de análisis de los alcaloides que contienen esas tres plantas, para estudiar sus efectos en el metabolismo e incorporarlas o descartarlas en función de los resultados, y en la localización de otros cultivos cuyos excedentes generen problemas de gestión para incorporarlos a la investigación.

El estudio se centra en los rumiantes por dos motivos. Por una parte, su aparato digestivo les permite aprovechar tipos de hierba que no pueden consumir otras especies como el cerdo. Y, por otra, se trata de especies que comen vía pienso cereales que no consumirían en estado silvestre como el trigo o forrajes como el maíz.

"La producción de pienso encarece el precio de cereales como el trigo, que son básicos para la alimentación humana", señala Ripoll, que apunta que la extensión de la ganadería industrial está teniendo efectos similares a los que en otras épocas tuvo, por ejemplo, la irrupción del biodiésel. "Una reducción de la demanda de esos cereales para fabricar pienso abarataría sus precios y reduciría las extensiones de tierra que se dedican a la alimentación del ganado en lugar de a la humana", añade.

La expansión de la ganadería industrial ha hecho que más de dos tercios de las tierras de cultivo de la UE se estén dedicando ya a la alimentación de las reses de abasto.

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