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Coronavirus comercios de barrio La pandemia da la puntilla a los comercios de barrio

Las tiendas de barrio, azotadas desde hace tiempo por el comercio online, se enfrentan a una crisis nueva de la que no podrán salir si no llegan con inmediatez las ayudas económicas del Gobierno.

Fachada de la librería Domiduca, en Alcalá de Henares (Madrid).
Fachada de la librería Domiduca, en Alcalá de Henares (Madrid).

Pase lo que pase, siempre habrá historias que escapen a los análisis estadísticos, números impersonales que ocultan realidades que, como no puede ser de otra forma, están a pie de calle. Los pequeños comercios que no pueden prestar sus servicios de forma telemática ni abrir sus vetustas puertas al público se ven abocados a una situación dramática que tiene sus antecedentes en la subida de las ventas de grandes cadenas por internet y que ahora se enroca en la incertidumbre tanto laboral como económica propiciada por la emergencia por el coronavirus.

Los negocios del barrio, únicos lugares en el que el cliente puede encontrar una atención cercana y pausada para los ritmos frenéticos que cada vez son más obligatorios a nivel vital, sufren pérdidas a las que los pequeños propietarios no podrán hacer frente si no llegan las ayudas prometidas. España, país de pequeñas empresas y autónomos, deberá poner el foco y especial cuidado en estos establecimientos si no quiere que el turbocapitalismo se adueñe de lo que siempre estuvo ahí y fue transmitido de padres a hijos. Al fin y al cabo, según la Confederación Española de Comercio (CEC), en la que se organizan 450.000 pequeños comerciantes a través de las entidades regionales, este sector crea más de 1.200.000 puestos de trabajo directos.

Sin ninguna previsión, pero con mucha incertidumbre. Así es como se muestran los dueños de locales humildes, que normalmente no cuentan con más de dos asalariados y cotizan en un régimen de autónomos que sigue pasando factura. Marcos González lleva dado de alta como trabajador por cuenta propia la mitad de su vida, es decir, desde los 24 años. Aunque se encuentra ligado al comercio del libro desde que empezó en el mundo laboral, hace 15 años decidió abrir la librería Domiduca y dedicarse a los libros de ocasión, descatalogados y rarezas en una céntrica plaza de Alcalá de Henares.

"Si me pasan la cuota de autónomos en abril, me quedo sin liquidez en el banco", declara el librero. La situación le ha cogido sin ahorros, ya que en febrero abonó las facturas de la feria de Navidad organizada en la localidad el año pasado. Asimismo, tampoco tendrá la oportunidad de exhibir su mercancía en la Feria del libro de abril que la ciudad complutense programa en el marco de la entrega del Premio Cervantes y que suponen un gran incentivo en sus cuentas.

Los créditos ICO no llegan

La facturación en la librería pasó a cero días antes de decretarse el estado de alarma hace más de un mes, y las ventas por Internet han bajado hasta la mitad, según comenta. Con un saldo bruto medio de entre 1.800 y 2.500 euros mensuales en circunstancias normales, este mes no ha alcanzado los 400 euros. En su caso, la comprensión ha imperado tanto en la casera a la que abona el alquiler del local como en algunos proveedores, a los que pagará más adelante, a pesar de que como él mismo señala, "tampoco se sabe cómo estará la cosa cuando llegue ese más adelante". González espera con urgencia las ayudas prometidas: "Llevo dos semanas intentado solicitar un crédito ICO, pero te piden unos certificados muy difíciles de conseguir si no estás acostumbrado a hacer estas gestiones de forma telemática", arguye.

Parecida es la situación de José García Reina, pequeño propietario de dos zapaterías en la provincia de Jaén, un negocio que le legó su padre y al que se ha dedicado siempre. Calzados Reina lleva decenas de años vistiendo los pies del barrio de Peñamafécit, "donde la mayoría de comercios de proximidad subsisten como pueden, hasta que cierren todos y Jaén se convierta en una ciudad servicios plagada de bares y restaurantes, pero sin actividad comercial a pequeña escala", denuncia.

García ha aplicado un ERTE al único trabajador que tenía asalariado, y su día a día se basa en ir a la tienda de la capital jienense a arreglar las estanterías y preparar el escaparate de cara a la temporada de verano, ya que ni han podido terminar la oferta de invierno ni exponer la de primavera. Al igual que González, el zapatero también ha pedido un crédito ICO que, en teoría, tiene concedido desde el 7 de abril, un hecho que aún no se ha materializado, ya que asegura que no le ha llegado el dinero. Una realidad que se agrava, ya que, según sus declaraciones, en los dos primeros meses de este año sus ingresos sufrieron una bajada del 60% en relación con los mismos meses de 2019.

Fachada de la zapatería Calzados Reina, en la provincia de Jaén.

Aplazamiento de todos los impuestos

"Lo peor de todo es que cuando hablo con comerciantes que conozco me comentan que las grandes cadenas ya quieren empezar las rebajas", agrega García. Sus temores se basan en la imperante ley de la oferta y la demanda, donde el más pequeño siempre pierde: "Las grandes firmas están almacenando una cantidad de género increíble, así que cuando abran lo van a regalar saturando el mercado", explica el comerciante de 53 años, antes de agregar que si no tuviera el local en propiedad tendría que haber cerrado el negocio hace dos años.

Pedro Campo, presidente de la CEC, ha tomado nota de las reclamaciones más representativas de los casi medio millón de personas que se dedican al comercio minorista en España y que encuentran representación en esta confederación que da cabida al 26% de los autónomos del país. Tal y como comenta a Público, los microcréditos que el sector está pidiendo a las entidades bancarias suelen oscilar entre los 5.000 y 20.000 euros: "Los profesionales que tienen una tienda de barrio ya vivían casi al día, así que no se van a poder permitir cerrar dos meses y seguir pagando las cuotas con normalidad", resume el presidente, por lo que piden un aplazamiento de todos los impuestos proponiendo que se abonen a largo plazo para aminorar la incidencia en las débiles economías de los autónomos.

Supresión de las rebajas para 2020

La central de comerciantes reclama que las ayudas deben llegar de manera inmediata a los trabajadores por cuenta propia. Además, exigen que se prohíba el periodo de rebajas en 2020: "Si no hemos tenido actividad en una temporada completa, no se pueden vender los restos de esa temporada a precios más bajos". Por ello, reclaman que se suspenda totalmente el periodo de rebajas durante este año y que en 2021 se actúe como se hacía hasta que el PP liberalizó el sector en 2013; es decir, que las rebajas tan solo se puedan llevar a cabo en enero y julio y por un tiempo limitado.

Desde la CEC inciden en la inferioridad de condiciones en la que los miles de trabajadores del pequeño comercio se encuentran frente a grandes plataformas de compra online: "En Francia un juez ya ha prohibido la venta por internet de productos que no son considerados esenciales por poner en riesgo a los repartidores, pero es que el propio Gobierno galo está valorando prohibir totalmente la actividad", declara.

Campo tilda de "demagogia pura" las ayudas anunciadas desde los organismos competentes ya que "siempre hay muchas intenciones buenas, que prometen miles de millones, pero que no llegan". Asimismo, se pregunta qué pasará con un pequeño comerciante que ha tenido que hacer un ERTE a sus pocos trabajadores si se lo echan para atrás: "Pues le hunden", se contesta a sí mismo, reconociendo cierto temor de cara a cómo desembocarán estos despidos temporales que han sido masivos en el pequeño comercio.

El contacto directo con la gente

Manuel Rodríguez, que desde 1986 regenta el gimnasio Heracles en Mula, Murcia, también ha tenido que hacer un ERTE a sus dos trabajadores. A sus 59 años, reconoce que no tiene ningún tipo de deuda pendiente, pero dada la imposibilidad de teletrabajar en su ámbito los ingresos han bajado a cero y vive de lo que tenía ahorrado. Con una facturación media anual de 4.000 euros al mes, este año esa cifra no será tal: "Nos ha tocado cerrar en una temporada alta para los gimnasios, cuando la gente acude para prepararse de cara al verano", dice el muleño consciente de que su situación no es de las más desastrosas: "Si tuviera que pagar el alquiler del local o una hipoteca, tendría que cerrar el negocio en el momento en que terminara esta situación".

Este decano de los gimnasios en su ciudad no ha pedido ninguna ayuda del Estado; de hecho, la incertidumbre le paraliza, "una incertidumbre que es más penosa que el confinamiento". Desde su punto de vista, el deporte en espacios cerrados será de los últimos sectores que llegarán a la normalidad, "y cuando eso pase las grandes cadenas harán caer los precios hasta cifras con las que no se pueda competir", agrega Rodríguez, por lo que tendrá que minimizar costes y llegar a prescindir de alguno de sus dos empleados.

El trabajador autónomo admite que en Murcia capital mucha gente de su gremio que ha conocido a lo largo de su vida laboral ha cerrado sus gimnasios por la incursión de las grandes marcas. Así explica su posición al respecto: "Yo siempre me he negado a implantar algunas cosas características de las cadenas de gimnasio, como los tornos o las tarjetas de entrada porque considero que el contacto directo con mis clientes es mi fuerte y mi manera de pensar". En Mula viven poco menos de 17.000 habitantes, lo que les ha permitido seguir haciendo vida de barrio, "mantener ese contacto permanente con la gente en el que eres una persona y no un número más", como explica Rodríguez.

"El comercio de proximidad se puede morir"

Sería imposible abarcar todas las historias que se esconden detrás de los dueños de pequeños establecimientos, pero hay algo que les une a todos ellos: llevan mucho tiempo estando ahí, a la vuelta de la esquina, formando parte de una comunidad, del barrio donde los vecinos aún no son extraños entre sí. "El comercio de proximidad se puede morir. Apelamos a la solidaridad. Ahora que vemos muchas calles vacías y las lonjas de tiendas cerradas, ¿eso es lo que queremos para el futuro?", se pregunta Campo. "Los consumidores tienen que reflexionar y darse cuenta de que si no contribuyen a que el pequeño comercio permanezca vivo, el panorama actual será una realidad a través del tiempo", se contesta a sí mismo el presidente de la CEC.

El consumismo irracional en esta época en la que nada parece suficiente es lo que ahoga la zapatería de García: "La gente viene con una foto de un zapato que ha visto en internet y no quiere nada más. Es muy frustrante que yo tenga 300 modelos de zapatos de señora puestos en el escaparate y lleguen diciendo que si no tienen el que les gusta no quieren otro". "Antes la clientela se acercaba porque querían unos zapatos, les hacían falta, pero ahora no se busca lo que se necesita, por eso nada vale si no es lo que vienen buscando", agrega. 

Desde la perspectiva de González, el librero alcalaíno, "esta situación va a hacer que la gente se acostumbre, todavía más, a comprar en grandes plataformas casi todas las cosas que necesiten". Una de esas plataformas es Amazon, entidad en entredicho por las condiciones laborales de sus empleados, en la que González intentó hacerse un hueco, sin lograrlo: "Estuve vendiendo algunos libros en Amazon, pero sus condiciones están hechas para gente que tiene stock y que funciona muy rápido de forma automática. Además, los usuarios se quejan si no reciben el paquete al día siguiente y si te valoran de manera negativa Amazon te penaliza e incluso, en cierto modo, llega a amenazarte. Al final me quité de ahí porque mis posibilidades como trabajador que está solo en la tienda no me permiten enviar los pedidos con la celeridad que requieren", finaliza el propio González.

El presidente de la CEC es tajante a la cuestión de la venta online: "El consumidor tiene que saber que los productos que compra por internet no son más baratos, sino que ese artículo no tiene cargados los impuestos con los que se paga la sanidad y la educación que el propio comprador quiere disfrutar sin recortes".

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