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Familias de acogida Cuando madre hay más de una: las tres vidas de un niño en familias de acogida

Están marcados por el abandono, la desconfianza, la inseguridad. Pero según los expertos, las familias de acogida son el lugar más seguro para los niños que han sido apartados de sus padres biológicos. En España hay 14.000 menores que esperan por unos padres acogedores.

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En España hay 20.000 niños que viven en estas familias. Pero quedan otros 14.000 con una infancia cercada en centros de acogida.

Son momentos que pasan inadvertidos en el cotidiano. Ese colacao rápido que le plantas antes de ir al trabajo. El “abrígate que hace frío”. Preparar la cena juntos. O simplemente que alguien te venga a recoger al colegio y te pregunte cómo te ha ido el día. Luego está lo que le encanta a una de las niñas de Luis Miguel, que es la compra de sábado en el supermercado: elegir las natillas de chocolate y “mirar los precios de todo”, porque “es muy ahorradora y no quiere que gastemos”, nos dice este padre de acogida asturiano, que junto a su mujer se hace cargo de dos hermanas todos los fines de semana. Y las vacaciones. Y los cumpleaños.

Luis Miguel Fernández y Cristina Tarro, ambos de 47 años, sin hijos, pareja desde hace 17, decidieron hace seis años convertirse en padres de acogida. Una tarea tan o más difícil que la de padres a secas. Más generosa, sin duda. “La primera vez que entran en tu casa ya te preparas para la despedida. Si ni tus propios hijos son tuyos, tienes que dejarles volar, imagínate éstos”, le explica a Público.

Son momentos que pasan inadvertidos, decíamos. Pero para los 34.000 niños, que no menores -después explicaremos por qué- que en este país viven apartados de sus padres, ese cotidiano es su salvoconducto para un futuro. “El cuidado familiar es la mejor herramienta de reparación para estos niños que han sufrido fuertes traumas. La familia es el núcleo donde mejor puede superarlos”, nos dice Carlos Chana, responsable de los proyectos Programa Infancia, Servicio Social Internacional y Restablecimiento del Contacto Familiar de la Cruz Roja Española, que nos regaña cuando le preguntamos por los menores: “No hay que llamarles así, son niños, a nuestros hijos no les llamamos ‘menores’. No decimos ‘voy a buscar al menor al colegio’. Usar ese lenguaje ya es una forma de discriminar porque solo utilizamos ese término para referirnos a los que están protegidos por el sistema, pero son niños, igual que todos”.

En España hay 20.000 niños que viven en estas familias. Pero quedan otros 14.000 con una infancia cercada en centros de acogida. “Yo siempre había oído hablar muy mal de estos lugares, pero los dos que conozco en Asturias están muy bien. Los niños tienen de todo. Lo que les falta es el afecto, eso sí es verdad”, nos dice Luis Miguel.

El acogimiento familiar es uno de las medidas que ofrecen las comunidades autónomas para los niños tutelados por el estado. Puede darse el acogimiento en familia extensa que sería con miembros de su propia familia biológica, o en familia ajena. Cruz Roja o ASEAF (Asociación Estatal de Acogimiento Familiar) son algunas de las organizaciones que colaboran mano a mano con las provincias para la segunda opción. Buscan familias, las entrenan y acompañan durante todo el proceso de la acogida, del antes al después.

No todo el mundo puede ser acogedor. Tenemos que estudiar bien la historia familiar y cuando son elegidos deben pasar por un proceso de formación”, explica Chana. No se refiere tanto al perfil de los padres que acogen, que puede ser cualquier tipo de familia y de lo más variado, sino a los motivos que pueden tener detrás. Por eso durante el proceso de selección lo primero que se deja claro es que acoger a un niño nada tiene que ver con la adopción: “Ambas son medidas de protección jurídica pero responden a necesidades infantiles y expectativas en los adultos diferentes. La adopción es irrevocable y genera vínculos jurídicos entre los adultos y los niños equiparables a la maternidad y paternidad biológica. Mientras que la naturaleza del acogimiento siempre es temporal, su duración se prolonga hasta que se mejoran las situaciones que determinaron la separación con su familia de origen, o se propone una solución duradera para el niño”, advierten desde Cruz Roja.

Según la historia del menor el acogimiento será uno u otro. Existen diferentes tipos, desde el de urgencia, que se da sobre todo en menores de seis años y con una duración que no supera los seis meses hasta que se decida la medida de protección más adecuada. También el acogimiento temporal con un plazo que no suele superar los dos años, salvo que por el interés superior del menor se aconseje la prórroga.

Al acogimiento permanente se llega después de que hayan pasado los dos años del temporal, y se produce cuando no se ha podido conseguir reintegrar al menor con su familia de origen: “El retorno a su familia original es lo aconsejable y lo que suele ser mejor para el niño, por eso insistimos en la característica de temporalidad de la acogida. Pero hay veces que no se logra”, explica Chana, a quien preguntamos por los diferentes tipos de problemas con los que llegan los niños: “Todas son historias duras, pero cada una tiene su peculiaridad”. Luis Miguel Fernández ante la misma pregunta responde primero con un “uf” y luego: “La verdad es que uno vive en su círculo de confort y no tenemos ni idea de las situaciones tan brutales que puede vivir un menor. Hemos sabido de madres que han tenido hasta once hijos y se los han quitado todos por problemas de drogas o maltrato, y cosas por el estilo. Muy duro todo, muy duro”.

Problemas de drogas, violencia en la familia, pobreza, una escasez que se escribe con mayúsculas, suelen ser los motivos más habituales para sacar a un niño de su hogar familiar. Unas veces son los padres los que deciden entregar la tutela del menor temporalmente, otras es la administración pública la que declara situación de desamparo y quita la guarda a los padres a la espera de que la situación familiar se recomponga.

Cuando preguntamos si las crisis económica ha provocado un aumento de niños tutelados, Chana no entra en detalle pero sí denuncia la necesidad de más inversión en servicios sociales: “La escasez de servicios para la recuperación parental es un hecho. Vemos a familias en las que la pobreza se ha ido fraguando a lo largo del tiempo, y podemos encontrar una dinámica de exclusión de hasta tres generaciones. Hay que dar más apoyo a las familias”.

“Yo no soy tu papá”

Hablamos de niños con una mochila emocional complicada. El abandono les recorre el cuerpo como un escalofrío. La desconfianza funciona como una columna vertebral sobre la que se mantienen erguidos. Y la incomprensión, la confusión y la tristeza van con ellos, colgadas de los hombros. A veces sueltan durante un rato la mochila, pero como todo recreo, dura poco.

“Muchos salen de sus casas sin entender por qué. Se sienten abandonados, no saben si ellos han hecho algo malo o si sus padres lo han hecho, viven muy confundidos”, nos dice Luis Miguel. Él y su mujer han sido padres de acogida dos veces. La primera experiencia la tuvieron con un niño de ocho años que estuvo con ellos casi tres: “El primer año y medio fue muy bueno, pero después se complicó un poco. Él sólo quería estar con su madre, era su obsesión. La madre para ellos es lo más importante, no importa lo que les haya hecho o dejado de hacer, la necesitan siempre. Pero con el padre no sucede lo mismo”, dice Luis Miguel.

Tras la separación de su primer hijo de acogida pasaron seis meses hasta que llegaron a la familia dos hermanas de 10 y 11 años, que hoy ya tienen 13 y 14, y a las que atienden a tiempo parcial -los fines de semana, los periodos de vacaciones y otros festivos- una modalidad que existe en Asturias, Barcelona y Castilla y León. Esta pareja sin hijos cuenta que tuvo que aprender a poner reglas, horarios, pero sobre todo dedicarse a “darles amor”, un saco tan grande en el que cabe desde preguntar por las notas de la escuela, salir de excursión, tirarse en el sofá a ver la tele, comprarles algún capricho de ropa, tener siempre un regalo para su cumpleaños, y repetir lo que haga falta “yo no te voy a abandonar”.

En medio de ese afecto las normas son claras y lo límites a veces hirientes, pero hablamos de familias de acogida, y ni los “padres” ni los niños pueden perderlo de vista ni un instante. Por eso cuando la mayor de Luis Miguel le dice a su mujer eso de “quiero que tú seas mi mamá”, Cris responde categórica: “Tú mamá es otra, yo puedo ser tu madre de fin de semana”. O cuando la pequeña “a veces jugando” llama “papá” a Luis Miguel, él de inmediato le responde:
-Yo no soy tu papá, soy tu familia de acogida y me vas a tener a tu lado. Pero no soy tu papá.

Después de decirnos esta frase, Luis Miguel añade: “Es muy duro para nosotros, eh. Es difícil y apasionante. Te rompe el alma decirlo, pero nuestro trabajo es acompañarlas, darles cariño, y recordarles que sus padres biológicos las quieren y que en algún momento se reunirán con ellos. Siempre, siempre les hablamos bien de sus padres, es muy importante para ellas”.

Delinear esas fronteras es fundamental para que “el conflicto de lealtades” que sufren estos niños sea lo menos doloroso posible: “Tener dos familias y querer a ambas, muchas veces les produce estrés y culpabilidad. Siempre que se puede intentamos que la familia biológica y la de acogida se conozcan, porque eso disminuye el estrés que sufren los niños”, nos explica Chana.

Luis Miguel recuerda la vez que la pequeña le dijo que tenía miedo de que si pasaba mucho tiempo con ellos no fuera a volver con su mamá: “Le explicamos que eso no iba a pasar y que en cuanto su madre pudiera hacerse cargo de ellas, volverían a su casa. Pero no se lo terminan de creer y por mucho que les expliques viven con esa tensión”.

Son niños que en palabras de este padre acogedor “viven tres vidas”. Por un lado la de la familia biológica, con la que se suelen verse mensual o quincenalmente. Una segunda que es la del centro de acogida, donde según el asturiano “viven bien, pero se quejan de que los mayores les quitan sus cosas, y tienen sus peleíllas”. Y la tercera, con ellos, como familia acogedora que funciona de tronco al que agarrarse en el medio de un vendaval.

Hablamos de niños con una mochila emocional complicada. Muchos de ellos no consigue terminar la ESO, su índice de fracaso escolar es mucho mayor que el del resto. “Los expertos señalan que un trauma precoz por maltrato o privación es capaz de verse en el resultado de una tomografía. De 0 a 6 años es cuando son más vulnerables”, nos dice Chana. El padre acogedor de estas dos hermanas que entraron al primer centro de acogida con seis años, también funciona a veces de abogado defensor, otras de psicólogo, y hasta de sparring de las niñas. Y dice que en realidad él es el que más recibe: “Cuando te comprometes con esto no piensas que vas a ganar nada, solo que vas a ofrecer, y cuando te dan algo es maravilloso. Y nos dan mucho”. Ahora solo faltan 14.000 familias que se animen a dar y recibir.

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