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Justicia Climática Renunciar a volar para acercarnos a la Tierra

Un vuelo de Londres a Nueva York genera aproximadamente las mismas emisiones por CO2 que emite un ciudadano europeo a lo largo de un año para mantener su hogar caliente. Los niveles de contaminación del sector y el modelo de turismo vertiginoso ha traído consigo un movimiento por el decrecimiento de la aviación que busca ensalzar el valor de viajar de una forma sostenible y pausada para conectar con el ecosistema. 

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Un pasajero espera su avión en el aeropuerto francés Charles de Gauelle. (REUTERS/Philippe Wojazer)

Las rodillas friccionan con el asiento delantero y el culo del pasajero lucha por adaptarse a un sillón pétreo y estrecho. Tres horas por delante. Quizá menos. El destino en el que el avión aterrizará, posiblemente una gran ciudad cosmopolita, se dispone de una maravillosa red de hoteles, restaurantes, museos y lugares de recreo totalmente masificados. Viajar. Volar lejos del estrés de la rutina vital para adentrarse en la fatiga inabarcable de conocer capitales extensas en escapadas de dos días. Parece que en los últimos tiempos el turismo ha tornado en una huida hacia adelante que, en la mayoría de los casos, sólo puede pasar por la pista de despegue de un aeropuerto. La aviación permite ajustar los tiempos de los trayectos a las velocidades requeridas por un sistema turbocapitalista incesante. Sin embargo, tras este modelo turístico imperante se esconden lastres ecosociales que van desde la gentrificación hasta la brutal huella de carbono de los aeroplanos

Con la crisis climática en el centro del debate político y social, las voces que abogan por parar las maquinarias se alzan. Cambiar la forma de vivir para adaptarse al nuevo mundo que asoma. Establecer hábitos alimenticios sostenibles, poner fin a los residuos plásticos o apostar por una movilidad limpia. Esta última premisa se sustenta –sobre todo– en la búsqueda de un transporte público de calidad que limitara el uso de vehículos privados contaminantes. Pero no todas las partículas que flotan en el aire provienen de los tubos de escape. Durante los últimos años se ha puesto énfasis en la impunidad del sistema de aviación, cuyos combustibles liberan cada vez más basura contaminante sin tener que pagar ningún tipo de impuesto verde por ello. Esto ha provocado que ciertas personas, en una lucha individualista por el bien colectivo, hayan rehusado a montar en cualquier aeronave; renunciar a volar para salvar el Planeta del colapso climático.

"Decidí dejar de volar este año", explica a Público Alejandro Martínez un joven estudiante que vio en las movilizaciones del Fridays For Future una oportunidad para cambiar su forma de vivir. Cómo él, son muchos los que han rechazado la movilidad aérea. Quizá, por el ejemplo que dio al mundo la activista sueca Greta Thunberg que durante el último año ha viajado sin coger un sólo avión por toda Europa para tratar de renacer el movimiento ecologista del viejo continente. La contaminación por transporte es desmesurada y los aviones tienen gran culpa de ello. Tanto es así, que, según la propia Comisión Europea, un vuelo de Londres a Nueva York genera aproximadamente las mismas emisiones por CO2 que emite un ciudadano europeo a lo largo de un año para mantener su hogar caliente. 

"Tenemos un modelo de tren que precisamente no permite que la gente de deje de coger aviones"

Es por ello, precisamente por la huella ecológica, por lo que cada vez más ciudadanos han decidido reducir el uso del avión en sus vidas. "Con ello renuncias a lo que, ahora viéndolo con el tiempo, son ciertos caprichos. Concretamente al capricho de estar en sitios lejanos sin prácticamente ningún esfuerzo. A tener un fin de semana libre y marcharte lejos de dónde vives", expone Santiago Sáez, periodista de La Marea que decidió no volver a arrastrar maletas por los aeropuertos del mundo para reducir su huella ecológica. 

"Me interesa mucho, no tanto por el efecto que pueda llegar a tener en las personas, sino los cambios que puede provocar en el sistema", argumenta Nuría Blázquez miembro de Ecologistas en Acción que resalta la dificultades que hay para reducir el uso de los aviones. Los precios bajos de los billetes de avión, en contraste con el alto precio de los pasajes de otros transportes como el tren o el autobús, que se ligan a una red de infraestructuras deficiente dificulta el repunte de una movilidad turística sostenible. "Tenemos un modelo de tren que precisamente no permite que la gente de deje de coger aviones. Es un tren de alta velocidad que conecta pocos puntos, es muy lujoso y caro. Al final es algo que pagamos todos con nuestros impuestos y que sólo usan unos pocos debido a su precio", añade la experta, denunciando que el propio modelo empuja a los ciudadanos hacia los aeropuertos.

"En el momento en el que más gente empiece a apostar por estos medios de transporte va a haber cada vez más ofertas y más variedad de destinos y los precios van a ser más competitivos. Ahora sinceramente, los precios que tienen los vuelos no se pueden comparar con lo que te puedes gastar haciendo ese mismo viaje en avión", opina Martínez, que no cree que su decisión le impida conocer capitales europeas. "Si lo que más ganas tienes es ir a Londres siempre tienes la opción de ir en tren. Aunque te lleve más tiempo, ganarás una experiencia muy diferente a viajar en avión".

Dos aviones se cruzan en el cielo./ REUTERS

Viajar como experiencia

El hecho de poner barreras al entendible deseo de conocer espacios exóticos y mundanos puede resultar chocante, pero responde una apuesta que va ligada a las posturas decrecentistas del francés Serge Latouche. En cierto modo, estas prácticas se inscriben dentro de toda una serie de luchas que cargan contra un sistema que pone el crecimiento económico por encima de todas las cosas. Esto ha provocado que la forma de entender los desplazamientos –por ocio o por trabajo– se haya vinculado a los ritmos trepidantes de la vida, que no dan tregua al descanso y al reposo. 

No volver a sentarse en los sillones de un avión supone decir adiós a cientos de destinos soñados

No volver a sentarse en los sillones de un avión, salvo causa mayor, supone decir adiós a cientos de destinos soñados; las selvas del amazonas, las calles de La Habana, los rascacielos de Chicago, las casas de colores de Valparaíso... Pese a ello, renunciar a los lugares lejanos nos puede llevar a encontrar nuevos entornos y a planificar travesías lentas en tren –transporte menos contaminante– o autobús que pueden enriquecer. Aquellos que reducen el uso del avión o renuncian de manera plena a él, adoptan una nueva forma de moverse mucho más pausada y experimental. Olvidar el viaje de Malasia a cambio de unos días en la Sierra de Madrid. Cambiar las Azores por Asturias. Dejar a un lado las playas del Caribe y nadar en el Mediterráneo. En definitiva, conocer mejor el ecosistema en el que vivimos.

"A veces buscamos las vacaciones no por destino sino por vuelos. Tengo conocidos que buscan dónde ir en función de los vuelos que se venden más baratos. Vas a un sitio que ni siquiera te interesaba en un principio por esta locura de que tenemos que viajar en avión a toda costa y cómo sea", apunta Blázquez. "El viaje, como experiencia personal, está muy alejado de lo que la mayoría hace hoy. Si tú coges un vuelo a Marrakech podrás ir y verla en un fin de semana, pero no conocerás el destino en sí. Si viajas en tren, luego en ferri, podrás ver cómo se mueve la gente local en transporte público y tendrás una experiencia que no te la va a dar ningún un viaje en avión", añade Saez Moreno.

"Igual no es necesario estar tan rápido de un sitio a otro, ¿no?"

En los últimos tiempos han proliferado numerosas plataformas y organizaciones medioambientales como Stay Ground (Quédate en tierra) o No Fly Climate que defienden un nuevo modelo de turismo regido por trayectos pausados y sostenibles que –además de reducir las emisiones de CO2– permiten incrementar los vínculos con el entorno que nos rodea. "Puedes percibir que el ecosistema cambia completamente a medida que avanza el tren y esos cambios te hacen tener los pies en la tierra, saber dónde estás y a dónde vas. Además, te hace valorar el tiempo, porque, mentalmente, necesitas tiempo para hacerte a la idea de que estás yendo a otro lugar diferente. Igual no es necesario estar tan rápido de un sitio a otro, ¿no?", argumenta Sara Mingorría, investigadora de la Universidad Autónoma de Barcelona, que decidió reducir el número de vuelos anuales.

No sólo nos movemos por ocio. Una reunión con un cliente, una conferencia en otro país, un viaje de prensa..., el trabajo hace, a veces, que sea "imposible reducir el número de vuelos anuales", advierte la ecologista. "En mi caso es poco factible ir a Bruselas, por ejemplo, a una reunión que va a durar unas horas para luego volver en tren, porque el viaje es larguísimo. Así que, o no vas, o te metes una paliza... La idea, entre otras cosas, sería reducir el número de reuniones y hacer que no todas sean presenciales", opina, justo después de reclamar una infraestructura ferroviaria de calidad que permita conectar a España con las principales ciudades de Europa.

Curiosamente, evitar los aviones puede resultar más fácil desde un punto de vista ocioso que desde la perspectiva laboral. En ámbitos académicos, explica Mingorría, el no acudir a una charla en una universidad de otro Estado puede "tener consecuencias" negativas para la carrera de una investigador. En su caso, que estudia conflictos ambientales y ecopolítica en Indonesia, no se abren muchas alternativas de transporte limpio, pero si que se puede tratar de alargar las estancias y reducir el número de travesías anuales. 

Al final todo va sobre lo mismo; frenar, pararse en seco y repensar la vida. Las premisas del decrecimiento se plasman aquí como una necesidad imperante para luchar contra un modelo expansivo que no respeta el medio ambiente, pero también para conectar con la Tierra, que, durante los últimos meses, clama ayuda.

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