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Lavapiés Un fondo de inversión aboca a Bodegas Lo Máximo al cierre: adiós al alma de Lavapiés

Piluka Terremoto, Elena Ros y Mamen Fuertes llevan veinte años al frente de un bar clave en la vida cultural del barrio madrileño, por el que han pasado Manu Chao, Kiko Veneno o Tonino Carotone. La compra del edificio amenaza su futuro.

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Elena Ros, Piluka Terremoto y Mamen Fuertes, socias de Bodegas Lo Máximo. / FOTOS: MAMEN FUERTES

“Somos los últimos supervivientes de ese Lavapiés que se pierde y que casi no existe. Algunos ya no vivimos aquí porque nos han echado. Hice esas fotos sin ninguna intención, pero ahora me doy cuenta de que estaba inmortalizando a quienes crearon el espíritu del barrio”. Mamen Fuertes captó el alma de sus vecinos, gente de distinta ralea que permitió que la fotógrafa algecireña se colase en sus entrañas a través de sus ojos. “Documenté un Lavapiés que languidece, personas procedentes de quince países distintos, parroquianos que casi vivían en el bar”. Las imágenes fueron tomadas en el sótano de Bodegas Lo Máximo, cuya muerte ha sido anunciada: un fondo de inversión británico ha comprado el edificio de la calle San Carlos, 6 y, cuando en febrero termine el contrato de alquiler, todo habrá acabado.

Todo es decir mucho. Pilar Aranguren, más conocida como Piluka Terremoto, se dejó caer desde Pamplona, donde había cantado en la banda de rancheras punk Kojón Prieto y los Huajolotes. La cantante empezó a trabajar en El Tío Vinagre, regentado por Sagrario Luna, autora de las biografías The Clash (Cátedra) y Fela Kuti. Espíritu Indómito (Milenio). La periodista granadina había gestionado las entrevistas de su combo napar-mex y terminaría trabajando en Chewaka, un subsello de Virgin que editaba discos de El Gran Silencio, Peret, Morente o Tonino Carotone. De la ciudad de la Alhambra se subió, precisamente, Mamen Fuertes, autora de la foto de portada del sencillo Me cago en el amor. Y las tres fueron testigos y protagonistas del nacimiento del buen rollito, el mestizaje o como quiera llamarse. Mientras apuraban las cañas, Dusminguet, Hechos contra el decoro, Joxe Ripiau, Amparanoia o Macaco se escuchaban a sí mismos.

Luna regresó a Granada, donde sigue llevando la comunicación de grupos nacionales e internacionales, mientras Piluka y Mamen no le quitaban el ojo al bareto de la esquina, donde Paco no encontraba la hora de jubilarse. “Ya era muy mayor, estaba cansado y su mujer quería retirarse. Nos enamoramos del local, porque era precioso, y le propusimos que nos lo traspasase”, recuerda Aranguren. El letrero rezaba Bodegas Máximo, el nombre del padre de Paco, quien las había fundado alrededor de 1950. Como el presupuesto era el justo, mantuvieron el rótulo de la fachada y simplemente añadieron Lo. Aquel añadido, forzado por la precariedad inicial, sería profético: el bar se convertiría, durante las siguientes dos décadas, en Lo Máximo.

“Veníamos de El Tío Vinagre, que había sido el centro neurálgico del mestizaje, y terminamos transformando nuestro bar en el punto de encuentro de los músicos del barrio”, añade Piluka. Del barrio y de parte del extranjero. Porque Lavapiés era un pueblo dentro de una urbe y un globo terráqueo dentro de una ciudad. Estaban los gatos gatos, descendientes de la canalla y la manolería. Los emigrantes castellanos, pero también del norte y del sur, quienes empezaron a recalar aquí desde mediados del siglo pasado, con sus tabernas y mesones. Luego llegaron de todo el mundo y los llamaron inmigrantes, aunque todos, unos y otros, los de aquí y los de allá, compartían un mismo objetivo: habían dejado atrás su tierra para buscarse un futuro mejor.

También estaba el Lavapiés bollo y el Lavapiés homo, algo tan natural a comienzos de los noventa como las señoras que en verano bajaban sus taburetes a la fresca. El Lavapiés de frasca y serrín, que dejaron de barrer los treintañeros de entonces cuando refundaron las tabernas neocastizas. Había noche, pero para entrar había que subir la persiana metálica; y, cuando bajaba definitivamente, tocaba escalar hasta el Candela, donde Pepe pedía una moneda —“Pepe, no tengo nada”—, un porrito —“tampoco”— o un cigarrillo —“vaaale”—, hasta que Miguel, antes del amanecer, entonaba aquello de "señores, vamos a acostarnos, que nada es eterno". Había, en fin, un Lavapiés combativo de casas okupas y centros sociales, entremezclados con bares anarquistas o partidarios de cualquier otra causa que compartían el mismo sufijo.

Bodegas Lo Máximo, en Lavapiés / GERMÁN CANO

Esa rebeldía ya había quedado patente en el pasado, así como su exclusión histórica: ¿cómo era posible que la ciudad le diese la espalda a un barrio situado a menos de diez minutos caminando de la Puerta del Sol? Aquí terminaba la ciudad, como escribió Arturo Barea en La Forja: era el fin de Madrid y el fin del mundo. “Era, por tanto, el fiel de la balanza, el punto crucial entre el ser y el no ser. A Lavapiés se llegaba de arriba o de abajo. El que llegaba de arriba había bajado el último escalón que le quedaba antes de hundirse del todo. El que llegaba de abajo había subido el primer escalón para llegar a todo”.

Un siglo antes, en 1861, Mesonero Romanos ya hablaba de una "población aparte, aislada, hostil y terrible" para el resto de la Villa, aunque aquel “pueblo bajo de Madrid” había tomado parte de forma “apasionada” en las vicisitudes políticas, incluida la invasión napoleónica, de las que salieron escaldados tanto los franceses como aquellas gentes, cuyas “pasiones, excesos, demasías y exageraciones” fueron duramente castigadas, relataba en El antiguo Madrid.

Hace veinticinco años, la penitencia que sufría la zona era el abandono, la ignorancia y el desprecio institucional. Quizás ese mirar hacia otro lado permitió que el barrio bullese a su manera, política, social y culturalmente. Surgieron experiencias de autogestión y bares que funcionaban como cooperativas. Precisamente, Bodegas Lo Máximo nació así: cuatro mujeres decidieron unirse para embarcarse en un proyecto que trascendía las cañas y los vermús. A Piluka y Mamen se sumaron Elena Ros, una fotógrafa madrileña nacida en Tánger que trabajaría como coordinadora y asistente artística del Circo Price, y Consuelo, camarera de la desaparecida Taberna del Avapiés —cuya esquina había albergado la Cárcel Eclesiástica de la Corona, o sea, las mazmorras de la Santa Inquisición—, quien terminaría desvinculándose del negocio.

“Una cooperativa femenina regida por cuatro mujeres, lo que resultaba una iniciativa particular y especial no sólo aquí, sino también en Madrid. Algo que se refleja en la personalidad y el encanto del lugar”, explica Antonio de la Cuesta, quien integraría los grupos Tijuana in Blue y Kojón Prieto y los Huajolotes antes de consagrarse a la canzone bajo el nombre artístico de Tonino Carotone. “Antes de llegar nosotras, el establecimiento estaba en su más profunda decadencia: quedaba un puñado de clientes y apenas se despachaban dos cafés, una litrona y una casera”, comenta Elena Ros, quien recuerda que tuvieron que aplicarse a fondo para adecentarlo. “Decidimos no tocar nada, pero quitamos grasa a paladas y fósiles de gambas que databan de su época dorada, pues en su día había sido un lugar de mucho alboroto. Cuando le sacamos brillo, descubrimos que, debajo de la costra, había un tesoro escondido”.

Estampada en un gran espejo, todavía se conserva aquella añeja tipografía que anunciaba chipirones, anchoas, langostillos, mejillones, pulpo a la vinagreta y, claro, gambas a la plancha. También permanece el terrazo en el suelo y el gresite en las paredes. Una cálida iluminación y un pequeño escenario bastaron para darle un nuevo aire al sitio. “Todo cuadraba a la perfección con nuestras inquietudes: conseguir que esto fuese como un salón de casa, donde estar a gusto. Y fue la gente quien lo hizo importante, porque nuestras amistades tiraron de otras y al final terminaron encontrándose el mundo de la música, la fotografía, la literatura y hasta del circo”, explica Ros.

Mientras se podía, se subieron a las tablas Manu Chao, Ojos de Brujo o Fermín Muguruza, mientras Tonino Carotone —una estrella en Italia, con éxito en Francia— y los suyos los observaban desde la barra: el entrañable Robert Johnson era su guitarrista y los coros corrían a cargo de Piluka. Las actuaciones, más o menos espontáneas —en una ocasión, la agencia Spanish Bombs convocó de urgencia a periodistas y amigos a un concierto de Kiko Veneno y Muchachito—, cesaron debido a la normativa municipal, aunque Piluka comenzaría años después a cantar boleros los miércoles con un vozarrón que enmudecía al público.

“Desde aquel momento, se ha vuelto a generar un vínculo con los músicos del barrio, pues ya se sabe que ahora es muy difícil vivir de esto”, explica Aranguren, quien rememora alguna noche que se alargó demasiado. “Manu Chao llegó a dormir en Lo Máximo. Como había muchas personas esperando en la calle, fingió que se iba, bajamos la persiana y, cuando se fueron, volvió a entrar. Acabamos a las mil y llegó la hora de despedirnos. Yo vivía cerca y él tenía reservada una habitación en un hotel, aunque me pidió si podía quedarse a dormir en el escenario: Sin problema, pero yo mañana tengo que abrir para el vermú”.

Entonces, había una programación estable los martes que incluía magia y monólogos. Comediantes como Eva Hache se entremezclaban con fotógrafos como Alberto García Alix, el poeta Carlos Pardo, el escritor Gonzalo Torrente o el documentalista Luis Felipe Torrente, ambos hijos de Torrente Ballester, por citar algunos apellidos entre decenas de nombres. “Las tres tenemos energía y ganas de hacer cosas, más allá de poner una caña, algo que siempre se ha reflejado en el bar y en quienes lo han frecuentado. Atraemos a personas que entienden nuestra forma de vivir la vida, tanto de arriba como de abajo”, explica Piluka, quien se aferra a las raíces. “En el fondo, era de la gente de aquí. No hubo gran inversión ni buscaba ser pretencioso, pero fue cuajando entre la clientela. Este barrio ha sido muy de barrio, hecho entre todos, obrero. Incluso entre los colegas hosteleros hay mucho compañerismo, armonía y cariño”.

Sin embargo, con la gentrificación, todo ha cambiado, se queja: “Ahora se va al negocio puro y duro. Sin embargo, esto nunca le había interesado al Ayuntamiento ni a ninguna institución, hasta que fueron llegando el Reina Sofía [y las galerías de arte, a rebufo del museo], la Casa Encendida o el Teatro Valle Inclán del Centro Dramático Nacional, a los que habría que sumar el Teatro Nuevo Apolo. O sea, que ahora pretenden crear un barrio cultural, pero a ver qué hacen con los residentes”. Todo ello, acompañado de la turistificación, que ha tomado la zona. La compra del edificio de Bodegas Lo Máximo no es una excepción. Los activistas antidesahucios luchan contra la especulación, que salta de una calle a otra, de Argumosa a Olmo, de San Carlos a… “Éste es un caso más, ni el primero ni el último, por lo que no nos pilla por sorpresa. Desde hace años, sufrimos un proceso de gentrificación que se somatiza en la inversión extranjera, que compra edificios completos expulsando a los inquilinos, incluidos los vecinos de toda la vida o que han nacido aquí”, denuncia Fernando Bardera, portavoz de la plataforma Lavapiés, ¿dónde vas?

La deriva del barrio y la compra de fincas enteras llevó a la creación hace un año de la Asamblea Bloques en Lucha, cuyo último ejemplo es un “síntoma visible” de la situación que atraviesa Lavapiés. “El cierre de Lo Máximo resulta más mediático porque se trata de un lugar mítico, pero es el pan de cada día. Fondos de capital riesgo, multipropietarios, fondos buitre y empresarios —en realidad, cualquier inversor que posea suficiente liquidez— están ofreciendo dinero a propietarios de edificios en condiciones precarias o en situación de abandono para comprarlos por debajo del precio de mercado. Así, los dueños, que pueden ser herederos en conflicto o que no se han puesto de acuerdo durante años, se lavan las manos cuando les llega una oferta. Aunque el valor del inmueble sea mayor, se quitan un problema de encima y se llevan una cantidad que no es una propia”, razona Bardera.

Poco importa que haya bichos dentro: el caso de San Carlos, 6 afecta a una veintena de viviendas y a tres locales, incluido el que albergaba El Tío Vinagre. “Los dueños no ofrecen a los inquilinos la posibilidad de tanteo ni de retracto, pese a que a veces se vendan bloques por precios ridículos, como 300.000 euros, cuando algunos pisos ya cuestan más que eso. Una vez reformados, se destinan a ocupantes con mayor poder adquisitivo o a apartamentos turísticos”, explica el portavoz de Lavapiés, ¿dónde vas?

Tonino Carotone y portada del sencillo 'Me cago en el amor'. / FOTOS: MAMEN FUERTES

Mamen, Elena y Piluka tienen contrato hasta febrero de 2020. Según ellas, los caseros les avisaron de que tenían la intención de vender el edificio en un par de años, por lo que se plantearon comprar el bajo, pero tres meses después recibieron una llamada para comunicarles que ya habían ejecutado la venta sin darles la opción de adquirirlo. “Después de dos décadas de alquiler, nos parece un abuso. Hemos enviado un burofax a la oficina del fondo de inversión en Londres para ver cuál es su intención, mas no hemos obtenido respuesta y desconocemos cuándo nos van a echar. Tienen tanto poder que somos conscientes de que todo está perdido. No obstante, queremos denunciarlo porque esto tiene que parar en algún momento”, explica Fuertes, quien el pasado martes anunció la noticia, pero optó por esperar a que pasase la semana santa para “armar ruido”, dijo entonces al otro lado del teléfono. Sin embargo, la clientela comenzó a preocuparse, un vecino dio la alerta en una red social y la revista Time Out se hizo eco el jueves de la compra: Un fondo de inversión inglés amenaza con cerrar Bodegas Lo Máximo.

“Simplemente, nos informaron del cambio de titularidad de la propiedad y de que, a partir del siguiente mes, en vez de pagar a los antiguos propietarios, debíamos hacerlo a una empresa subsidiaria que se encarga de hacer los cobros de los alquileres. Intentamos hablar con los compradores, pero es un ente que no responde ni nos concede una cita”, añade Piluka. Es el momento de tomar conciencia del problema, añade Elena, quien no acierta a vislumbrar el futuro del bar ni del barrio, aunque considera que la desaparición de “un símbolo” es “un síntoma” del aburguesamiento galopante. “La verdad es que yo no esperaba que esto pudiese suceder, pues es una zona incómoda, llena de cuestas y con miles de culturas conviviendo. En realidad, llevaba pasando desde años atrás: se fue desvalorizando por culpa de grupos conflictivos y noticias oscuras, hasta que un día te das cuenta de que están reformando el local de la esquina y de que ha costado una pasta”, reflexiona Ros. “Nosotras ya estamos en la pista de salida y parece que se nos muere algo. De pronto, el centro de la ciudad se ha convertido en un espacio para turistas, no para la vida cotidiana de los vecinos. La maldita palabreja: gentrificación”.

A Tonino Carotone, uno más de la familia, la compra le ha caído como un jarro de agua fría. “No es un punto de encuentro, sino mi casa, por lo que te puedes imaginar la tristeza que me causa. Es un abuso, como tantos otros, que parte de un sistema capitalista que nos va comiendo, como sucede también a nivel sanitario. Lo importantes es hacer dinero y parece que aquí se ha abierto una puerta y lo están comprando todo. Una pena, porque en estos locales se escribe la historia de una ciudad”. Piluka, tras consultarlo con abogados, cree que legalmente no hay defensa posible: “Ninguna ley nos protege. No importa que llevemos dos décadas aquí, tengamos cincuenta años y creemos siete puestos de trabajo. Sólo les interesa sacar partido a su inversión”.

La preocupación cunde en el barrio. La subida del alquiler de los pisos es un tema de conversación recurrente en los bares: todos han sufrido el pelotazo o conocen a alguien que ha atravesado esa situación. Los caseros, nuevos o antiguos, piden aumentos prohibitivos. Otras veces, ni dan esa opción. Y los más diplomáticos argumentan que se vuelven a vivir al piso al término del contrato, cuando la realidad sea probablemente otra, comenta el cliente de un bar que vivió ese caso. Con los bajos comerciales, más de lo mismo. “Estamos con los huevos de corbata”, confiesa un hostelero. “Hay muchos contratos que se van a acabar de aquí a cinco años y esperamos un incremento de la renta bestial”. Repasa mentalmente sus cuentas: “Un bar de setenta metros podía costar unos mil euros, pero ahora se están pagando unos 1.800. Y no me refiero a los de la calle Argumosa, que disponen de terraza, porque esos todavía cuestan más”.

Regenta un bar de copas junto a un socio y, cuando le llegue la hora, cuenta con una subida de un 50%. Los números no le cuadran: “Muchos negocios son alimenticios. O sea, dan para dos sueldos, nada más. No estamos aquí para hacernos ricos, sino para vivir dignamente de esto”. Por ello, si no se pudiese permitir los costes, no dudaría en firmar el contrato para traspasar el local posteriormente. La alternativa sería la ruina o la calle. “Comenzaron echando a los inquilinos y ahora están expulsando a los hosteleros de toda la vida. Nosotros somos los siguientes”, se lamenta.

Mamen Fuertes los retrató en Alma Lavapiés, una exposición que colgó de las paredes del Teatro del Barrio. De alguna manera, estaba anticipándose a algo, aunque cuando tomó las fotografías no sabía a qué. Dos clientes del bar describieron aquellas imágenes con palabras: al igual que le había sucedido a las instantáneas de la artista algecireña, más que un texto, eran un presagio. “Mamen ofrece el retrato colectivo de la verdadera generación perdida. De los perdidos y perdidas de edad indefinida. La mejor preparada para hacer de la derrota un triunfo. Documento de los jóvenes viejos o los viejos jóvenes del barrio. Lavapiés underground. El que está más cerca del sumidero de la historia o de la intrahistoria”, firmó Víctor Sampedro, catedrático del departamento de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos.

La semblanza de Dimitri Papanikas es bella y dura a un tiempo. “Sus héroes pertenecen a un universo popular integrado por nuestros vecinos de al lado, insospechables cantantes, poetas, actores y circenses, transeúntes del bar y de la noche, músicos, narradores, soñadores, hombres y mujeres del desierto, femmes fatales y malabaristas, beatniks, hippies, moteros, brujas y chamanes [...]. Son los protagonistas invisibles de una urbana cotidianidad contada con discreción y humildad [...]. Entre los referentes de este lugar mágico, mutante, polifacético, histórico que es el barrio madrileño de Lavapiés, recientemente fagocitado por nuevas modas perfectamente prescindibles y por las siempre inoportunas inversiones inmobiliarias, encontramos al neorrealismo”.

La conclusión del presentador del programa Café del sur, de Radio 3, vaticinaba de alguna manera lo que se cernía sobre Bodegas Lo Máximo: “Una forma de resistencia, la suya, en contra de toda aquella transgresión aparente y compatible con un sistema que suele crear sus propios anticuerpos para luego fagocitarlos en un horizonte ética y estéticamente vaciado de cualquier principio nutritivo”. Quién iba a decir que las fotos también hacían ruido. “El daño económico y sentimental ya está hecho, porque nos vamos todas a la calle”, se queja Mamen. “Pero, al menos, tenemos que luchar para que todo esto cambie”.

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