¿Qué tiene que ver el 'clean look' con el auge de los valores más conservadores?
Pelo recogido, uñas sin pintar pero muy cuidadas, ropa recatada de tonos pastel... la estética imperante en las calles tiene un significado (no tan) oculto.

Zaragoza-
La ropa nunca es solo ropa. No, al menos, en el momento en el que elegimos cada mañana qué ponernos. De hecho, el mero hecho de tener la posibilidad de seleccionar un outfit en sí ya es político, sobre todo en contraposición a otros regímenes u épocas en la que la uniformidad imperante no era opcional. Guste más o menos, el atuendo que utilizamos es la manera en la que nos presentamos al mundo. Representa la forma en la que deseamos que se nos perciba. Por acción o por omisión, ojo, pues incluso una presencia desaliñada también puede decir mucho de nuestra personalidad o posición respecto al entorno que nos rodea.
También nos explica en parte si decidimos seguir una u otra tendencia. Es más, las propias modas hablan, en muchas ocasiones, de los tiempos en los que surgen. Actualmente, estamos sin duda alguna en el momento del llamado clean look. Una estética que aboga por colores neutros, maquillajes imperceptibles, cortes clásicos, peinados cuidados y, en resumidas cuentas, una apuesta por el minimalismo que no denote el esfuerzo que existe detrás del conjunto. Aunque, desde luego, nadie luce impoluto sin dedicarle un tiempo largo delante del espejo.
El significado social del 'clean look'
Pero si la estética nunca es simple estética, ¿qué está diciendo el clean look? “En el imaginario social el clean look cumple una función, y es que está muy relacionado con los valores de la respetabilidad femenina que históricamente se han establecido desde el patriarcado”, cuenta la socióloga Bea Merchán. De hecho, expone un ejemplo muy ilustrativo para explicarse: “Como persona mi estética no es de clean look, pero si voy a un juzgado o a una administración sí que rebajo mi look porque sé perfectamente lo que, en el imaginario social, se considera respetable, sobre todo si eres una mujer. Y esto es algo que tenemos todas muy claro”, expone.
Pero ¿de dónde nacen esos valores conservadores asociados al clean look? “Me parece muy interesante que se utilice el adjetivo clean (limpio), porque ya está descartando que lo demás lo sea. De ahí que se transmitan valores relacionados con la pulcritud, la sobriedad, el refinamiento, en contraposición de aquello que consideramos excesivo o vulgar”, explica Merchán. La especialista cita a la también socióloga Beverley Skeggs para recordar que la valoración de las mujeres siempre ha estado mediada por la clase social. No es casualidad, por tanto, que el clean look converja de forma natural con el lujo silencioso: una forma de proyectar estatus precisamente a través de prendas exclusivas y sobrias, carentes de cualquier logotipo visible.
A esta apreciación, Merchan añade también el componente racial: “El canon que se utiliza para configurar el clean look es muy eurocéntrico, puramente del Norte Global. Lo que se está realizando es una jerarquización de los cánones de belleza, lo que siempre ha estado muy relacionado con el poder que impera en cada momento histórico”. O dicho de otra manera, el clean look se convierte en un mecanismo para perpetuar como deseable un ideal muy concreto y excluyente: el de las élites occidentales.
'Clean look', manosfera y 'tradwives'
Es aquí donde entrarían los movimientos de extrema derecha, los cuales buscan capitalizar la tendencia en favor de su ideología. “¿Es la extrema derecha la que está consiguiendo imponer un significado conservador sobre una estética que es ampliamente compartida o le estamos atribuyendo a esa estética un significado político que no necesariamente posee para quienes la utilizan?”, se pregunta en voz alta Merchán. La cuestión es interesante, pero sea cual sea la respuesta no invalida el resultado.
Porque lo mollar del asunto es comprender cómo unos grupos organizados, la llamada manosfera, sí ha aprovechado esta tendencia por lo recatado en lo estético para intentar aplicar su agenda. “Existe una reacción antifeminista que trata de recuperar los roles tradicionales de género y la feminidad. Esto se ve muy claro en el intento de recuperar la autoridad en decidir qué es una mujer y cómo clasificarla, todo esto de las categorías de mujer de alto valor, mujer para casarse, mujer para ser promiscua, mujer que ha perdido su valor por su comportamiento sexual, etc.”. Una catalogación en el que la estética es una parte más.
El reflejo femenino más visible de esta corriente es el fenómeno de las tradwives: una tendencia orientada a romantizar una estampa idílica y distorsionada de la división tradicional del trabajo doméstico. En este contenido, la puesta en escena lo es todo. Por ello, no es casualidad que en los vídeos de las grandes creadoras como Ballerina Farm o Roro en España cuiden al milímetro aspectos como la iluminación, los tonos neutros y la pulcritud. Un aspecto visual que se alinea con los valores tradicionales que emanan de su contenido.
¿Significa que todas las personas que llevan un clean look le están haciendo el juego a la extrema derecha? Pues no necesariamente. Es evidente que una gran parte de la población elige su ropa de una manera acrítica, dejándose llevar por la moda del momento o, simplemente, por lo que le gusta. Pero es más, también hay personas que han optado por disputar el discurso que emana desde los sectores reaccionarios. “Samantha Hudson está totalmente metida en la estética clean look y ella misma lo dice. Expone que ella puede resignificar la estética, ya que no por vestir así renuncia a su identidad queer disidente. O por ejemplo Ester Expósito, quien también tiene un clean look de manual pero eso no evita que tenga abiertamente posiciones feministas”, expone Merchán al respecto.
Una gran industria detrás del 'clean look'
No hay que olvidar nunca que, más allá de la ideología, el clean look es un gran negocio. Aunque se esmere en parecer que no lleva un gran esfuerzo detrás, lo cierto es que lucir perfecta en todo momento implica una gran cantidad de tiempo y dinero. Productos de belleza, ropa nueva, peluquería, manicura… La pregunta se la cuestiona Merchán: “¿Hasta qué punto estamos ante una reivindicación ideológica de determinados valores tradicionales y hasta qué punto estamos ante una industria que ha encontrado en esos valores un nuevo mercado?”.
Lo vemos, de nuevo, en el caso de Roro. Ella nunca se ha posicionado abiertamente como una tradwife. De hecho, lo ha desmentido en reiteradas ocasiones. Lo que nunca ha ocultado es su condición de empresaria, con unos ingresos que con casi total seguridad superan con creces los de su pareja, el célebre Pablo para quien cocina en pantalla. ¿Ha intentado la extrema derecha instrumentalizar su figura? Sin duda, del mismo modo que desde sectores progresistas se fiscalizó su irrupción.
Sin embargo, reducir el fenómeno a una simple conspiración ideológica pasa por alto la regla fundamental del tablero: al final, el capitalismo lo fagocita todo. Convierte cualquier disputa cultural en un nicho de consumo, y si bien es capaz de mercantilizar cualquier discurso, como por ejemplo vendiendo camisetas del Che Guevara, siempre se sentirá infinitamente más cómodo rentabilizando la nostalgia conservadora.



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