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Un 'tsunami' planetario

El equilibrio de las dos superpotencias se derrumbó con el Muro de Berlín y el fracaso del socialismo real dejó una peligrosa falta de alternativa al capitalismo

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Para quienes nacieron o eran niños cuando se derrumbaba con estrépito el Muro de Berlín, el símbolo por antonomasia de la Guerra Fría, aquel tsunami geopolítico que transformó el planeta puede parecerles tan lejano como el franquismo para la generación de la democracia en España. El fenómeno está demasiado próximo como para estudiarlo con perspectiva histórica. Se podría creer que los cambios de los últimos 20 años no tienen la dimensión de los que causaron otros cataclismos del siglo XX, como las dos guerras mundiales.

Craso error. Echemos una ojeada al mapa de Europa de 1945 y al posterior a la desintegración de la Unión Soviética a finales de 1991, epílogo del mismo proceso que convirtió el Muro en escombros el 9 de noviembre de 1989. Tras la II Guerra Mundial, se alteraron por ejemplo las fronteras alemanas y polacas y se fundaron los Estados satélites de la URSS, de soberanía disminuida. Compárese con las transformaciones fronterizas posteriores al fracaso de la utopía comunista: la Unión Soviética se partió en quince pedazos, Yugoslavia en siete, y Checoslovaquia en dos, mientras que Alemania recorría con su reunificación el camino inverso.

Muchas convulsiones arrancaron de allí: desde Yugoslavia a Chechenia, del Báltico a Asia central

Como consecuencia de las conmociones que agitaron con Mijaíl Gorbachov a un imperio soviético con los pies de barro, se convirtió en papel mojado el principio de inmutabilidad de las fronteras que sirvió durante décadas como garantía de equilibrio, estabilidad y paz, por precarios o injustos que fuesen a veces. La bipolaridad (los no alineados no suponían una auténtica tercera vía), el sistema de dos superpotencias planetarias capaces de destruirse mutuamente y que, por lo mismo, sólo se enfrentaban en lejanos conflictos locales, dio paso al derrumbamiento estrepitoso de una de ellas, la URSS, y al dominio casi exclusivo de la otra, Estados Unidos, mientras una tercera asomaba la cabeza: China. Una carga excesivamente pesada para unos hombros no tan fuertes como para soportar una responsabilidad tan grande y apagar tantos fuegos. De ahí que proliferen los profetas de la inminencia de la decadencia y caída de este nuevo y menos ilustrado imperio romano.

Muchas convulsiones de los últimos 20 años arrancan de la caída del Muro, desde las guerras de Chechenia o la antigua Yugoslavia hasta la creación de nuevos estados en Europa y Asia Central y la ampliación a los satélites y a las repúblicas bálticas de la URSS tanto de la Alianza Atlántica como de la Unión Europea. Cuesta casi recordar que, hace apenas unos minutos de historia, la OTAN, dominada por EEUU, tenía una contraparte comunista en el Pacto de Varsovia, que se disolvió como un azucarillo en leche ardiente. Hoy se especula incluso con la posibilidad de que, algún día, la integración europea se complete con el ingreso de Rusia tanto en la UE como en la OTAN, aunque el déficit democrático y el neoimperialismo de Moscú no vayan de momento por ese camino.

Hay otra consecuencia directa, y claramente negativa, de la caída del Muro. El fin de la Guerra Fría y el fracaso del socialismo real, como bloque y como ideología, no sólo condujo al triunfo automático del capitalismo, sino a una peligrosa falta de alternativa. Sin otros referentes y contrapesos, la derecha se envalentona y la izquierda y los sindicatos se encogen y asumen sin cuestionarlas las nuevas y supuestamente únicas reglas del juego. A veces, como en las recientes elecciones alemanas, cuesta distinguir los programas de conservadores y socialdemócratas.

Los trabajadores ven atacados derechos y conquistas sociales y los beneficios del Estado del bienestar, allá donde sobrevivían, se ponen en entredicho. El choque resulta más brutal en los países del antiguo bloque socialista, hoy democracias con economía de mercado. La recesión ha hecho más nítidos los perfiles de este mundo desigual. La actual crisis ni siquiera propicia la refundación moral del capitalismo pirata y salvaje culpable de la hecatombe. A la salida del túnel sólo se ve más de lo mismo.


El cruce de Fiedrichstrasse entre los sectores soviético y estadounidense de Berlín fue el lugar de canje de espías y símbolo de la Guerra Fría. Hoy sólo queda la caseta. AFP

Consecuencia directa del tsunami geopolítico ha sido el cambio en la percepción de la principal amenaza para la seguridad. Durante la Guerra Fría estuvo siempre latente el riesgo de que un fallo en el precario equilibrio del terror provocase un conflicto atómico que convirtiese el planeta en un cementerio con las ratas de nueva especie dominante. Ese peligro se ha esfumado, pero el fantasma nuclear sigue presente, encarnado ahora en países 'delincuentes' (en la terminología de la era de George Bush) como Corea del Norte e Irán, enemigos declarados de Estados Unidos, además de en los vecinos enfrentados India y Pakistán, y en el fantasma de la bomba terrorista, en manos, por ejemplo, del cóctel de talibanes y Al Qaeda.

El relevo del temor colectivo al holocausto nuclear lo ha tomado el terrorismo sin fronteras

El relevo del temor en el imaginario colectivo al Armaguedón de la madre de todas las armas lo ha tomado el terrorismo sin fronteras, fundamentalmente islamista, cuyos orígenes últimos se rastrean en el más enconado de los conflictos: el de Oriente Próximo.

Como pretexto tanto o más que como causa, la brutal represión de los palestinos y el rechazo en el mundo islámico al apoyo sin fisuras de EEUU a su aliado estratégico israelí se vislumbra tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, del 11 de marzo de 2004 en Madrid y de tantos otros que han echado por tierra la idea de que las guerras y la seguridad tienen fronteras. Cuesta imaginar en el 11-S en plena Guerra Fría, por no hablar de los avisperos de Irak y Afganistán, extendido este último a Pakistán, una potencia nuclear en grave peligro de convertirse en un Estado fallido. Resulta irónico que, no sólo Bush, sino incluso ahora Obama, estén enfangados en el mismo lodazal que obligó a una retirada vergonzante a la URSS, lo que aceleró su hundimiento.

En estos 20 años, el mundo ha registrado otros cambios trascendentales. Algunos esperanzadores, como el fin del apartheid en Suráfrica y la desaparición casi total en América Latina de los regímenes dictatoriales que durante muchas décadas del siglo XX marcaron su historia, con capítulos especialmente horrendos en Argentina y Chile. Hoy, la democracia está presente en todo el continente.

Bush y Obama cayeron en el mismo lodazal afgano que aceleró la disolución de la URSS

La excepción es Cuba, escenario de un experimento social y político discutible pero que no se puede despachar con una simple condena, y donde la desaparición de la escena pública de Fidel Castro no se ha traducido aún en un cambio de régimen. Se registran ahora mismo fenómenos tan apasionantes y polémicos como la Venezuela populista de Hugo Chávez o el éxito resonante de la socialdemocracia pragmática de Lula da Silva en Brasil, la B del grupo de grandes economías emergentes conocido como BRIC, y que incluye también a Rusia, India y China. La forma en que se está despejando la situación en Honduras deja claro que no hay lugar ya en América Latina para el golpismo puro y duro.

Han sido dos décadas que han demostrado una vez más que la violencia étnica puede sacar a flote lo peor del ser humano. Sin relación directa con los cambios que la caída del Muro trajo al mundo, África se convirtió en el escenario de espantosos genocidios: en Ruanda, en Congo, en Sudán Matanzas medievales, poco tecnológicas, a machete más que a balazos, y ante la pasividad internacional, que siempre interviene demasiado tarde.

¿Cosas de África? No, también en Europa: limpieza étnica en Yugoslavia, asesinatos y violaciones masivos, emanación de los demonios nacionalistas que Tito conjuró tras la II Guerra Mundial y que despertaron tras el 9 de noviembre de 1989 . Al menos, un embrión de justicia internacional está sentando en el banquillo a algunos genocidas.

El fin del apartheid y de las dictaduras en América Latina es un cambio esperanzador

Este nuevo mundo quizá sea un poco más libre que el anterior a la caída del Muro, pero no es ni más seguro ni más justo. Al contrario: las diferencias sociales siguen siendo abismales en la mayor parte del planeta. Aún lo domina Estados Unidos, pero se le empieza a escapar de las manos. China pide paso, y no sólo por su fuerza demográfica, sino por su pujanza económica, por su condición de gran productor y gran mercado mundial, por su imparable crecimiento, por sus reservas de dinamismo.

No hace tanto que se advertía: 'Cuando China despierte' Pues ya ha despertado. Más pronto que tarde completará su transición y estará en condiciones de exigir el papel hegemónico que le corresponde. De momento, ya se empieza a hablar de G-2.

El nuevo mundo es quizá un poco más libre, pero no es ni más seguro ni más justo

El régimen capitalista-comunista de Pekín (contradicción sólo aparente) tomó buena nota de lo ocurrido en la URSS en 1991 y en Rusia luego, y no comete los mismos errores. Al costo de centenares de vidas, ya demostró en la plaza de Tiananmen, cinco meses antes de la caída del Muro, que no repara en métodos para evitar que la situación no se le vaya de las manos.

Hoy, pese a la ausencia de democracia y la falta de respeto a derechos humanos básicos, nadie se atreve a plantar cara a la superpotencia del futuro. Las dos preguntas clave son: 1) ¿Será el XXI el siglo de Estados Unidos y China, o sólo el de China? Y 2) ¿Será Estados Unidos el único imperio mundial que se hunda sin que su caída esté marcada por la guerra?