Publicado: 06.10.2016 21:11 |Actualizado: 07.10.2016 15:28

Las 'leonas' no comen del rugby

La mitad de la selección femenina de rugby 15 sólo cobra dietas, mientras que las olímpicas recibieron una beca que no les da para vivir. “Son jugadoras totalmente amateur que hipotecan su vida por un sueño”, dice el seleccionador.

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La selección femenina de rugby, durante el entrenamiento en el Campo Central.

La selección femenina de rugby, durante el entrenamiento en el Campo Central.

MADRID.- Veintiséis chicas entre la veintena y los treinta y tantos aparecen a media mañana por el madrileño barrio de Moncloa con un bafle que grita electro latino y que rompe el silencio que por fin se había impuesto tras los chillidos de varios grupos de niños. “¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh!”, vociferan al ritmo de la música. Casi la mitad de ellas lleva, además, una tiara en la cabeza que brilla bajo un sol que podría ser veraniego. Parece una despedida de soltera.

No lo es, pero claramente forma parte de una tradición. Es una novatada que gastan en la selección femenina de rugby desde 2007. Las que no han disputado nunca un partido oficial en el Campo Central, donde se encuentran, y el más importante de Madrid, tienen que llevar la diadema. “Hay algunas que hasta han participado en un Mundial y las siguen portando”, advierte María Losada. La idea es una copia a medias de un rito de las jugadoras francesas, que les colocan a sus novatas diademas con orejas de conejo. “Son nuestras princesas, y no les vamos a poner una melena de león”, explica Aroa González. “Pero aquí no eres una leona hasta que no juegas en el Central”.



Las 'leonas' son ellas. Y se han ganado a pulso el apodo después de plantarse históricamente en los Juegos Olímpicos de Río, que acogían el rugby 7 por primera vez. Allí lograron un fantástico diploma, después de conseguir la proeza de llegar a cuartos. “Cuando vuelves a casa con tu familia y tienes unos días de reflexión, es cuando realmente valoras lo que has conseguido”. Amaia Erbina, una de las más jóvenes del grupo, sabe de lo que habla. En el combinado de rugby 15, que este jueves ha comenzado estelarmente con una paliza a Bélgica (76-0) su andadura en el Europeo de Madrid, sólo son semiprofesionales las féminas que lucharon y lograron el pasaporte olímpico. Cada una ha recibido una beca ADO, dotada con 15.857,15 euros, por debajo de los 17.077 euros que obtuvieron los chicos, también con billete para Brasil.

Las jugadoras que lograron el diploma olímpico en Río son ahora semiprofesionales y han recibido una beca ADO de 15.857,15 euros

Un montante que les ha asegurado una cierta estabilidad durante al menos un tiempo, pero que tampoco les da para vivir sólo de ello. Por ello, Amaia (Ordizia, 1997) dejó aparcados los estudios a principios de año, cuando se le abrió la puerta de estar en los Juegos. Entonces, estudiaba Lenguas Aplicadas en Barcelona. “Aposté todo al rugby”, confiesa.

“Las becas nos han dado un respiro. Lo que pasa es que depende mucho de los resultados año tras año. Y en un proceso a largo plazo, como son cuatro años, es complicado depender exclusivamente de ellas”, se lamenta Patricia García (Madrid, 1989), puntal del equipo y considerada como una de las mejores a nivel mundial. Ella fue protagonista del Preolímpico en el que España logró plantarse en Río con dos ensayos en la final ante Rusia.

Bárbara Plá (Barcelona, 1983), otra de las líderes y veteranas, hace unos años que se ha podido enfocar más en el oval. “Con la ayuda económica, puedes ser algo profesional. Claro, que no podré ahorrar como un futbolista, ganar un montón, retirarme y poder vivir de esto. Tienes que prepararte el futuro”. Por ello, ha estudiado INEF, tiene un máster de alto rendimiento y es entrenadora, a lo que querría dedicarse cuando lo deje. “Ahora, al menos, se ha ido equiparando cada vez más con las condiciones de los chicos. Cuando yo empecé había mucha discriminación”, denuncia.

En la otra cara, están aquellas que no han recibido ningún tipo de beca, sólo dietas por concentración, que tienen su trabajo y que hacen verdaderos malabares para poder compaginarlo todo. El caso más paradigmático es el de la capitana. Aroa González tiene treinta y siete años y lleva casi dos décadas en la selección. Su trabajo diario es más que exigente para una jugadora de un combinado de la élite europea: es empleada de la fábrica de Seat en Barcelona. Junto a otros compañeros, revisa enormes piezas de coche y las carga.

Compaginar trabajos con la pasión por el balón ovalado

Para poder liderar la manada, antes debe cuadrar fines de semana y tratar encontrar compañeros de otros turnos para que ella trabaje por la mañana, el horario que menos le perjudica. “Cuando voy de noche y entreno de día, el cuerpo está más cansado y el ritmo y la alimentación son otros. Y llegar a la concentración viniendo de un turno de noche significa que cuando a mí me entra el sueño es cuando hay que entrenar”, cuenta. “Mis vacaciones son estar con la selección”.

También Isabel Rico (Talavera de la Reina, 1997) compatibiliza su posición como pillier en el verde con su empleo como profesora de Educación Física y de Inglés. Este año ha sido maestra en Inglaterra y le ha sido más fácil compaginarlo, porque las concentraciones de la selección le han coincidido con las vacaciones en la isla. “Pero suele ser bastante difícil, tienes que pedir días en el trabajo y organizarte muy bien para poder sacar el máximo partido. Cada uno tiene su profesión, pero esto dura unos años y hay que aprovechar el momento. Entonces, tienes que sacrificar esa trayectoria a nivel laboral por la deportiva”.

El seleccioador José Antonio Barrio 'Yunque': "Las chicas de rugby 15 son jugadoras totalmente amateur que hipotecan su vida por un sueño"

“Las chicas de rugby 15 son jugadoras totalmente amateur que hipotecan su vida por un sueño”, expone el seleccionador, José Antonio Barrio Yunque. “Al final, todas comenzamos en este deporte como un hobby; no empezó como la profesión de nadie. Y hay muy poca gente que consiga ser profesional de un hobby; somos unas afortunadas”, defiende, por su parte Irene Schiavon, que lo ha compaginado con su licenciatura en Ingeniería de Minas. Yunque explica que hay mucho margen de mejora: “Gracias al éxito de las deportistas, han recibido ayudas que les permiten dedicarse a ello, lo cual no quiere decir vivir de ello, sino que no les cuesta dinero. Ahora, estamos desarrollando un plan estratégico con vistas a 2020 para que las chicas de rugby 7 y las de 15 puedan optar a unas condiciones mejores de las que han tenido”.

Las tiaras se apean de las cabezas de las chicas quince minutos después de su exótico desembarco. Calientan y hacen un gigantesco corro en el césped, a pocos metros de los palos más cercanos al túnel de vestuarios. Charlan sobre el importante partido que van a tener al día siguiente y el seleccionador les alienta con varias palabras de ánimo. “Tres, dos, uno, ¡leonas!”, lanzan su grito de guerra.

La selección femenina de rugby, durante el entrenamiento en el Campo Central.

Desde este jueves se juegan su clasificación para el Mundial en el Europeo de Madrid. Si lo ganan, disputarían un partido ante Escocia que les daría el billete. El césped del Campo Central está bien cuidado y rodeado por cuatro gradas pequeñas revestidas de cemento. Los operarios hacen los últimos preparativos para que todo esté listo para la cita: colocan las lonas de publicidad en los fondos y cortan la hierba con una máquina muy ruidosa.

Esta mañana, a espaldas del Faro de Moncloa, el entrenamiento es menos intenso de lo habitual. Al principio hacen una versión propia del juego del balón prisionero, con uno o dos balones. Van golpeándose indiscriminadamente con ellos hasta que todas menos una han sido atizadas. “¡A por Rico todas!”, braman. Ahora sí, ya todas han caído.

El rugby, al menos el femenino, parece ser un deporte en el que se convencen mutuamente unas a otras de formar parte de un equipo

El rugby, al menos el femenino, parece ser un deporte en el que se convencen mutuamente unas a otras de formar parte de un equipo. E Irene Schiavon (Buenos Aires, 1987) tiene buena culpa de ello. “He liado a mucha gente. En la selección, a Patricia y a Elena Redondo”. A ella también la liaron. Una amiga, que se llama Coba, y que estuvo dos años persiguiéndola para que lo probara. “Y al final, fui. Siempre me arrepentí de no haber acudido antes y entonces me sentí como con las ganas de transmitir todo lo que yo estaba aprendiendo y de que la gente no perdiera el tiempo y entrara”.

En todo caso, en España lo habitual es interesarse por el oval durante la universidad. Como le sucedió a Bárbara o a Isabel. O puede que en el instituto, como Aroa, que se pasó de la gimnasia al rugby porque así su profesor de tecnología le subía la nota. Lo insólito es iniciarse desde muy pequeño. Con cinco años comenzó Amaia. Lo realmente inusual es jugar sólo con chicos cuando eres una chica. Así lo hizo ella hasta los dieciséis. “De pequeña, era bastante grande así que no tenía tantos problemas, no me llevaba muchos golpes”.

La etapa más complicada llegaría en la adolescencia: “Ahí los chicos sólo miran a las chicas para insultarlas o vacilarlas. Al ser la única chica de todo el club, tuve momentos de bajón en los que quería dejarlo y no pasarlo mal. Entonces, mi padre, que fue un gran apoyo, me dijo: Estas cosas van a pasar siempre, son parte de la vida. Si realmente el rugby es lo que te gusta, tienes que seguir adelante, que te llegará la recompensa". Y le llegó mucho antes de lo esperado. La otra recompensa para estas chicas será poder ser profesionales.