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“Me parece una ingratitud imperdonable renegar del feminismo”

La escritora Laura Freixas mantiene que la cultura es un campo de batalla para el feminismo. Presentó en Málaga "Mujer callada, de todos es alabada” una conferencia donde reflexiona sobre el papel de la mujer a lo largo de la historia.

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Laura Freixas en La Térmica/ La Térmica

Laura Freixas habla con la determinación y seguridad de una mujer consciente de las conquistas del feminismo, y de cómo afrontar las discriminaciones de la sociedad patriarcal. Su campo de batalla es la cultura, a la que analiza con lupa para detectar estereotipos, comportamientos machistas y la marginación de la mujer en la sociedad. Durante años sus artículos en prensa y sus libros han mostrado parte de sus investigaciones, muestra de su denuncia y compromiso. En La Térmica de Málaga impartió un taller y una conferencia donde reflexionó sobre la evolución social, política, profesional y filosófica de los feminismos y las políticas de igualdad.

Se habla de machismo en la política o en el trabajo pero, ¿y la cultura? ¿De ella parte el desarrollo de la sociedad patriarcal?

Uno de los objetivos de la asociación Clásicas y Modernas, que fundamos en 2009 unas cuantas mujeres y que yo he presidido hasta hace un mes, es que entre el tema de la cultura en la agenda de igualdad y viceversa. En mis 58 años he visto que en la agenda de la igualdad entraban cosas que no estaban: el trabajo doméstico, el de cuidados, la violencia de género… Y creo que es hora de añadir la cultura porque tiene una influencia y poder inmensos. De hecho en el momento en el que ya no existen leyes que sometan a las mujeres, la cultura ocupa el lugar de esas leyes. Es una forma de mantener la dominación de una forma, digamos, más sofisticada.

Como dice Celia Amorós, el patriarcado se reinventa constantemente. Y el patriarcado actualmente es el que se ha llamado el patriarcado del consentimiento, en el que hay una serie de factores que empujan a las mujeres a decidir lo que el patriarcado quiere. Por ejemplo, la mercantilización de sus cuerpos a través de la prostitución o del alquiler de úteros. En ese mecanismo la cultura es una pieza fundamental. Y es necesaria esa acción porque, al contrario de lo que se piensa, la cultura no es igualitaria ni en la composición de los grupos que se crean ni en sus contenidos. Y esto parece que nadie se había dado cuenta. Uno de los efectos de una cultura patriarcal es naturalizar el protagonismo masculino hasta el punto de que no lo vemos.

Laura Freixas en La Térmica/ La Térmica

¿Qué aspectos de la cultura legitiman más el machismo o la violencia?

El primero es el absoluto protagonismo masculino. Por ejemplo, el instituto Geena Davis publicó hace un par de años un amplio estudio del cine en distintos países, y demostraban que las películas están realizadas en más de un 90% por hombres. En el caso de español, el 93% de las películas las dirigen hombres, sus protagonistas en mayoría también eran hombres, y las mujeres no solo están menos presentes, sino que tienen menos protagonismo y hablan menos. Ayer citaba en mi conferencia que, de hecho, de las 10 películas más taquilleras de 2016 solo el 27% de las palabras las dicen mujeres. Y citaban también el caso de la película infantil Mulan donde la protagonista es mujer, pero todos los personajes masculinos que la rodean hablan más que ella, ¡incluido el dragón!

También el hecho de que los personajes masculinos se muestren muy variados en cuanto a profesión, carácter, edad… Y los personajes femeninos están encapsulados en unos cuantos arquetipos. Un perfil bueno que es la mujer joven, sexy y complaciente; y un perfil malo representado por mujer mayor o poderosa, que siempre es vista en términos negativos, como en la película Blancanieves. O la serie Merlí, de TV3, que tiene como protagonista a un profesor y se supone que transmite valores a los jóvenes. En esta serie la directora del instituto, que es una mujer, es un personaje poderoso y en la serie muere aplastada por la cisterna de un váter. Fíjate hasta qué punto llega la hostilidad hacia la mujer que tiene el poder.

¿La mujer mayor no existe?

Es una constante de la cultura patriarcal. En ella las mujeres mayores o son invisibles o son odiosas. Por ejemplo, uno de los pocos programas de televisión que suelo ver, El Intermedio, es típicamente patriarcal en cuanto su protagonista, que es un hombre mayor, humorista. Luego hay un joven humorista, que representa incluso la transmisión padre-hijo. Después hay una mujer joven, cuyo papel es más bien al servicio de, no es protagonista, tiene un segundo lugar… Y falta la mujer mayor. No existe.

Vemos la relación entre sociedad patriarcal y cultura, pero ¿y los libros educativos? Apenas existen las mujeres en sus páginas.

Para que la educación sea igualitaria no basta con que sea una escuela mixta o que no exista una discriminación explícita, sino que debe afectar esa igualdad también a los contenidos. Los contenidos en la enseñanza ahora son sesgados, y no corresponden con la realidad porque se ha eliminado a las mujeres. Eso crea el espejismo de que no había mujeres. Y es falso.

Yo ahora doy unas charlas en institutos sobre Las Sinsombrero, de la generación del 27, y ahora me encuentro que en los libros de la ESO se habla de la Generación de 27 y se ha eliminado a las mujeres. Porque no hay motivo para hablar de Alberti y no de María Teresa León, o de Rosa Chacel, de María Zambrano, o Maruja Mallo. Se eliminan, quiero creer que de forma inconsciente y no deliberada, pero me da igual.

Laura Freixas en La Térmica/ La Térmica

¿Y qué efectos tiene?

El resultado es que las jóvenes acaban la educación convencidas de que son un cero a la izquierda, de que las mujeres nunca han hecho nada. Por eso no me extraña que se pongan a la sombra de los chicos, que están arropados por toda esa imaginería que es la representación de miles de referentes de hombres poderosos, creativos, modélicos... Un hombre se siente inconscientemente arropado, autorizado y reforzado por el Papa, por Trump, por Superman, por James Bond o por Roberto Alcázar y Pedrín. Y una mujer no se siente reforzada por nada porque no hay modelos de maestras. No hay madres simbólicas que nos protejan, nos den un ejemplo, nos animen a seguir, que nos autoricen…

-Siempre estamos en segundo lugar.

Sí, y sin relación entre nosotras. Durante una época analicé las películas El Niño y La Isla Mínima. En ambas está el esquema patriarcal de la sociedad: equipos de hombres que luchan entre sí. Ese es el gran argumento. Y las mujeres están como satélites alrededor de los hombres, en segundo lugar. En esas películas ellas aparecen como víctimas, chicas de, amantes ocasionales y poco más, sin relación entre ellas.

Mencionaba que las jóvenes carecen de referentes. Pero, por ejemplo, muchas de ellas toman como referente papeles femeninos como el de Cincuenta sombras de Grey.

Es una obra es muy útil para analizar por qué se da el machismo en las mujeres. El razonamiento implícito es el siguiente. Una mujer, en un momento dado, entiende que nunca va a llegar lejos porque para eso debe competir con hombres, y la batalla está perdida de antemano. Como mucho, aspiras a un personaje secundario como secretaria o profesora. Nunca vas a llegar a esas cotas de poder. Cuando ella llega a ese edificio de forma fálica donde el que manda es un hombre… la elección es entre intentar salir por ti misma, pero por los precedentes sabes que no llegarás tan lejos; o ponerte a la sombra de un hombre. Como ellos tienen el poder puedes hacer dos cosas. O disputárselo y terminar mal, o pedirles que te protejan a base de someterte y humillarte. Fíjate que cuando esta chica aparece en el despacho la primera vez lo que hace es tropezar, caerse y hacer el ridículo. Así es como lo seduce, porque él lo que quiere es una mujer sometida, y ella se somete.

¿La cultura también aporta una imagen distorsionada de la maternidad?

La cultura presenta la maternidad de una forma impersonal, estándar, sin variaciones individuales, no pensante, y uniforme. Yo lo digo con dos imágenes. Por un lado, la virgen María con esa frase estelar de “Hágase en mí tu voluntad”. Es la mujer sometida. El primer ejemplo de útero de alquiler, y que pone su cuerpo al servicio del proyecto de Dios, que se representa como personaje masculino. Y, como en Cincuenta sombras de Grey, la sumisión es lo que te permite llegar a tener un estatus. Con el desafío no vas a llegar a ninguna parte. Es la mujer sometida, que tiene un proyecto de maternidad que no le es propio sino ajeno, y que ve recompensada su sumisión mediante la aceptación social y la felicidad.

Y la otra imagen omnipresente es la mujer embarazada sin cabeza. En los medios la mayoría de la representación de la mujer embarazada es un vientre y no se ve su cabeza. Eso significa muchísimo. La cara es lo que nos hace humanas, nos individualiza y es el pensamiento y al reflexión. Al cortarnos la cabeza en esas fotos significa que somos un objeto, un recipiente y que el verdadero protagonismo está en el vientre. Y que todas las madres son iguales. No hay distintos modelos. O está la madre feliz y sacrificada a la que una sonrisa de su hijo le compensa todo. O está la madre mala, malísima. No hay madres humanas. O son angélicas o diabólicas.

Hablamos de la representación de la maternidad pero, ¿y las mujeres solteras que no cumplen con lo que está previsto para ellas, como mujeres?

Tradicionalmente se las ha mostrado como frustradas y amargadas. Hay un cierto cambio y reivindicación de este perfil, en la medida en que las mujeres tenemos más voz y podemos revisar esos estereotipos. Hace poco una norteamericana llamada Kate Bolick ha publicado un libro titulado Solterona, donde ella se reivindica como mujer soltera y busca precedentes en la historia de la literatura de otras mujeres solteras que han tenido vidas plenas.

Si se analiza, se comprueba que la cultura legitima la sociedad patriarcal, pero si no se hace ese análisis, ¿es la forma más efectiva y sutil de conseguirlo?

Sí, porque a través de la identificación emocional y la seducción te hace aceptar unos mensajes que desde un punto de vista racional no aceptarías jamás. Pero la cultura es un campo de batalla constante.

¿La dependencia emocional de algunas mujeres, que se desarrolla en entornos machistas, tiene parte de sus raíces también ahí?

Sí, porque la cultura presenta a los hombres siempre poderosos y que les hace dignos de ser amados. Y a las mujeres siempre las presentan sin poder, porque si son poderosas siempre se representan con mujeres que lo pagan con la soledad, el rechazo de la sociedad y del hombre. Solo son amadas cuando son dependientes y sumisas. Otra cosa de la cultura patriarcal es ensalzar a las mujeres como víctimas: Madame Butterfly o Julieta, de Almodóvar. Con esos modelos cómo van las mujeres a reivindicar su independencia.

¿El lenguaje es otro campo de batalla?

Ayer puse ejemplos de cómo el lenguaje está lleno de juicios de valor. Por ejemplo, el peor insulto para un hombre es “hijo de puta”, porque se absuelve a él de culpa y la mala siempre es la madre. Otros peores insultos, como “maricón” o “cabrón”, aluden a un déficit de hombría. El hombre despreciable es el que es poco hombre. Al hombre que le hace caso a su mujer se le llama “calzonazos”. Hay frases que indican que ser hombre en sí es positivo: “ser todo un hombre”, “ser un hombre de pelo en pecho”…

Las mujeres que luchan por la igualdad han introducido palabras nuevas que son muy útiles para describir nuestra realidad. Por ejemplo, maltrato o acoso sexual, que es una palabra que no existía y que cuando nos ocurría a nosotras, cuando teníamos veinte años, no sabíamos muy bien ni qué era ni cómo definirlo ni que me pasaba. También techo de cristal, violencia de género, conciliación, sororidad… La batalla está también en el lenguaje.

La última académica de la RAE, Paz Battaner, dijo recientemente en una entrevista que el asunto del género no era lo más importante…

Mi respuesta es ¿por qué creéis que la Real Academia elige precisamente a esas mujeres? Porque van a decir eso.

Durante los atentados de París usted publicó un tuit donde decía: “Horrorizada por esta nueva muestra de violencia masculina #JeSuisParis”. Aquella frase levantó mucha polémica.

Me sorprende que alguien pueda discutir que el 90% de los asesinatos en el marco de una guerra, del terrorismo, doméstico… son obra de hombres. Y probablemente me quedo corta. Con cifras en la mano es indiscutible. Aquel tuit despertó una ola de odio y un linchamiento como yo no había conocido nunca. Me dejó muy sorprendida.

Lamenté no haber conservado algunos tuits. Recuerdo uno que era revelador de una España que está ahí y que, afortunadamente, no la conozco muy de cerca, pero decía: “Cómo se nota que tu marido no te ha curtido el lomo”. Me dejó boquiabierta. Eso aparte de las amenazas o incluso pedir pena de muerte para mí. Yo había removido algo que yo no sabía que existía y que me dejó bastante perpleja. Y además es ese lenguaje… curtido el lomo. Pero dónde vive esta gente. A lo mejor estoy conviviendo con ellos y vienen conmigo en el metro. ¡Qué horror!

Hace poco Risto Mejide decía en su programa que no era feminista, sino que creía en la igualdad. Inés Arrimadas decía en la cadena SER, frente a la pregunta de si era feminista, que no le gustaban las etiquetas. ¿Cuesta asumirlo o reconocerlo por temor a la imagen que se ha dado de las feministas?

Estoy intentado recordar ejemplos parecidos en la Generación del 27. De mujeres que decían… las sufragistas son muy ridículas y yo no lo soy, pero estoy por el voto de la mujer. Hay una reacción patriarcal tan fuerte, que lo describe muy bien Susan Faludi en su libro Reacción, que ha conseguido manchar la palabra feminista, con un contraataque patriarcal que llama feminazis a las feministas. A mucha gente la etiqueta le da miedo porque le da miedo esos machistas que se comportan de manera prepotente, con un tono matón, que tienen a su favor redes sociales y medios de comunicación… Por eso hay gente que no quiere decir que no es feminista, pero que están por la igualdad. Pero bueno… Vamos a ver. ¿Qué es el feminismo sino la lucha por la igualdad? Me gustaría decir a estas personas que deberían ser feministas, para empezar, por gratitud. Si votas es gracias a las feministas. Si puedes estudiar es gracias a las feministas. Si te puedes divorciar es gracias a las feministas. Si puedes viajar sin el permiso de tu marido es gracias a las feministas… Y mucho más. Lo que debemos a ellas es crucial. Me parece una ingratitud imperdonable renegar del feminismo.

Y la segunda parte es que dicen que eso es del pasado. Mujeres políticas, que llevan su vida actual gracias al feminismo, que renieguen de él... Primero es ingratitud y es inconsciencia de lo muchísimo que queda por hacer. Tenemos que terminar con la brecha salarial, con los asesinatos machistas, con muchas discriminaciones y para eso tenemos que ser feministas. Con ese discurso de que la igualdad ya se ha conseguido vamos a seguir con la idea de que el poder es masculino, con la brecha salarial, con pensiones con un 40% más bajas para las mujeres, con asesinatos machistas todas las semanas… Así no salimos.

Después de la manifestación de las mujeres frente a Trump, ¿ve algo de esperanza?

No sé qué podemos hacer eficaz contra Trump pero esa manifestación era necesaria. Tenemos que ser visibles. No podemos resignarnos. Tenemos que dejar constancia de nuestra oposición.

Vivimos en un mundo globalizados, pero cada vez con más muros o pidiendo independencia. ¿Existe la patria para Laura Freixas o quizás su patria es el feminismo?

Es una definición muy buena. Sí, mi patria es el feminismo. Me siento mucho más feminista que española o catalana. Me siento más identificada con la tradición literaria, por ejemplo, de lo que han escrito las mujeres, que con la tradición literaria española o catalana por el hecho de yo serlo. La patria, en un sentido emocional, no lo vivo. España para mí es un marco de organización territorial que quiero superar, en el sentido de querer una federación europea y no retroceder. Yo quiero avanzar e ir hacia algo más grande que replegarme en las fronteras de algo más pequeño.