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Zapatero descentra a Rajoy con un decálogo anticrisis

El presidente anuncia 11 medidas para acelerar el tránsito a la economía verde. El PP, que no concretó una alternativa, regresa a la soledad al ser el único grupo que se cierra a buscar acuerdo

GONZALO LÓPEZ ALBA

Como dos líneas paralelas sin otro punto de encuentro que la mutua descalificación, política y hasta personal. Así discurrieron los planteamientos del presidente del Gobierno y del líder de la oposición en el primer debate de la nación de esta legislatura, prácticamente monopolizado por la crisis económica.

José Luis Rodríguez Zapatero cogió a la oposición con el paso cambiado al hacer un discurso de segunda investidura, apabullante por incorporar una batería de iniciativas y propuestas tan amplia que apenas daba tiempo a tomar nota y menos aún a articular sobre la marcha una respuesta consistente. Esta circunstancia hizo que su antagonistas mantuvieran a piñón fijo el tono de moción de censura que habían anunciado, si bien únicamente el PP rechazó de plano la mano tendida al diálogo.

Los portavoces de la oposición iban en mayor o menor medida a darle la puntilla y el presidente se revolvió con nuevos bríos. Esperaban un discurso limitado al envoltorio ideológico y, sin abdicar de la representación de la izquierda, se encontraron con un catálogo de medidas concretas para profundizar en las actuaciones de ayuda a los sectores más sensibles a la crisis y para sentar las bases del tránsito hacia la economía verde.

El presidente arrancó el debate con el anuncio de 11 medidas centradas en la vivienda, las pymes, el automóvil y la educación, y otras varias decenas de iniciativas de distinto alcanceel PSOE las cuantificó en 100, con el complemento de un nuevo recorte de 1.000 millones en el gasto corriente como gesto de austeridad. Alguna de estas medidas, como la reducción temporal y condicionada del impuesto sobre sociedades, o el nuevo plan de ayudas para la compra de automóviles 2.000 euros a sufragar por el Estado, las comunidades autónomas y los fabricantes, achicaron el espacio a grupos como el PP y CiU, que las venían reclamando. Otras fueron sorpresivas por inesperadas, como la supresión a partir de 2011 de la desgravación por hipotecas para las rentas superiores a 24.000 euros anuales, que Rajoy enjuició como "la puntilla a las clases medias españolas, a las que ha apaleado".

El impacto del discurso del presidente se plasmó en el rostro de Mariano Rajoy, que pareció abatido y desarmado en su escaño al concluir la intervención del presidente, y en la euforia de los socialistas, alguno de los cuales llegó a decir: "Es la primera vez que veo a Rajoy realmente preocupado por el empleo, por el suyo".

El líder de la oposición comenzó afirmando su propósito de "no emplear calificativos dramáticos" para desembarazarse de la etiqueta catastrofista. Pero su resumen del estado de la nación fue: "Recesión, déficit, deuda, paro galopante, ineficacia del Gobierno y fragilidad de respaldo".

Nada se supo de su plan alternativo, salvo el folleto que exhibió asegurando que allí estaba el contenido. Ni siquiera los reiterados embites de Zapatero lograron que pasara de un genérico "algo habrá que hacer" a propósito de la refoma laboral que reclama.

Rajoy se afanó por minar el crédito de Zapatero acusándole de haber "mentido de forma mezquina y deliberada" al negar la crisis y martilleando en su "incapacidad" como gobernante, para concluir: "Usted se ha convertido en el lastre principal de la economía española". Pero se le fue la mano cuando espetó a la bancada socialista: "¡Si ustedes no saben leer...!". A partir de esta afirmación, el duelo parlamentario cambió de registro y volaron los garrotazos.

El presidente, que había usado un tono institucional no exento de autocrítica y hasta humildad, se sintió mordido en la mano que había tendido y respondió a las dentelladas como más dentelladas. Jaleado por su bancada, que no cesó de aplaudirle desde el paseíllo inaugural hacia la tribuna, censuró a Rajoy su "estilo faltón y despreciativo" para acabar acusándole de "servirse de la crisis". La cazuela hirvió y tanto Zapatero como Rajoy se enredaron en ajustar cuentas pendientes, con evocaciones que se remontaron hasta 1992, pasando por el 11-M, el proceso de paz o Perejil.

Sin que nadie abdicara de la censura al Gobierno, el sosiego regresó con Josep Duran Lleida. El portavoz de CiU, aunque dijo que a Zapatero sólo le guía "el poder por el poder", concluyó expresando su disposición a buscar el entendimiento, actitud a la que el presidente otorgó "un alto valor".

Incluso el portavoz del PNV, Josu Erkoreka, erigido en látigo del Gobierno, aseguró que su grupo "respaldará las iniciativas serias". Para no añadir leña a este fuego, Zapatero pasó por alto su afirmación de que los socialistas "saquearon la Hacienda pública" referencia a los casos de corrupción del período de Felipe González y renunció al turno de dúplica.

Joan Ridao, de ERC, descartó "un frente común con el PP", pero advirtió que su apoyo pasa por "cumplir con Catalunya". Y para Gaspar Llamazares (IU) y Joan Herrera (ICV), por el "giro a la izquierda".

La descofianza quedó patente, pero la puerta abierta.

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