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Por qué el color de las cosas dice mucho sobre cómo pensamos

Dentro de la investigación en lingüística existe un gran debate con posiciones fuertemente encontradas: ¿es el idioma que hablamos el que modela nuestra forma de pensar, o el ser humano piensa de determinada forma por naturaleza?

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Por qué el color de las cosas dice mucho sobre cómo pensamos. / SINC

Dentro de la investigación en lingüística existe un gran debate con posiciones fuertemente encontradas: ¿condiciona el idioma que hablamos la configuración de nuestro cerebro y la forma en que pensamos, o las bases cerebrales del habla son las mismas y comunes a todos los seres humanos y el lenguaje es una capa diferencial espolvoreada en la superficie?

Guy Deutscher, lingüista israelí, defiende vehementemente la primera postura en Through the Languaje Glass: Why the World Looks Different in Other Languages (A través del cristal del idioma: por qué el mundo parece distinto en otras lenguas), un libro ameno e interesantísimo en el que se mezclan anécdotas sobre diferentes conceptos en diferentes idiomas (por ejemplo, como distintos pensadores franceses llegaron a la conclusión, tras sesudas reflexiones, de que el mejor idioma del mundo era, oh, sorpresa, el francés) con una descripción a fondo de la batalla que cultura y naturaleza libran por el control de nuestras lenguas.

Si bien todos los idiomas manejan de forma parecida ideas sencillas, la unanimidad se rompe con conceptos abstractos

La tesis de Deutscher es que el idioma sí que condiciona nuestra forma de pensar y de ver el mundo. Su principal prueba es que, si bien todos los idiomas manejan de forma parecida conceptos sencillos y tangibles (todos agrupamos bajo el mismo término a los perros, los gatos, los pájaros o las rosas), la unanimidad se resquebraja cuando pensamos y nombramos conceptos más abstractos, como la mente, el espíritu o la voluntad.

Como ejemplo de estas diferencias, el autor hace un repaso histórico de cómo el ser humano se ha referido a los colores desde las civilizaciones más antiguas hasta ahora. El color parece una característica física y sensorial indiscutible de los objetos que nos rodean, algo que suponemos fuera de todo debate porque el cielo es azul, la hierba es verde y el trigo o el maíz son amarillos, y poco más hay que decir de ello. Pero resulta que no siempre lo fue.

Sin palabras para el azul

Deutscher encadena argumentos a buen ritmo para demostrar que naturaleza y cultura viven entrelazadas

Por ejemplo, muchas civilizaciones antiguas, desde la japonesa y la china a la hebrea o la griega, no conocían el color azul. Deutscher menciona la Odisea de Homero, en la que dice que el mar era del color del vino o del bronce y, aunque las descripciones de los objetos son detalladas y brillantes, los colores en general son escasos. El azul no existe en toda la obra. Deutscher concluye que no es que no tuviesen una palabra para el azul, es que probablemente tampoco veían ese color como tal.

Se trata de la primera de una serie de reflexiones y argumentos que Deutscher va encadenando a buen ritmo para tratar de demostrar que naturaleza y cultura viven entrelazadas en nuestra cabeza y en nuestra sociedad, y que muchas cosas que consideramos naturales e inmutables son en realidad conceptos culturales incrustados en nosotros desde el momento en que nacimos.

Según él, solo hay que rascar un poco en el lenguaje, en el nuestro y en el de los otros, para descubrir que el cerebro de cada humano es como es porque hablamos el idioma que hablamos.