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Químicos tóxicos hasta en la sopa

Pesticidas, compuestos perfluorados y plastificantes invaden nuestro día a día, a través del agua, la comida y los productos que usamos. Sus efectos pueden ser más letales que los de la covid, la malaria o el sida.

06/03/2017-La fruta es uno de los productos que mayor encarecimiento experimenta en su trayecto de las explotaciones a las neveras.
La ONU advierte sobre los tóxicos a los que estamos expuestos a través de los alimentos. PxHere (CCO)

"La contaminación y las sustancias tóxicas causan más de nueve millones de muertes prematuras, el doble del número de muertes causadas por la pandemia de covid-19 durante sus primeros 18 meses. Una de cada seis muertes en el mundo está relacionada con enfermedades causadas por la contaminación, una cifra que triplica la suma de fallecimientos causados por sida, malaria y tuberculosis y multiplica por quince los ocasionados por las guerras, los asesinatos y otras formas de violencia". Los datos hablan por sí mismos. Son algunas de las llamadas de atención que recoge un informe reciente de Naciones Unidas sobre los tóxicos a los que estamos expuestos a diario, "a través de la respiración, los alimentos y la bebida, por contacto con la piel y a través del cordón umbilical en el vientre materno", añaden los autores de este documento.

No se refieren a algo lejano que ocurra en la India o a las orillas del río contaminado de una película de Julia Roberts, no. Son sustancias químicas que están en nuestra casa, en nuestra sangre. Aquí, ahora. "Los estudios de biomonitorización revelan la presencia de residuos de plaguicidas, ftalatos, pirorretardantes, sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, metales pesados y microplásticos en nuestro organismo. Incluso se encuentran sustancias tóxicas en los recién nacidos", denuncia el citado informe, elaborado por David Richard Boyd, abogado ambientalista canadiense y relator especial de las Naciones Unidas sobre derechos humanos y medio ambiente. Podemos encontrarlos en los plásticos que están en contacto con alimentos, en productos de limpieza, textiles, pañales, productos cosméticos, pinturas... y en la comida.

Sus efectos en la salud están demostrados por décadas de investigación científica. Según el informe de la ONU, "aumentan el riesgo de muerte prematura, intoxicación aguda, cáncer, enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares, enfermedades respiratorias, efectos adversos en los sistemas inmunológico, endocrino y reproductivo, anomalías congénitas y secuelas en el desarrollo neurológico de por vida".

Pesticidas en tu mesa

Un ejemplo de peso son los pesticidas, de los que España es el mayor consumidor de la Unión Europea. Pero no están solo en los campos. Una investigación de la Universidad de Granada, publicada en enero en la revista científica Environmental Pollution, encontraba altas concentraciones de fungicidas e insecticidas en las muestras de orina de 1.500 menores, de entre 7 y 11 años, de distintas zonas rurales y urbanas de España. ¿Cómo llegaron al cuerpo de los niños unas sustancias usadas para el control de plagas en la agricultura?

"Los ingerimos con los alimentos, al consumir esas frutas y verduras que fueron tratadas con pesticidas", explica a Público el periodista ambiental Carlos de Prada, responsable de la iniciativa Hogar sin tóxicos y presidente de Fodesam (Fondo para la Defensa de la Salud Ambiental).

Otro caballo venenoso de batalla son los compuestos perfluorados, contaminantes eternos —por lo que tardan en degradarse— presentes en sartenes y utensilios de teflón. O el bisfenol-A y los ftalatos, que están en recipientes y vajillas de plástico, latas de bebidas y alimentos, garrafones reutilizables dispensadores de agua. Su efecto como disruptores endocrinos afecta a la reproducción, el metabolismo y el desarrollo del cerebro en fetos, según Ethel Eljarrat, investigadora del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua IDAEA-CSIC.

Precisamente, la Ley de Residuos publicada en 2022 se refiere a los ftalatos y bisfenol A como alternadores endocrinos y prohíbe su uso en envases que estén en contacto con alimentos. Lo malo es que "la industria los va sustituyendo por otros compuestos parecidos, como el bisfenol S o bisfenol F, que todavía no han acumulado los suficientes estudios sobre su toxicidad como para que lleguen a prohibirse", apunta De Prada.

Por otra parte, este experto destaca la incongruente historia legal del bisfenol A: desde finales de 2022, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) aconseja una ingesta diaria máxima de 0,04 nanogramos por kilo de peso corporal. Entre 2015 y 2022, sin embargo, establecía el límite tolerable en 100.000 veces más, cuatro microgramos por kilo. Y, hasta 2015, nos decía que era seguro consumir hasta 50 microgramos por kilo, 1.250.000 veces más de lo que recomienda hoy. ¿Quién se responsabiliza de todos los problemas de salud provocados por una ingesta excesiva de esta sustancia a lo largo de las décadas? Por el momento, nadie.

Lenta legislación por presiones económicas

El problema no parece cercano a solucionarse. "Aunque hay algunas sustancias tóxicas que se han prohibido o cuyo uso se está eliminando, la producción de productos químicos peligrosos, en general, sigue aumentando rápidamente. Se espera que se duplique para 2030 y se triplique para 2050", advierte el citado informe. Más de 180 organizaciones ambientales europeas, agrupadas en el European Environmental Bureau, denunciaban el mes pasado que las presiones de la industria química entorpecen y ralentizan los planes de la Unión Europea de prohibir miles de sustancias peligrosas. "Lo más eficaz sería que las administraciones, alguna vez, representaran al público", dice Carlos de Prada.

En la misma dirección apunta el informe de la ONU: "Existen empresas con inquietantes antecedentes en lo que respecta a presionar para impedir que se promulguen o refuercen normas ambientales y límites a la contaminación o que se prohíban o restrinjan la producción, venta y utilización de sustancias tóxicas. Valiéndose de su poder e influencia, han deslegitimado la ciencia, han negado y tergiversado fraudulentamente las consecuencias negativas de sus productos para la salud y el medio ambiente y han engañado a los gobiernos sobre la disponibilidad de soluciones y alternativas".

Tomar las riendas de la propia salud

"Existe una gran desinformación. Es muy complejo saber qué sustancias compramos, porque en la etiqueta de los productos de limpieza, por ejemplo, solo se detalla el principio activo, que compone el 1% del producto. Del otro 99% restante no se especifica nada. Lo mismo pasa con los plásticos, que pueden tener 132 compuestos tóxicos diferentes, pero no tienes forma de saber cuáles son esos aditivos concretos que tiene esa fiambrera que tienes en casa", apunta De Prada.

Sin embargo, "no es necesario ser químico ni saberte el nombre de todos los tipos de ftalatos o plaguicidas: protegernos es posible con medidas sencillas como elegir frutas y verduras ecológicas (sin pesticidas), reducir el consumo de alimentos en contacto con plásticos o enlatados, o usar detergentes lo más naturales posible", aconseja. Mientras tanto, "hay que tener espíritu crítico y no creernos todo lo que nos dicen los organismos oficiales", añade.

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