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Cameos literarios: cuando el libro entra en escena

Los libros irrumpen en el plano y por lo general pasan desapercibidos. A veces son joyas de la literatura (también nos topamos con algún que otro fiasco). Su aparición nunca es azarosa y contribuyen a construir un personaje o historia.

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Dwayne (Paul Dano) lee 'Así habló Zaratustra', de Nietzsche, en 'Pequeña Miss Sunshine'.

Nada es arbitrario. El lenguaje icónico del cine deja poco espacio a la improvisación. Cada visillo, cada corbata, cada triste azulejo olvidado provee de sentido al espectador, le da pistas de ese supuesto acertijo hecho de luz y color. Los libros a veces se cuelan ahí, incurren en escena y no sólo a modo de adaptación literaria, también como una suerte de atrezo capaz de imprimir o enfatizar matices a sus protagonistas. Los cameos también pueden ser literarios...

'Academia Rushmore', de Wes Anderson

«Cuando un hombre por la razón que sea tiene la oportunidad de llevar una vida excepcional no tiene derecho a guardársela para sí mismo». Esta cita de Jacques-Yves Cousteau –reconocido explorador de las profundidades marítimas con cara de arenque– manuscrita en un libro de divulgación titulado Diving Sunken Treasure (Buceando entre tesoros hundidos), hace que el joven Max se enamore perdidamente de la maestra Rossmary Cross (Olivia Williams) en la Academia Rushmore. Un viaje a ese mundo abisal que, según se mire, simboliza también el compromiso del protagonista con sus propios sueños y obsesiones, dejando a un lado lo que se espera de él.

'Malditos bastardos', de Quentin Tarantino.

El cándido lector que se acerque a The Saint in New York –cuya edición francesa está leyendo Shoshanna Dreyfus en Malditos bastardos– con la intención de pasar el rato leyendo una entretenida novelita de misterio, verá que en realidad lo que tiene entre manos es una historia sombría y violenta como pocas. Su protagonista trata de vengar una serie de asesinatos para lo que se entrega a fondo hasta que, no sin cierto estupor, se da cuenta de que está siendo utilizado como un mero sicario por el poder. 

'El resplandor', de Stanley Kubrick.

De la angustia adolescente a la simple chaladura puede haber un largo trecho. La misma distancia que podría separar la cordura de Wendy, de ese desquicie generalizado que le rodea en El Resplandor. Pero lo cierto es que El guardián entre el centeno, libro al que se encomienda la sufrida esposa de Jack Torrance (Jack Nicholson) siempre ha tenido un cierto halo perturbador, como si tras la nada acechara un peligro enigmático.

'Withnail and I', de Bruce Robinson

No es fácil. La mugre, llegado el momento, pasa a convertirse en estado de ánimo y de ahí al desbarre es una cuestión de inercia. Withnail and I Ia componen dos actores en paro que rondan la cuarentena y viven instalados en esa suerte de deriva emocional. Un apartamento destartalado en Campden Town, tazas de té –rebosantes de coñac– con el esmalte ajado, y lecturas poco redentoras como el Journey’s End de R. C. Sherriff’s simbolizan esa decadencia que habitan. El texto de marras es una obra de teatro ambientada en una trinchera de la Primera Guerra Mundial donde un grupo de oficiales de una compañía de infantería del ejército británico hacen frente bajo tierra a un destino infausto.

'El lector', de Stephen Daldry.

Podría parecer que la Winslet anda contrariada ante el ímpetu lector de su compañero de lecho en lugar de entregarse a la algarabía erótico-festiva. Pero no. No es ese el problema. Los personajes de El lector –adaptación de la novela homónima de Bernhard Schlink– dedican buena parte del metraje a compartirse sin rubor en posiciones y recintos diversos. Aquí en realidad el protagonista –encarnado por el joven actor David Kross– lee con esmero un drama burgués del XVIII –Emilia Galotti, a cargo del dramaturgo alemán Gotthold Ephraim– mientras la Winslet le escucha con atención.

'Los 400 golpes', de François Truffaut.

Antoine Doinel le pone velas a Balzac. En su altar particular, de su pequeña habitación, un chaval de 12 años (álter ego de Truffaut) rinde pleitesía al escritor de doble mentón. Doinel no apunta maneras, castigado por “un profe cruel”, acaba de recibir el primero de los cuatrocientos golpes que irán minando su inocencia y convertirán su melancolía en un modo de rebeldía. Su refugio es Balzac y ese mamotreto suyo que compendia la historia social de Francia entre 1815 y 1930 llamado La Comedia Humana.

'Soñadores', de Bernardo Bertolucci

Nada como poner a uno de tus protagonistas a leer Guerra y revolución, de Karl Marx, para insuflarle ese aire contestatario que debe impregnar tu película. Bertolucci se sirve en Soñadores del bisturí marxista –ese capaz de desentrañar los males inherentes al capitalismo– para terminar de bosquejar un personaje entregado a la desobediencia sesentayochista.

'Pierrot el loco', de Jean-Luc Godard.

Y de la performance revolucionaria del mayo francés, a la celebración lírica y trágica de la vida que encarna el bueno de Ferdinand Pierrot. Para ello, Godard adereza el metraje de Pierrot el loco a base de citas literarias, pictóricas, musicales y cinematográficas. Aquí encontramos a Ferdinand al remojo, fumando un pitillo, y leyendo un pasaje sobre Velázquez contenido en el segundo tomo de la Historia del Arte Moderno de Élie Faure: «Se palpa la nostalgia, pero no se advierte ni la fealdad ni la tristeza ni el fúnebre y cruel sentido de esa aniquilada infancia».

'La ventana indiscreta', de Alfred Hitchcock.

La mirada perdida de Lisa (Grace Kelly) en La ventana indiscreta evidencia que el tocho que sostiene no le interesa lo más mínimo. Quizá sólo pretenda impresionar a Jeffries (James Stewart), soltero por el que siente un íntimo fervor. Nada como una lectura sesuda para impresionarle. El libro elegido por Hitchcock para tal efecto es Beyond the High Himalayas, volumen que narra las afectadas apreciaciones del juez norteamericano William O. Douglas de viaje por Asia Central. La joven, al percatarse de que el objetivo de sus falsos desvelos lectores se ha quedado traspuesto, cambia al magistrado por el último número de Harper's Bazaar.

'Domicilio conyugal', de François Truffaut

Ella lee una autobiografía de Nureyev y él un libro sobre mujeres japonesas. En Domicilio conyugal, Truffaut radiografía el auge y la caída de un matrimonio, un trayecto de ida que va del deseo (del otro), al desencanto de una vida en común sin muchos alicientes. La imagen muestra a una pareja encamada entregada a la lectura, previo paso a lo que a buen seguro será un polvo reglamentario, como quien rellena una suerte de formulario. La magia se acabó. Ambos lo intuyen. Truffaut remarca el desencanto venidero con lecturas (intereses) dispares.