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Precariedad, falsos autónomos o tocar por la cara: el otro caché de los músicos en festivales

El volumen de dinero que generan los festivales y su impacto en la economía contrasta con las condiciones que ofrecen a sus artistas emergentes. Un modelo de negocio que canjea visibilidad a cambio de unas condiciones laborales denigrantes.

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Un instante festivalero.- EFE

Los datos apuntan a un pelotazo. Según cifras de la Asociación de Promotores Musicales (APM), organización que reúne a las 74 mayores empresas del sector y concentra el 80% de la facturación nacional, el año pasado se alcanzó un récord histórico: en 2018 ganaron 334 millones de euros, algo nunca visto en nuestro país.

Resulta complicado conciliar semejantes cifras con la precariedad que asola a muchas bandas y solistas cuyo caché se sitúa en la franja salarial más baja. Remuneraciones irrisorias que en muchas ocasiones van acompañadas de planteamientos denigrantes con el músico. Tales como hacerles pasar por falsos autónomos, ofrecer conciertos sin contrato a cambio de nada o muy poco porque, "total, nosotros te damos visibilidad".

Una situación que, en palabras del cantante Nacho Vegas, no es tan ajena como podríamos pensar: “A mí todavía hoy ciertos promotores me piden que lleve los papeles del alta de autónomos y yo siempre me niego porque me parece insultante”. “Sangrante”, “denigrante”, “perversa”. Los músicos consultados para este reportaje cargan contra una lógica empresarial que está haciendo mucho daño no sólo a los artistas emergentes, también a los consolidados.

Nacho Vegas: "Todavía hoy ciertos promotores me piden el alta en autónomos" 

Ricky Lavado, batería de bandas como Egon Soda o Nudozurdo y miembro de la Sección de Música de la CNT de Madrid, lo simplifica para dummies: “Si música es trabajo, entonces un músico será un trabajador, y si un músico es un trabajador, no cabe duda de que se tienen que respetar una serie de derechos laborales”. Unos derechos que muy pocos festivales –siempre hay honrosas excepciones– respetan, algo que contrasta con la tabla de beneficios que manejan: “Te paras a comparar el rendimiento y la explotación económica que hacen con el nivel de precariedad que infligen y no das crédito”.

Y lo mejor parece que está por venir. Imaginación hay a raudales. Aparecen concursos como el de la pasada edición del Viña Rock en el que se ofrecía a la banda más votada la posibilidad de actuar y formar parte del cartel con una retribución que alcanzaba los 500 euros “en concepto de gastos”. Una nueva ocurrencia cuya recompensa, tal y como apunta Zara Sierra, manager de dilatada experiencia, no sólo no cubre gastos sino que supone pérdidas para la banda: “El desglose es muy sencillo: si hablamos de un cuarteto y de un concierto que implica movilidad, ponle cuatro altas a la Seguridad Social, el salario de un conductor, el alquiler de una furgoneta, el alojamiento de cinco personas y las dietas de dos días; la suma no baja de los 2.000 euros”.

Miren Iza: "No es ningún cénit tocar a las cuatro de la tarde por un abono o por 250 euros"

Junto a los concursos de exigua recompensa, nos topamos con modalidades cada vez más habituales como la de tocar a cambio de un bono del festival o por la cara y sin contrato. Perversa transacción consistente en ofrecer prestigio a cambio de música en directo. Miren Iza, líder de Tulsa, lo tiene claro: “Tiene que calar la idea de que no es ningún cénit, en ninguna trayectoria musical, tocar en un festival a las cuatro de la tarde por un abono o por 250 míseros euros, no todo vale”.

En efecto, no todo vale. Máxime cuando lo que está en juego es la integridad física de los artistas. Una cuestión que, como apunta Lavado, parece no tenerse suficiente en cuenta. “Se hacen auténticas salvajadas, como por ejemplo la cuestión del accidente in itinere [en desplazamiento], que es otra de las batallas que debemos afrontar, pues hay un problema en este país cada fin de semana con miles de bandas viajando de un lado para otro, ¿quién se responsabiliza si pasa algo?”.

Lo cierto es que en esa zona intermedia de la tabla –por utilizar un símil futbolístico– casi todo vale. Según Sierra, muchos festivales se han convertido en “una excusa para tener a 10.000 personas tres días consumiendo alcohol en un mismo recinto”. Una operación que requiere de “cuatro grandes nombres que vendan entradas y un buen puñado de bandas que no suponen para ellos más que relleno”.

El gran Casino

Nacho Vegas sitúa el principio del fin allá por el año 2000, momento en el que gran parte de los festivales se entregaron a la especulación. “Antes las bandas tenían su caché y se ofrecían a los festivales, estos negociaban y lo pagaban si lo creían pertinente. Pero todo eso cambió y empezó a darse una especie de juego de casino en el que determinados festivales fichaban bandas ofreciéndoles el doble de su caché para que integraran su cartel”.

Lavado: "Comparas el rendimiento que dan con la precariedad que infligen y no das crédito" 

De aquellos barros, estos lodos. Una situación –la actual– a la que se ha llegado sin apenas oposición. Porque si bien es cierto que el turbocapitalismo rampante parece haber zarandeado cualquier viso de derecho laboral, no es menos cierto que la resistencia y, sobre todo, la unión mostrada por los músicos ha brillado por su ausencia. Un análisis que los músicos consultados comparten, asumen con matices y complementan con un cierto optimismo.

En palabras del músico asturiano: “La situación es tan jodida que yo creo que empieza a haber un cierto sentido de unión que se evidencia a través de nuevos sindicatos y de organizaciones que exigen algo tan básico como un contrato laboral”. En todo caso, es obvio que sobrevuela un cierto miedo en la escena, lo de siempre, aquello de "el que se mueva no sale en la foto". “Debe ser el Síndrome de Estocolmo”, apunta Lavado con sorna. “Las condiciones son tan lamentables que tampoco perdemos tanto”, zanja Miren.