Verano porteño (10)
Tras afeitarse en la barbería de Belgrano, Roberto Esteban parte con Amadeo en busca del Turco para intercambiar impresiones.
Este es el décimo capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
Al día siguiente, a las diez en punto de la mañana, Amadeo se presentó en la barbería justo cuando Belgrano acababa de alzar el cierre. Le comenté que era demasiado temprano, que el pájaro que buscábamos alzaba el vuelo a eso del mediodía y que hasta esa hora no merecía la pena arrancar. Mientras tanto, podía facturar unas cuantas carreras. Belgrano estaba tomando el primer mate de la mañana y lo saludó con la bombilla.
-Puntual como la mierda. Amadeo es un gran laburador —dijo cuando el viejo ya se había marchado—. Siempre está mosca.
-¿Mosca? ¿Por qué?
-Digo que no se le escapa una. Sentate acá y dejá que te repase la barba, que parecés un canchero.
Tampoco era mala idea, porque llevaba varios días sin afeitarme. Entre la comodidad de la silla y el calor de la toalla húmeda sobre la cara, estuve a punto de dormirme, pero Belgrano empezó a darme la brasa con Bonavena, con Borges, con Cortázar y con una sobrina suya que estudiaba en la universidad.
-Una piba de antología, che. Viene a Madrid en unos días. Se llama Liliana y está loca por conocerte.
-Seguro que sí. Para hablar de boxeo y de ciruelas.
-Sos un ingrato y un atorrante.
-Lo que soy es un viejo, Belgrano. Casi tan viejo como tú. Qué quieres que haga yo con una universitaria.
Refunfuñando, me enjabonó la cara con la brocha y luego deslizó la navaja por mis mejillas, suave, rápidamente, como si pintara un lienzo. "La vejez puede ser el tiempo de nuestra dicha", murmuró entre dientes y pude oírlo porque tenía su boca al lado de la oreja. "El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma". Cuando terminó, me señaló el espejo con orgullo profesional y le di las gracias. Estaba enfurruñado, de modo que agradecí que entraran unos chavales a cortarse el pelo. Me fui al bar de enfrente, el Atroz, me senté en la barra, pedí un café, desplegué el papel que me había dado Sebas y dibujé una especie de mapa con las direcciones de tabernas, discotecas y locales de alterne. Cuando regresó Amadeo, con una media hora de adelanto, le hice una seña y subí al taxi casi en marcha.
-Hacia San Blas, jefe. Ya te indico.
Había un par de abrevaderos en el barrio que me sonaban de otro tiempo. Lo mismo daba empezar por ahí que por cualquier otro sitio. Encontré al Turco en la terraza del segundo, a la sombra de unos soportales: su obesa humanidad abanderada en una camisa hawaiana y encajonada en una silla metálica que parecía a punto de rendirse.
-Vaya, vaya —dijo, levantando los ojos del móvil—. A quien tenemos aquí.
Parecía el doble de grande que la última vez que lo vi. Por el brillo de las pupilas —dos rayas azules acogotadas entre ojeras y párpados— también parecía el doble de malo. La camarera se acercó a servirle una jarra de cerveza y me preguntó que iba a beber.
-Nada, gracias —dije, tomando asiento frente al Turco—. Sólo he venido a hablar.
-¿Ahora vienes a hablar? ¿Por qué no pruebas a hablar con mi sobrino? Le rompiste la garganta y ahora cada vez que abre la boca parece el pato Donald.
-Lo intenté, Turco. Intenté hablar con Hulk y Robocop, pero no estaban por la labor. Tendrías que haber enviado a alguien con más vocabulario.
-Ya te daré yo vocabulario. A ti y a ese montón de moribundos. Y la próxima vez no será con un par de idiotas y una piara de yonquis.
Bebió un buen trago de cerveza. Una línea de espuma se le quedó temblando en el bigote y el Turco la borró de un manotazo.
-No hagas más el ridículo, anda. No entiendo de qué va la movida, pero sé que no eres más que un mandado. Déjalo antes de que nos hagamos daño.
-¿Daño? En una cosa llevas razón. No entiendes un carajo. No tienes ni puta idea de dónde estás metiendo el hocico.
-Pero algo sé, Turco. Algo sé. Por ejemplo, que moviendo los hilos detrás de tus muñecos anda un tal Bianchi.
Fue un golpe recto, sólo para tomar distancia, y por su reacción vi que había dado en el blanco. No en el blanco de los ojos, porque, entrecerrados de rabia, era casi imposible distinguirlos. La boca se le torció y en los pliegues del cuello empezaron a brotarle branquias. La camarera regresaba con una tapa: un platito de torreznos que, contra todo pronóstico, hacían juego con las piñas y los plátanos de la camisa hawaiana. Una camisa XXL, del tamaño de una playa. La muchacha dejó el platito de torreznos sobre la mesa y derramó la mitad al oír la amenaza pronunciada entre dientes.
-Joder, Roberto. Voy a tener que matarte.
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