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El viejo deleite de los cines de verano

Del esplendor de los 60 a la decadencia de los 70. Las proyecciones al aire libre resurgieron en nuestro país a principios de los 80 con programaciones entre el cine de autor y el de interés mayoritario. El mapa de proyecciones al raso sigue nutrido.

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'Cinema Paradiso'

Son un clásico del verano. Junto al pertinente chapuzón, el abanico y los globos de agua, el cine al aire libre forma parte de ese imaginario estival que siempre vuelve. Agosto transforma los patios centenarios, las plazas de toros, los jardines y las terrazas en salas de proyección. La época de la pared encalada a modo de pantalla ya pasó, la sofisticación en los sistemas de proyección se impuso y las programaciones, no siempre a gusto de todos, devanean entre las complacientes superproducciones americanas y un cine de autor que se aleja de lugares comunes.

Su origen habría que situarlo a comienzos del siglo XX, pese a que no fue hasta mediados de los 50 y sobre todo en los 60 cuando tuvo su gran eclosión, con el desarrollo del turismo en el Mediterráneo. Si bien fueron las salas de cine, con su moqueta y su oscuridad, las que configuraron toda esa liturgia tan cinematográfica, el visionado al aire libre es tan antiguo como el nacimiento del séptimo arte. Tal y como apunta el historiador y documentalista de cine Luis E. Parés, “en su origen, más allá de la pura invención por parte de los hermanos Lumière, el cine siempre estuvo vinculado con feriantes que iban por las carpas de los circos mostrando sus proyecciones”.

Luis E. Parés: "Es bueno desacralizar un poco el cine, convertir la experiencia en algo popular"

Aquellos trashumantes primigenios fueron los pioneros en la democratización del cine. Más tarde, aunque también en paralelo, fueron proliferando las salas de proyección, auténticos templos para el visionado y el primerizo escarceo carnal. “Creo que es bueno desacralizar un poco el cine, las salas le confieren ese aire como reverencial, algo que es muy romántico y que forma parte de su esencia pero que no está mal romper de vez en cuando y convertir la experiencia en algo popular”, apunta Parés.

En efecto, la plaza del pueblo –con sus neveritas cerveceras, el niño que no se come la fruta y el bocadillo de mortadela– restó afectación al disfrute cinéfilo, como si sacándolo de su refugio habitual le quitara ínfulas al asunto. Si en los 60 el tándem conformado por Manolo Escobar y Clint Eastwood era garantía de éxito en las programaciones de media España, en la actualidad son las grandes superproducciones las que se llevan la palma. “Se ha vinculado tradicionalmente cine de verano con cine de entretenimiento o evasión, pero no tiene por qué ser así; el cine es un arte por sí mismo y no por lo marcos que lo contienen”, remata el historiador.

Siempre hubo y siempre habrá excepciones. Es el caso, por ejemplo, del Ateneo Socio-Cultural Viento del Pueblo, sito en la conservadora localidad alicantina de Orihuela. Un reducto de cine poco convencional proyectado al aire libre y al margen de las instituciones. Carlos Escolano, su programador, saca pecho: “Ante la desidia institucional, decidimos autogestionarnos, proyectar un cine que no llega a nuestra provincia e incluso contactar con los autores para que vengan a los coloquios posteriores y nos hablen de su película”.

Escolano: "No queremos que este tipo de cine quede relegado al gueto del festival, el museo o la muestra"

Como lo oyen, cine en los márgenes –a Escolano no le gusta la etiqueta– bajo la noche estrellada y junto a la ribera del Segura. Un proyecto extemporáneo dentro de un panorama, el levantino, que busca satisfacer al turista con taquillazos de ayer y hoy. “Pretendemos deshipsterizar la cultura –añade Escolano–, no queríamos que este tipo de cine, tan sugerente y nutritivo, quedara relegado al gueto del festival, el museo o la muestra”. Hablamos de joyas como La estrella errante, de Alberto Gracia, Cantares de una revolución, de Ramón Lluis Bande y de prometedores pases venideros a cargo de las realizadoras María Antón y Elena López con <3 y Los que desean, respectivamente.

Entre el disfrute y la responsabilidad social

Miguel Ángel Rodríguez, quien junto a su socio Luis Miguel Rodríguez, comanda Lince Comunicación, es uno de los pioneros en nuestro país en este tipo de proyecciones al aire libre. Una historia que tras su esplendor en los años 60 –sobre todo en las barriadas de las grandes ciudades y en la costa levantina–, encontró en la década de los 70 un cierto retraimiento. El resurgir, como apunta Miguel Ángel, se produjo a principios de los ochenta de la mano de Rita Sonlleva, promotora del cine de verano de la Bombilla: “Fue ella quien se inventó un nuevo modelo que dio origen al cine de verano de El Retiro, lo hizo con la ayuda del Ayuntamiento y proyectando películas de interés mayoritario, clásicos y cine de autor, una receta con la que fue creando un nuevo público que hasta la fecha no existía”.

Rodríguez: "No debemos olvidar que el cine además de espectáculo, es una forma de aprender a ver la vida"

Una fórmula que sigue vigente en las grandes ciudades pero que es difícilmente exportable a provincias, en especial a aquellas localidades de pocos habitantes donde carecen de sala de cine. “En los pueblos de Jaén, Almería o Granada, por ejemplo, donde a lo mejor no ven una película en pantalla grande en todo el año, no podemos llegar con la última de Ken Loach, pero sí podemos evitar los estrenos de las grandes multinacionales que son películas de usar y tirar”. Se trata, a fin de cuentas, de lidiar con la eterna tensión entre la viabilidad comercial y la responsabilidad social. “No se debe obviar el hecho de que son salas que se nutren de dinero público, tenemos la obligación de intentar vehicular un cine, no distinto porque está todo inventado, pero no olvidar que el cine además de espectáculo, es una forma de aprender a ver la vida”, zanja Miguel Ángel.