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¡Visa Rusia! La trilogía berlanguiana llega a su fin con la restauración monárquica

La publicación del guion inédito del último capítulo de la trilogía nacional, rescatado de la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, a firma de Luis García y Jorge Berlanga, Rafael Azcona y Manuel Hidalgo desenmascara una vez más el gatopardismo político de la sociedad española.

Cartel promocional de '¡Viva Rusia!'
Cartel promocional de '¡Viva Rusia!'. Cedida

¡Visa Rusia! es el título de la última versión del guion publicado el pasado marzo por la editorial Pepitas. Si bien en 1990 se empezó a hablar del cuarto episodio de la trilogía sobre la familia Leguineche, la improvisa muerte de Luis Escobar interrumpió el proyecto. El fallecimiento del marqués interpretado por Escobar dejó un vacío difícil de llenar, Luis García Berlanga y Rafael Azcona tuvieron que volver a reescribir el guion, y más adelante también Jorge Berlanga participará a la reescritura.

Pero será el escritor y crítico de cine, Manuel Hidalgo, que irá redactando la versión definitiva de 149 páginas. Mientras tanto, diferentes contratiempos administrativos, obstáculos presupuestarios y la dificultad en coordinar las agendas de los actores hicieron que el proyecto cayera a pico, y que el guion no viera la luz hasta hace poco. En ello, vuelven los personajes de siempre que habíamos entrevisto en La escopeta nacional (1978): el industrial catalán con su amante y el arribista abogado Cerrillo.

El fallecimiento del marqués interpretado por Escobar dejó un vacío difícil de llenar y Luis García Berlanga y Rafael Azcona tuvieron que volver a reescribir el guion

Pero vuelve sobre todo la finca donde el marqués y su hijo, Luis José, habían decidido retirarse en exilio a 80km de Madrid, junto con la famosa colección de pelos de coños, reliquias predilectas del marqués. Y en este carrusel alucinante y corrupto hacen su comparsa otras extrañas figuras que se unen a los personajes de siempre. La exesposa neurótica de Luis José, el primo Álvaro que ha llegado por fin al poder en el seno del gobierno, la fiel ama de llaves que aspira a la herencia, el criado Segundo y el cura franquista Padre Calvo.

¡Qué vienen los rusos!

A ellos se unen los últimos descendientes del zar Nicolás II –de ahí viene el título–, el príncipe Alexis, bisnieto del zar y de la zarina Alexandra, con su tía la condesa y el novio de ella, el barón Igor Zhilinsky. Y cuando Luis José repara en los supuestos lazos sanguíneos de sus huéspedes, he ahí que empieza a tramar con el industrial Jaume la restauración de la monarquía en Rusia donde podrán hacer lucrosos negocios.

"¿Pero no dicen que los rusos están muertos de hambre?" pregunta Jaume asustado. Luis José lo reconforta: "Solo el pueblo, la base siempre es pobre... Pero estamos hablando de la nueva nomenclatura. Para ellos habrá que hacer hoteles de lujo, clínicas geriátricas, psiquiátricos democráticos... Lo que sea". Ambos aspiran a la desintegración del comunismo en los países del Este, no le queda de otra dado que en la finca acaba de llegar la otra hija del marqués que reivindica la herencia. "Como primogénita" advierte el abogado Cerrillo "le asiste el derecho. Son las nuevas leyes socialistas".

El leitmotiv de toda la saga ha sido la propiedad privada

Y no es un caso que el leitmotiv de toda la saga haya sido la propiedad privada. Su reapropiación en Patrimonio nacional (1981) y la consecuente pérdida en Nacional III (1982) del Palacio de Linares, actual sede de Casa de América. Y tampoco es una coincidencia que entre monárquicos y republicanos, socialistas y reaccionarios franquistas el debate se juega en la defensa de la propiedad privada o en su nacionalización, "el puñetero centralismo".

Sin embargo, la España del último guion es diferente, ya no es la España replegada en sí misma de la dictadura de Franco sino la España que aspira a ocupar un lugar decisivo en Europa. Y con qué pena y disgusto el lector se da cuenta de que el gatopardismo aunque sea de matriz italiana es válido en otras latitudes: "si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie", el lema lampedusiano se une al de los Leguineche, "¡siempre hacia delante!".

"¿Y esto de la política da dinero?", "Cada vez menos... estamos muy perseguidos por la prensa. Pero no va mal..."

¡Hermanos! Dan casi ganas de gritar, si no fuera por la desdichada hermandad. No obstante, la película de Visconti (El Gatopardo) y la obra maestra de Berlanga tienen muchas divergencias. Tanto la mirada del autor, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, como la del director era una mirada nostálgica porque compartida, la vida de Visconti fue un ejemplo de la hipocresía de la moral italiana. El "vizconde rojo" lo llamaban los compañeros del Partido Comunista con cariño y estima, y aunque el artista se mantuvo siempre fiel al partido nunca tuvo carné de afiliado. No por ser aristócrata, entendámonos, sino por homosexual.

Ricos y pobres unidos en el mismo anhelo de poder, con la única diferencia que solo los políticos y los banqueros logran alcanzarlo

El retrato de Berlanga, al contrario, es más realista porque no llega a tocar las cuerdas del sentimentalismo. Seguimos los pasos del príncipe de Lampedusa hasta su agonía y casi lloramos por el fin de una época, porque por más que odiemos a la casposa y ávida aristocracia, la comparación con la nueva burguesía emergente es aún más dolorosa. En Berlanga hay más democracia: todos son igualmente corruptibles. Ricos y pobres unidos en el mismo anhelo de poder, con la única diferencia que solo los políticos y los banqueros logran alcanzarlo.

Hay más: en el tercer capítulo de la saga algo cambia, ya se oyen en los pasillos del banco los roces de las túnicas de algunos saudíes y empieza a extenderse la voz sobre un nuevo método para limpiar dinero. Los Leguineche serán tentados en más de una ocasión, pero siempre acabarán despilfarrando la fortuna que otros acumularán.

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