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Este cuento se acabó

El Athletic hurga en la herida de un Atlético sin fútbol y en proceso de demolición social

ÁNGEL LUIS MENÉNDEZ

 

Con Liga Europa o sin ella, con una Supercopa continental en la vitrina o en el limbo, ni el Atlético de Quique ha sido nunca un equipo del cual presumir ni la sociedad anónima madrileña una empresa modélica. Más bien al contrario. El triunfo del Athletic certificó la incompetencia del entrenador atlético, la desidia dolosa e interesada de los dueños y el anestesiante hastío de una afición molida a palos durante los últimos lustros.

En noches inspiradas de Agüero, Reyes o Forlán se atisban ráfagas de fútbol y con ellas, en el mejor de los casos, llegan las victorias; en tardes como la de hoy, la desesperación se mece en el sopor hasta morir de aburrimiento y desesperanza.

La derrota certifica el hastío de una afición molida a palos hace lustros

Más que un conjunto, el Atlético se asemeja cansina y peligrosamente a un grupo de chavales que, cada siete días, se juntan para dar unas patadas al balón. 'Tú, ¿de qué juegas?', podría preguntar perfectamente Quique a cada uno de los suyos. 'De centrocampista', respondería, por ejemplo, Elías. 'Vale, pues ahí te coloco'. Así, uno por uno hasta confeccionar un once. Siempre, eso sí, con el tamiz de las despiadadas facturas que pasa el técnico a los futbolistas no a todos que cometen errores y con los toques de originalidad mal entendida del Quique más rapsoda.

El sentenciado Domínguez y el alucinado Juanfran arrancaron en el banquillo, a techo bajo el aguacero. En su lugar jugaron Perea y Elías respectivamente. El central colombiano duró poco más de media hora sobre el césped: fue injustamente expulsado tras cometer un presunto penalti. No es excusa para el árbitro, pero resulta que el jugador rojiblanco carga con una justa fama de defensa alocado y peligroso que la lía a la mínima. En caso de duda, esa etiqueta le condena. Llorente desperdició la pena máxima, pero poco después apareció Elías para echar una mano a los vascos.

El centrocampista brasileño no sólo se ha encontrado de sopetón a miles de kilómetros de casa y en el centro de la formidable tormenta atlética, sino que Quique le dio otro empujoncito hacia el abismo colocándolo de lateral derecho en la recomposición del equipo tras la tarjeta roja a Perea. Perdido, en la jugada del primer gol vizcaíno tiró el fuera de juego a su manera. Plantado sobre la raya del área, en impecable pose torera, se quedó clavado y, como el que pide un taxi, levantó la mano reclamando posición ilegal de Toquero. Este, libre de marca, fusiló a De Gea y abrió la senda del derrumbe colchonero.

La grada estalló contra Forlán y, con el 0-2, contra el palco

Espoleado por la injusta expulsión de Perea, el Atlético amagó con rebuscar en su alma histórica en pos de una remontada. Pero apareció Forlán, el fiel reflejo de una entidad a la que tipos como él han desvalijado moralmente. El uruguayo que reniega del cariño y prestigio que le han regalado grada y club, el goleador egoísta que considera los títulos sólo suyos, el delantero que se anuncia como tranferible todos los días en Segundamano prefirió tirar el empate antes que cederle el balón al Kun, se arrastró por el campo y fue despedido con una gran pitada. Es el fin del cuento.