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Diseño Alberto Corazón: "En España triunfa la mediocridad"

Alberto Corazón, diseñador gráfico, pintor y escultor. / PABLO ALMANSA
Alberto Corazón, diseñador gráfico, pintor y escultor. / PABLO ALMANSA

Alberto Corazón (Madrid, 1942) se confiesa "desnortado". A eso de los vértigos, el artista que marcó el rumbo del diseño gráfico español suma el efecto en el que nos ha sumido el coronavirus. Ha perdido la concentración, como tantos amigos suyos, comenta desde el otro lado del teléfono, una voz que sin embargo conserva su lucidez.

Al borde de los ochenta años, el horizonte vital que trazó de joven, habla de la deriva del oficio, que ha alternado con la pintura y la escultura. Premio Nacional de Diseño y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, repasa su reconocida trayectoria hasta nuestros días, en los que según él triunfa la mediocridad.

¿El diseño gráfico es un arte o un servicio?

Clarísimamente, es un servicio a la comunidad. Y confundirlo con el arte sería una gran equivocación.

¿Y el diseñador, en ese sentido, es un solucionador de problemas?

Claro. Comienza su trabajo porque el cliente tiene un problema y le pide que se lo resuelva. El diseñador siempre es alguien que está cumpliendo un encargo. En ese sentido, la personalidad del diseñador es irrelevante. Lo que es relevante es su capacidad profesional.

Aunque no está muy de acuerdo, el diseño también es estética… pero sin que pese la estética.

Uhm… Es un trabalenguas que no sé si tiene mucho sentido. El componente estético es lo último que puede aparecer en un diseño. Claro que la estética es importante en nuestra cotidianidad, pero no como un factor determinante, sino como el resultado de un proceso más complejo y más denso.

Lo bueno, si básico, ¿dos veces bueno?

Por supuesto. Cuanto más sencillo, mejor. La dificultad es llegar a lo más sencillo con la máxima eficacia. Esa es la búsqueda en la que debe estar inmerso el diseñador, quien trabaja sobre un encargo, que presenta oportunidades y limitaciones. En todo caso, ahora le llamamos diseño a todo.

Retomando el tema de la estética, estamos llamando diseño a una serie de operaciones que sencillamente consisten en tunear los objetos que ya existen. Eso es lo más común en estos momentos. El diseño ahora tiene muy poco de invención y de creación. El mercado se ha vuelto muy perezoso y solo quiere algo que estimule la vista o anime los sentidos. Sin embargo, eso no tiene nada que ver con el diseño, es decoración.

La inspiración existe, pero debe encontrarte copiando u observando el trabajo de otros.

La historia de la cultura es precisamente eso. Partiendo del trabajo de los anteriores creadores, se trata de mejorar lo que tú haces. Hay que mirar, observar, estar al tanto y tener los ojos muy abiertos. Una cosa es eso y otra, copiar. Es curioso, porque la copia está adquiriendo un cierto prestigio.

¿Hay cliente pequeño?

No. El tamaño no importa. Hay una continua renovación de clientes, porque el mercado está moviéndose constantemente. En los últimos años, en mi estudio noté la aparición de asociaciones y organizaciones no gubernamentales que no estaban en el horizonte. Sin embargo, al desaparecer las subvenciones y las ayudas tuvieron que salir al mercado. Entonces se dieron cuenta de que necesitaban hacerse visibles. Es un campo interesantísimo.

Ha criticado que los encargos fueron menguando. Es más, consideraba que se habían vuelto mezquinos. Se sobrentiende que debido a los menores presupuestos, pero también a una mentalidad cortoplacista, inmediata, casi efímera. Y a los impagos...

Estamos adquiriendo unos malos hábitos que parece que han venido para quedarse. No pueden autojustificar unas bajadas salvajes de los presupuestos, mientras que los impagos parecen no preocupar a nadie, como si todo el mundo estuviese acostumbrado a pagar solo en última instancia. El cliente empieza devaluando tu trabajo: "¡No, hombre, no! Si esto lo resuelves en un pispás". Hay una falta de exigencia absoluta. En España triunfa la mediocridad. Es más, la mediocridad nunca ha sido tan brillante. Y eso arrastra a otras consecuencias.

El cliente no siempre tiene la razón. ¿Cómo hacerle entrar en ella?

Eso exigiría un seminario [risas]. El diseñador, en las primeras fases, actúa casi como un terapeuta. Debe empezar a explicarlo todo desde cero, poner ejemplos y comparar. Luego, una vez que entrega su trabajo al cliente, queda en manos de este. Es una criatura recién nacida que tiene que ser mimada y cuidada. De lo contrario, no tiene futuro.

De un día para otro, cerró su estudio.

Yo solía bromear con mis colegas y les decía: "He tenido que despedir a mis tres últimos clientes por incompetentes". Bueno, como ya me pillaba mayor, tampoco me importó mucho.

Pese a estudiar Políticas y Económicas, terminó dedicándose al diseño, a la pintura y a la escultura, aunque en realidad quería ser inventor. Fue un autodidacta, ¿pero de quién aprendió?

Pertenezco a una generación absolutamente autodidacta. No teníamos de dónde aprender. Por eso tuvimos que trazar nuestra propia ruta y buscar las herramientas. En aquellos años, el peor castigo de la dictadura era retirarnos el pasaporte, porque te impedía viajar al extranjero y ver qué estaba pasando en el mundo exterior.

En 1965 contribuyó a la fundación de la editorial Ciencia Nueva, para la que diseñó las portadas. Entonces todo pasaba por el conocimiento, ¿no?

Claro. El conocimiento es la base de todo. Ni la inspiración ni la intuición. Para mí la inspiración es una tormenta neuronal. Hay que desprenderse de ese léxico romántico.

¿Cuál sería la identidad del español actual? ¿Cómo lo representaría?

¡Es imposible! Tenemos que aprender la idea de complejidad. Todo es muchísimo más complejo de lo que sospechamos, por lo que hay que huir de las generalizaciones. Un español medio es una entelequia: no existe. Al contrario, somos el país europeo con más diversidad de culturas locales y eso es un accidente extraordinario.

La señalética tiene como función guiar y orientar. ¿Hacia dónde vamos?

Como en muchos otros campos, aquí se ha producido una revolución extraordinaria, que es la introducción de lo digital. Soy muy aficionado a los mapas y a las guías, pero mi mujer me ha descubierto que no tiene que mirar nada. Simplemente coge su teléfono y accede a Google Maps: "En la siguiente rotonda, gire a la derecha…".

¿Pero hacia dónde vamos los españoles?

Vuelvo a decirle lo mismo: es imposible generalizar. Hablando de señalética, mi último viaje fue a Galicia. Hay una Galicia costera perfectamente señalizada y otra interior, en la que te pierdes quieras y no. Los plurales son cada vez más peligrosos: los españoles, los catalanes, los vascos, los gallegos... Esas generalizaciones no ayudan. En cambio, lo que sí nos ayuda es apreciar el valor de la complejidad.

Teléfono Domo y logotipo de la ONCE, en una exposición en el Espacio Fundación Telefónica. / EFT

¿Un diseñador podría trabajar aislado o, en los últimos tiempos, confinado? ¿O debe estar en contacto con la realidad, palpar la cotidianidad y pisar la calle? ¿Bastaría simplemente internet y la televisión para estar conectado con el mundo y trabajar?

Depende de las áreas. Durante el confinamiento, hay colegas que no han cerrado el estudio. El diseñador es un todoterreno y, en cada circunstancia, debe encontrar la oportunidad.

Si se hubiese quedado ciego, ¿podría haber seguido diseñando?

Tengo un ejemplo y una experiencia memorable, que fue diseñar la identidad visual de la ONCE. Ahí fue al revés: el ciego era el cliente, no el diseñador. En todo caso, sería complicadísimo, casi imposible. Aunque no sé por qué se pone tan dramático...

En realidad, la pregunta engarza con que usted pinta de memoria. Incluso lo ha hecho a oscuras.

Sí. Como pintor, me interesa precisamente eso. Mi base de datos es la memoria. Pretendo profundizar lo máximo posible en la memoria. Y para ello a veces es necesario aislarse de los estímulos exteriores.

¿Ha contemplado alguna vez el diseño gráfico como un trabajo alimenticio y la pintura como una pasión? Si se viese obligado, ¿de cuál hubiera prescindido?

De ninguno. Afortunadamente, ha sido una simbiosis muy enriquecedora, donde una disciplina ha aportado algo a la otra. La comunicación gráfica y la pulsión artística son dos caras de la misma moneda. Y cada una exige actitudes, comportamientos, estrategias y técnicas muy diferentes.

En el arte contemporáneo veo a pintores con estrategia de diseñadores: el caso más claro es el de Andy Warhol. Y al revés, también. Para mi desesperación, observo que los diseñadores tienden a ser más artistas que profesionales. En mi opinión, cada una de esas áreas te preserva de la otra.

Sin embargo, usted pasará a la historia como diseñador. ¿Es frustrante no haber obtenido el mismo reconocimiento como pintor?

No, en absoluto. Al contrario, siempre me ha parecido que el diseño está sobrevalorado. Cuando leo que van a inaugurar un museo del diseño, me digo: "¡Pero qué barbaridad!". Porque el diseño es vital, instantáneo y con fecha de caducidad. Es lo suyo, algo lógico. En cambio, la pintura es de larguísimo recorrido. Cuando pintas, te diriges directamente al espectador —mientras que en el diseño te diriges al mercado— y dependes totalmente de su percepción.

¿Acaso no hay diseños que no envejecen?

Muy pocos. Y tampoco tiene mucho sentido. El único que no ha envejecido es el logotipo de la Cruz Roja. A veces veo que introducen cambios en mis diseños porque creen que los mejoran, cuando en realidad los empeoran. Sin embargo, no me preocupa, porque están vivos y dependen del cliente.

¿Reniega del diseño gráfico, según usted copado por la mediocridad?

Por la mediocridad de quien encarga. O sea, del cliente y del mercado, porque hoy vale cualquier cosa.

¿De qué logo se siente más orgulloso?

Eso es como los hijos: todos me encantan [risas].

¿Y cuál es el más útil o funcional?

Quizá, a lo largo de los años y visto la dimensión que ha tomado, el de la ONCE.

Sin duda, su logo más redondo es el de Cercanías.

Por razones obvias [risas].

Logotipos de Alberto Corazón en una exposición retrospectiva en el Espacio Fundación Telefónica. / EFT

¿Conserva su teléfono Domo?

Sí, claro. Y lo sigo utilizando. Fue un ejemplo de cliente incompetente, porque el teléfono tenía una gama de colores para combinar sus distintas partes. Se trataba de introducir estímulos inéditos en lo que iba a ser un nuevo electrodoméstico. Sin embargo, por pereza no lo sacaron adelante, aunque sigo conservando los prototipos.

¿Cuál es la obra de algún colega que le gustaría haber hecho a usted?

Todos tenemos diseños buenos o regulares. El único diseñador del país por el que siento una admiración sin límites es Enric Satué. Somos amigos y medio hermanos desde hace cincuenta años. Nos vemos continuamente, conversamos y nos vamos trasvasando las ideas de uno y de otro. Cualquier diseño suyo es inmejorable.

¿No debería de ser fácil diseñar ahora la imagen de la hucha de las pensiones?

Pues no… Que yo sepa, nadie se lo ha propuesto.

Usted tiene vértigo, una afección que metafóricamente hoy afecta a tantas personas. ¿Qué le preocupa? ¿Qué le hace o nos hace sentir inseguros?

Estoy a punto de cumplir ochenta años, el horizonte vital que me había marcado desde jovencito. Por lo tanto, estoy viviendo el final de un camino. El futuro me interesa poquísimo, la verdad. A veces me invitan a simposios sobre el asunto, pero me resulta absolutamente indiferente. El futuro ya pertenece a mis hijos y a mis nietos. Yo no puedo intervenir en nada.

Adora las imprentas y el olor a tinta. Al final, ha terminado viviendo en una.

Sí. Es muy curioso, porque no lo sabía cuando compramos la casa, que había sido una vieja imprenta. Buscábamos una vivienda y mi mujer me comentó que había localizado una cosa muy rara. Antes de ir a visitarla, me advirtió: "Tú, calladito y sin decir absolutamente nada. Déjame negociar a mí".

Sin embargo, nada más entrar, me quedé estupefacto. Entonces, el vendedor le soltó a ella: "Alberto quiere esta casa". Y por mi culpa se fue al traste su estrategia de pedir una rebaja en el precio [risas]. Por cierto, lo sorprendente es que no solo fue una imprenta, sino que también está situada en una calle dedicada a un gran tratadista del barroco español.

¿Cómo va su corazón?

Mi cardiólogo me dice que me moriré de algo, pero no de eso. Hace años me operaron de urgencia a corazón abierto. Afortunadamente, salí perfecto y me comentó que a partir de entonces me preocupase de otros órganos.

Por cierto, ¿su logo llevaría bigote y gafas?

No, llevaría letras [risas]. Cuando hablamos de logotipos, sin darnos cuenta pensamos en un pictograma, pero es un nombre. Por eso, mi logo sería un manuscrito: Alberto Corazón.