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Mar Gallego: "Los feminismos tienen que interesarse más por las sombras que por las luces"

Mar Gallego
Mar Gallego. Ana Carrillo Cepero

Como vaya yo y lo encuentre. Feminismo Andaluz y otras prendas que tú no veías es un alegato a la cercanía, a esas prácticas que nunca se consideran políticas, a esas mujeres que nunca son referentes. La periodista Mar Gallego pone el foco en las perspectivas, en entender los feminismos como una forma de cuidar y de mirar. "Para las mujeres con las que yo me he criado, mujeres pobres, de barrio, mirar es sinónimo de cuidar", asegura. Su primer libro, editado gracias a una campaña de crowdfunding, reivindica lo cercano, el entorno, la casa, el patio.

¿No es accesible el feminismo?

No. Históricamente el feminismo no ha sido cercano ni accesible aunque ahora se está intentando. Hemos vivido cierto bum, pero no estamos consiguiendo poner en jaque las estructuras. Los espacios políticos, esos en los que históricamente se ha hablado de feminismo, tienen una mirada muy concreta sobre qué es feminista y qué no. Hemos heredado una tradición política, que se relaciona mucho con la izquierda, que es heteropatriarcal y machista. Ni nos hemos alejado, ni la hemos cuestionado lo suficiente. En muchas asambleas me parece que se ha hecho una política clasista, androcéntrica y muchas veces violencia. A mí me costó entender que el feminismo está en todos sitios, en todas las personas que no reconocemos referentes, en las prácticas que no se autoproclaman feministas aunque ponen los cuidados y la comunidad en el centro.

¿Qué es el feminismo andaluz?

Andalucía tiene una potencia transformadora muy grande y a mí me interesa lo que molesta. Al pueblo andaluz se nos ha denostado históricamente. La identidad de las mujeres pobres andaluzas no se vive igual que otras identidades. Es una experiencia y una manera de estar en el mundo muy particular, que tiene que ver con la distribución del territorio, con el servilismo, con el latifundismo, con las migraciones. Esa historia hay que contarla desde una perspectiva feminista. La cultura andaluza puede tener un potencial transformador en ese caminar feminista. Los pueblos históricamente empobrecidos tienen muchas claves de resistencia. Son, de hecho, una hemeroteca de resistencias. El discurso capitalista impone un destino y un discurso único.

¿Ponerle apellidos al feminismo divide?

Ese es el pensamiento hegemónico. Sumar no resta nunca. Poner un apellido evidencia que, no ponerlo, esconde un privilegio. Si alguien hace feminismo negro, dice que el tuyo es blanco. Si hace feminismo gitano, está diciendo que el tuyo es payo. Hemos hecho un feminismo muy centralizado.

En el libro habla de las fronteras discursivas. ¿Dónde están?

En Andalucía, habitamos un discurso que es extranjero, pero no lo entendemos así porque se nos ha negado nuestra propia cultura. A nosotras se nos ha dicho que nuestra cultura es sinónimo de incultura, que nuestra forma de hablar es hablar mal. Se ha negado nuestra historia muy interesadamente porque el hito fundacional del Estado español y del nacionalcatolicismo hunde sus entrañas en el territorio andaluz. La historia andaluza está impregnada de ese enemigo simbólico que genera el nacionalcatolicismo: Al-Ándalus. Parece que hablamos el mismo idioma, que usamos los mismos términos, pero históricamente no ha sido así. Hablo del pueblo andaluz, pero podríamos hablar también del murciano o extremeño, que se han visto también como modelos de fracaso.

Se ha invisibilizado la historia del pueblo andaluz, pero también se ha mostrado al mundo como paradigma de España. ¿Hay cierta exotización?

"Hemos vivido cierto bum, pero no estamos consiguiendo poner en jaque las estructuras"

Totalmente. Esa es la paradoja, lo que siempre sucede con las dinámicas de las discriminaciones. Se coge una cultura, se vacía de contenido y se la convierte en un estereotipo mientras al pueblo se le dice: "Sois unos catetos, no sabéis nada". Eso ha pesado mucho a la hora de reivindicarnos. El franquismo también utilizó los estereotipos a su manera y, ahora, se relacionan tanto con el españolismo que parece que los y las andaluzas somos las más españolas. La cultura de las folclóricas, por ejemplo, era un lugar donde sobrevivían muchas mujeres andaluzas pobres que, de otra manera, estarían en la pobreza más absoluta. Me parece muy injusto que ahora se diga que estaban con Franco porque es más complicado que eso. Hacían lo que podían para sobrevivir.

Rosa López, Rosa de España, es un ejemplo más actual.

Es una reproducción a otros niveles de lo que le pasó a Pepa Flores. Rosa López ha dicho en varias ocasiones que le produce vergüenza volver a su barrio. En una entrevista muy dura cuenta que tenían que ir a pedir. Las historias de pobreza no suelen verbalizarse porque parece que es algo que nunca te pasa a ti, indeseable, pero yo escucho historias de esas todos los días y yo misma las he vivido. Rosa no habla de feminismo andaluz, pero sí ha contado que se encontraba entre dos mundos, que no pertenecía ni a una vida ni a otra.

La meritocracia, la culpa por haber hecho suficiente, también está muy presente en el libro. ¿Es un mecanismo clave para mantener las opresiones?

Sí, porque el discurso de la cultura del esfuerzo y de la meritocracia lo tenemos grabado a fuego. En la familia de mi madre, el nivel de pobreza era muy extremo: hacinamiento, no saber qué van a comer. Mi padre trabaja en los cortijos de chico, era una vida muy dura, pero en el campo parece que no faltaba tanto de comer. Recuerdo a la familia de mi madre vivir en la fantasía, en recordar todo lo que podían haber sido. Cuando una vida es tan dura, tú te tienes que dar una explicación: "Yo podía haber sido"; "Yo pude haber hecho"; "A mí me vieron una vez".

La llegada del primer título universitario a una familia pobre parecía que podía sanar a todo el linaje, se recibía con cierta sensación de venganza poética. Ahora tendremos que revisarlo porque las que hemos podido estudiar con becas vamos a ser una generación muy corta. Tenemos que cuestionar qué estamos persiguiendo. El pueblo andaluz encarna un poco el fracaso de las sociedad neoliberal. Tenemos que escribir la historia desde la perspectiva de lo que no es esplendor. Hay una izquierda andalucista que, cada vez que habla del pasado de Andalucía, cae en esa misma lógica: hablar de los grandes referentes, de una sociedad de brillos y luces. Los feminismos tienen que interesarse más por las sombras que por las luces. Las luces generan mucha desigualdad. A mí me interesa quién sufría la esclavitud y quién limpiaba las casas en Al-Ándalus. Son esas sociedades e identidades, las que no llegan nunca, las que tienen las claves de la resistencia.

Apuestas también por otras formas de adquirir el conocimiento más allá de la lectura.

"La cultura andaluza puede tener un potencial transformador en ese caminar feminista"

Las formas de estar, de sentir y de expresar son múltiples. Un libro de recetas puede estar a la altura de cualquier tesis académica porque transmite la historia olvidada de los pueblos. En Andalucía tenemos todas esas recetas que te comunican con pueblos del norte de África, por ejemplo. La memoria es una hierbabuena en el puchero. No sólo las recetas: el baile, el cante y el lenguaje del cuerpo. Incluso las propias casas, esas que parecía que no tenían ningún sentido estético, con todos su croché, sus fotos… son museos de la memoria. Las mujeres históricamente han hecho un trabajo con la memoria muy importante y conscientes de que lo que estaban haciendo era resistencia social o, al menos, una manera de recordar a quienes sabían que no se iba a recordar de otra manera.

Ahora se habla mucho de la comunidad, de poner los cuidados en el centro. ¿La cultura andaluza es más de cuidar que otras?

No podría decir que se cuide más. Sí creo que, quizá por el clima, Andalucía ha tenido la posibilidad de vivir en la calle y el urbanismo ha posibilitado mucho la construcción de vida en comunidad: los patios de vecinas, las corralas, la distribución de las casas de los pueblos… Es una cultura de puertas abiertas. El reto es que cada barrio, cada cultura, cada pueblo, encuentre cuál ha sido su forma histórica de hacer y construir comunidad. La comunidad es algo que no tiene remedio. No concibo ningún sitio que no construya comunidad. En Andalucía, la calle ha sido una extensión de la casa, no había un binomio tan fuerte entre lo privado y lo público, pero donde hay pueblos pobres, hay comunidad.