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Retirada rey Juan Carlos I Juan Carlos I pone fin a su agenda pública, dejando atrás muchas sombras de su reinado

El monarca emérito se ha colocado este domingo bajo los focos para oficializar en una plaza de toros el fundido a negro de su agenda de actividades cinco años después de su abdicación.

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El rey Juan Carlos asiste a la plaza de toros de Aranjuez junto a su hija. EFE

Juan Carlos I, el primer rey español que reemplazó las formales cortes de sus antepasados por un informal modelo virtual de relaciones entre poderosos sin presencia física ni fanfarria, ha oficializado este domingo en la plaza de toros de Aranjuez el fundido a negro de su agenda oficial. No se retira, sino que la Casa Real va a dejar de anunciar a dónde va en ocasiones, que es en lo que consisten las agendas oficiales.

Hay varios motivos para que alguien que lleva medio siglo bajo los focos tome una decisión de ese tipo, señalan fuentes que lo han tratado. Uno, obvio, es que ya no es el rey porque ese cargo lo ostenta, y lo ejerce, su hijo Felipe desde hace casi cinco años. Otro, su cada vez más patente deterioro físico, algo que, por otro lado, tampoco resulta extraordinario en un octogenario.

Y, uno más, un obvio desgaste reputacional con el que tienen mucho que ver dos sonidos: los disparos a los elefantes en la cacería de Botswana, que acabaron por derribar el muro de silencio que apartaba de la opinión pública sus vínculos con Corinna Zu Sayn-Wittgenstein, y el traqueteo del AVE de La Meca, la gran obra internacional de un consorcio español en el que mantienen una tensa convivencia algunos miembros de su corte, como Juan Miguel Villar Mir, de OHL, y Florentino Pérez (ACS), y sobre el que una grabación del comisario Villarejo a la aristócrata proyectó la sombra del presunto trasiego de comisiones millonarias. Son las ‘caras B’ del monarca.

Poco ha trascendido sobre esa investigación. El juez de la Audiencia Nacional Diego de Egea archivó esa pieza de las pesquisas del caso Villarejo a petición de la Fiscalía Anticorrupción, que entendió que, de haber existido la remunerada intervención de Juan Carlos I para logar la adjudicación al consorcio empresarial español de la que hablaba Corinna, está se habría producido cuando el borbón era rey y, por lo tanto, estaba protegido por la inviolabilidad que le otorga la Constitución.

Otra cosa sería el tratamiento penal que tendrían las eventuales maniobras de blanqueo de esas supuestas mordidas si, de existir, y aunque siga formando parte de una Familia Real en la que (por decreto) ya no están sus dos hijas, hubieran sido posteriores a la abdicación de junio de 2014, aunque no hay noticias de que ninguna investigación haya progresado en ese sentido.

Las petromonarquías del Golfo y los señores del dinero

En esos episodios, que intensificaron el deterioro de la imagen de Juan Carlos I y que acentuaron la desafección a la monarquía en la sociedad española, se entremezclan varias constantes de la vida del rey emérito como sus estrechas relaciones con las petromonarquías absolutistas de oriente medio, que comenzaron a forjarse en los años 70 y alcanzaron su cénit en los 90, y con los señores locales de las finanzas y de la empresa que han venido formando parte de esa corte informal.

“No es un grupo de poder como tal, pero sí existe una intersección en la que se entrecruzan muchos de ellos”, explicaba a Público el periodista, economista y estudioso de las redes de poder Andrés Villena. “El rey Juan Carlos siempre intentó crear una nobleza empresarial que protegiera a la Corona”, anotaba el sociólogo Rubén Juste, uno de los principales expertos en la aristocracia económica.

En ella destaca la presencia de los dos promotores del AVE de La Meca, Villar Mir y Pérez, enfrentados en otros terrenos como competidores empresariales y aliados para explotar esa contrata de más de 7.000 millones.

El primero, hoy en horas bajas, dirigió varias empresas públicas en el franquismo y ostentaría la cartera de Hacienda en el primer Gobierno de la monarquía, a finales de 1975. Eso fue años antes de comprar, en los ochenta y en los noventa, Obrascón y Fertiberia por una peseta cada una de ellas. Y también mucho antes de recibir, en 2011, el título de marqués.

Una corte informal y sin fanfarria

La Zarzuela siempre cuidó las relaciones con determinados sectores de las finanzas y la empresa, como ocurrió con banqueros como la familia Coca y Alfonso Escámez, del Banco Central, o los Fierro, del Banesto, entidades engullidas por el Santander. Esa vía, no obstante, incluía tamices que nunca llegaron a superar, pese a sus intentos, otros financieros como Mario Conde o Javier de la Rosa.

También cuidó los vínculos con los editores de prensa, cuyos principales industriales, como los Polanco y Ortega (Prisa), Luca de Tena (ABC), Salas (Grupo 16), Godó (La Vanguardia) y Asensio (Zeta), se conjuraron tras el 23-F para proteger al rey y, con él, al sistema. Hasta que llegaron las fotos de él, el elefante y Corinna en Botswana, un episodio con escasas posibilidades de difuminación en plenas investigaciones del caso Nóos que acabó con la condena a prisión del yerno de Juan Carlos I, Iñaki Urdangarín.

Muchos de esos empresarios acabaron obteniendo títulos aristocráticos. Ocurrió con José Ángel Sánchez Asiáin (BBVA), Escámez o Paloma O’Shea, viuda de Emilio Botín (Santander) en el flanco financiero; con Carlos de Borbón Dos Sicilias, Javier Benjumea, Villar Mir y Marcelino Oreja en los sectores de la energía y el ladrillo y, en los medios, con Javier Godó, Guillermo Luca de Tena y José Manuel Lara, de ATRESMedia.

Otros, como los Polanco, Florentino Pérez o la familia Entrecanales, de Acciona, no llegaron a obtenerlos nunca, aunque sí formaron parte de otros ámbitos de esa corte informal, tan alejada de la fanfarria como rebosante de poder, que son entidades como el Consejo Empresarial de la Competitividad y fundaciones como la de Ayuda a la Drogadicción (FAD) o la Princesa de Asturias, sin olvidar otras como el Real Instituto Elcano o la plataforma Transforma España.

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