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Egipto El final del acuerdo entre Egipto y el FMI pone en evidencia la fragilidad de su economía

Las mejoras registradas en los indicadores macroeconómicos, reivindicadas por El Cairo y el organismo monetario, han sido criticadas por ser frágiles e insostenibles.

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Contraste de un barrio humilde del Cairo y las cercanas y lujosas torres del Nilo | Marc Español

Desde el pequeño café que regenta Ahmed en un callejón del barrio de clases populares de Ramlet Boulaq, en El Cairo, la desigualdad se advierte a simple vista. A primera línea se levanta una baja hilera de hogares en mal estado, algunas a medio camino entre una barraca y una casa. Por detrás, a una escasa distancia que separa dos mundos, se erigen formidables las dos torres del Nilo, símbolo del poder económico del país árabe.

Claro que la situación económica ha cambiado en los últimos tres o cuatro años,” desliza Ahmed a Público mientras arregla una manguera de su local ante la impasible mirada de su único cliente a media mañana. “Ahora todo es más difícil; no es solo el trabajo lo que ha cambiado, aunque ahora hay menos, sino también nuestras vidas.”

El pasado 24 de julio, el Fondo Monetario Internacional aprobó el último tramo de su préstamo de 12 mil millones de dólares a Egipto, dando así por concluido un programa firmado con El Cairo a finales de 2016 con el fin de enderezar la economía del país árabe.

Para recibir la ayuda del FMI, El Cairo se comprometió a adoptar una familiar batería de reformas neoliberales y austeras

Para recibir la ayuda del FMI, El Cairo se comprometió a adoptar una familiar batería de reformas neoliberales y austeras que, según ambos, ayudarían a alcanzar su objetivo. Entre ellas, destacó la devaluación de la libra egipcia, que perdió el 50% de su valor de la noche a la mañana, el aumento de sus intereses, la introducción de IVA, la eliminación de subsidios a la electricidad y el combustible, y la contención del gasto público.

La reacción oficial al término del acuerdo difícilmente podría haber sido más positiva. El FMI y el Banco Mundial han loado recientemente que Egipto haya completado con éxito las reformas, y que su situación macroeconómica haya mejorado “notablemente” desde 2016. Ahora, según defienden, Egipto ha recuperado crecimiento económico y empleo, las reservas de divisa se han triplicado, la inflación aparece controlada, la deuda pública va a la baja, se ha logrado superávit fiscal, y la balanza de pagos exterior se ha corregido.

Espejismos

A pesar del buen aspecto que aparentan las cifras macroeconómicas exhibidas tanto por el FMI como por el régimen egipcio, los detalles ponen en evidencia la fragilidad de los supuestos logros, incluso en aquellos aspectos en los que más orgullo han mostrado.

Así, los sectores que más han contribuido al crecimiento económico han sido la industria extractiva, el turismo, la construcción y el Canal de Suez, todos volátiles e intensivos en capital, no en mano de obra. En paralelo, la contribución de los servicios sociales, la agricultura y la industria, intensivos en mano de obra y crecimiento positivo, han decaído.

Ello explica que el desempleo no haya bajado de forma sustancial (8,1%) y que cuando lo haya hecho no haya sido tanto por un mejor rendimiento de la economía como por la caída de la fuerza laboral, sobre todo de gente mayor y mujeres que desisten de buscar trabajo. La inflación, a su turno, se disparó por encima del 30% tras la devaluación de la libra, y si bien ha bajado desde entonces, sigue manteniéndose alta, por encima del 10%.

Una parte significativa de las dificultades para desarrollar los sectores no extractivos en Egipto siguen siendo causadas por el elefante que el país árabe tiene metido en el comedor y que el FMI ha preferido ignorar: el Ejército. Desde la subida al poder del mariscal Abdel Fatah Al Sisi, la participación de los militares en la economía solo ha aumentado, mientras el sector privado lleva contrayéndose casi cada mes desde septiembre de 2018.

El superávit fiscal proyectado por las autoridades, por su parte, no incluye el pago de la deuda, en cuyo caso existiría en realidad un déficit del 8% del PIB. Y aunque ello suponga una fuerte reducción respecto al 13,75% de hace pocos años, esa rebaja ha ido a costa del gasto social, que ha caído. Actualmente, Egipto dedica más del 35% de su presupuesto al pago de la deuda, que representa ahora el 86% del PIB, y cuando el gasto público ha aumentado, quienes más se han beneficiado han sido los macro proyectos del régimen.

Una mujer hace la colada frente a su pequeña vivienda en la Ciudad de los Muertos, la necrópolis de El Cairo en la que residen miles de personas desde hace cientos de años | Reuters

Asimismo, la mejora de la balanza de pagos de Egipto con el resto del mundo no se debe al aumento de las exportaciones, sino al de las remesas y a la recuperación del turismo. El déficit comercial del país, provocado por las enormes importaciones en comparación con las débiles exportaciones –que han aumentado un irrisorio 0,3% a inicios de 2019– sigue siendo mayúsculo, y las proyecciones futuras apuntan a un empeoramiento.

Vinculado a ello, el aumento de la reserva de divisas no se conseguido gracias al turismo, las privatizaciones o la inversión extranjera, como hasta 2011, sino a base de préstamos que han disparado la deuda externa de 55 mil millones de dólares en 2016 a 96 mil millones en 2018. La inversión extranjera ha caído los dos últimos años, y aquella en las industrias no extractivas ha tocado recientemente los niveles mínimos del último lustro.

“Los indicadores macroeconómicos han mejorado […] pero la principal preocupación es el fundamento de esa recuperación,” expresa a Público Amr Adly, profesor en la Universidad Americana del Cairo (AUC). “La gran expansión de la deuda exterior es lo que ha permitido que la economía se recupere, por lo que la cuestión es la sostenibilidad de esa recuperación,” agrega, antes de notar que “con algunas excepciones, la base productiva de la economía no ha mejorado demasiado.”

Contenido

Al menos dos resultados del programa de reformas son manifiestos: el aumento de la desigualdad y la pobreza. La priorización del pago de la deuda beneficia a aquellos con ahorros, inversores y bancos, y el crecimiento económico no se ha reflejado en una mejora de indicadores como el empleo o el gasto social, que beneficiarían a la mayoría. Además, el IVA y la inflación y eliminación de subsidios han tenido un marcado carácter regresivo.

El precio del metro, preferencia de las clases populares de la capital, ha aumentado entre un 200 y un 900%

Algunos ejemplos de ello son que el IVA representa la mitad de todos los impuestos que ha recaudado Egipto en el último curso. El precio del metro, preferencia de las clases populares de la capital, ha aumentado entre un 200 y un 900%. El último recorte de subsidios a la energía aumentó el precio de los carburantes utilizados por coches de lujo un 17%, mientras que los de camiones, autobuses o tractores lo hizo en un 22,7%, y las bombonas de gas, recurso de muchos hogares para cocinar, en un 30%. En Egipto, el 70% de la energía del sector industrial la consumen menos de 100 grandes fábricas, por lo que algunos han señalado que había maneras de recortar subsidios sin perjudicar a la mayoría.

Como consecuencia de ello, ahora un 32,5% de los egipcios vive por debajo del umbral de la pobreza, un incremento del 4,7% respecto al curso 2015/2016 y la cifra más elevada de Egipto desde el 2000, según la última encuesta del instituto de estadísticas público.

“El umbral de pobreza se ha subido de LE480 mensuales [unos 25€ actuales] a LE730, lo que representa un incremento de más del 50%, pero aun así no es suficiente,” constata Omar Ghannam, coordinador del programa Justicia Económica del Centro Egipcio para los Derechos Sociales y Económicos. “Tras lo ocurrido estos últimos tres años, con la constante erosión de las ayudas y subsidios, incluso si ahora ganas el doble que en 2015, tu situación no solo no ha mejorado, sino que probablemente haya empeorado,” añade.

Asimismo, los diversos programas de protección social diseñados por el ejecutivo para contrarrestar el impacto de las reformas sobre las clases populares se han demostrado incapaces de alcanzar sus objetivos, a pesar de llegar a millones de personas.

“Aún es temprano para juzgar [los nuevos programas de protección social], pero si sigue habiendo un aumento de las tasas de pobreza significa que los programas probablemente no estén haciendo el trabajo que deberían,” nota Ghannam. “[Estos programas] acaban siendo más rígidos e incrementan la precariedad, porque, por ejemplo, con el sistema antiguo uno podía saber que un quilo de huevos iba a costar LE5 siempre que lo quisiera. Ahora recibo LE100 o LE200 [mensuales], por lo que si los precios se mantienen o aumentan me afectará: ya no estoy protegido como antes,” ejemplifica el investigador.

Vista del centro de El Cairo | Reuters

Futuro

Algunos de entre los que se han mostrado favorables al programa de reformas defienden que la estabilidad actual se traducirá en una mejora generalizada. Pero para otros es solo cuestión de tiempo que Egipto vuelva a entrar en crisis, como lo ha hecho cíclicamente desde los setenta. Algunos indicadores, de hecho, sugieren que el momento ya ha llegado.

Gracias a su estabilización macroeconómica, sectores productivos del país, como la agricultura y parte de la industria, han vuelto a crecer, y ello ha vuelto a dejar en evidencia la inherente contradicción de la economía egipcia. Cuando estos sectores, que son los que generan crecimiento positivo, se recuperan, requieren mayores importaciones, lo que agudiza el déficit comercial del país y obliga a recurrir a la reserva de divisa extranjera para hacerle frente. A finales de 2018, su déficit comercial aumentó un 30% interanual, y a principios de 2019 sus reservas de divisa ya cayeron por primera vez en dos años.

Por este motivo, muchos temen que Egipto volverá pronto a las puertas del FMI. En este sentido, su ministro de Finanzas ya se abrió a ello en junio, y aunque el gobierno pareció salir al paso para desmentirlo, lo que desmintieron fue un acuerdo financiero, algo que nadie había puesto encima de la mesa.

“El desafío estructural de Egipto no es financiero, sino que tiene que ver con la economía real y la posición que la economía egipcia ocupa en el mundo,” apunta Adly, que concluye que los desafíos de Egipto, a diferencia de los abordados por el FMI, pasan por “generar crecimiento y mejorar la posición de la economía del país en la economía del mundo.”