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De la guerra en Ucrania al 'Catargate': principio y fin de un 2022 que ha sacudido a la UE

La Unión Europea cierra uno de los años más inciertos e intensos de su historia. Y continúa sin desactivar el modo crisis.

La presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, en el Pleno del Parlamento Europeo.
La presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, en el Pleno del Parlamento Europeo. Frederick Florin / AFP

La Unión Europea recibía el 2022 con optimismo. Con una compra de mil millones de vacunas, la pandemia iba quedando atrás. Estaba llamado a ser el año de estabilizar la arrancada normalidad y, especialmente, el año de consolidar la recuperación económica. Pero el 24 de febrero, día del inicio de la invasión rusa a Ucrania, todo cambió. La transición del final de la crisis sanitaria quedó fagocitada por el regreso de la guerra al Viejo Continente. Y el 2022 pasará a la historia europea como el año de la guerra, el retroceso económico, la inflación récord, el apoyo a Ucrania y las sanciones a Rusia.

El propio Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, reconocía que el día que le despertaron para informarle de que Rusia había invadido Ucrania supo ipso facto que el bloque comunitario y la arquitectura de seguridad europea habían cambiado para siempre. En diez meses, la Unión Europea aprobó nueve paquetes de sanciones contra Moscú. Su alcance no tiene precedentes: el petróleo, los artículos de lujo, los sistemas financieros, el oro o el vodka son algunos de los productos que se encuentran en la lista punitiva de Bruselas, que incluye al propio Putin. Pero los 27 no encuentran consenso para dar el golpe definitivo incluyendo el gas, la energía nuclear o los diamantes. El último paquete fue uno de los más débiles, y, para los europeos, mantener este nivel punitivo será uno de sus grandes desafíos para el nuevo año.

En los pasillos de Bruselas asumen con frecuencia, en público y en privado, que el presidente ruso Vladimir Putin erró en su cálculo sobre la guerra. Los informes que maneja la inteligencia estadounidense recogen que el inquilino del Kremlin preveía tomar Kiev en diez días y sustituir al presidente ucraniano Volodimir Zelenski por un Gobierno afín. Según el bando transatlántico, los rusos no anticipaban una resistencia tan fuerte del Ejército ucraniano ni un apoyo tan firme de los países de la OTAN.

En medio de la escalada bélica, uno de los reproches que desde las fuerzas de izquierda han hecho a la Unión Europea es que no haya abierto una vía alternativa apostando por impulsar la paz. La esencia del proyecto europeo es que se construyó como un símbolo de paz tras siglos de guerra. Su papel en la guerra en Ucrania ha sido el de apoyar a Kiev con un trasiego constante de millones y de armas. En la última cumbre europea del año, los Veintisiete –tras sortear el veto de Hungría- aprobaron un macropaquete de ayuda financiera a Ucrania para 2023 por valor de 18.000 millones de euros. Y ampliaron el Fondo Europeo para la Paz en 2.000 millones más. Este instrumento ha sido la base para enviar material bélico a Ucrania sorteando la prohibición de los Tratados, que no permite pagar con dinero comunitario armas para un país en guerra.

Apoyo a Ucrania sin entrar en la guerra abierta

Con el trascurso de los meses, la tensión no solo ha ido in crescendo sobre el campo de batalla. La relación entre Rusia y Occidente se ha terminado de resquebrajar. La guerra ha roto muchos tabúes y ha dado paso a medidas y reacciones impensables, como la parálisis de los gasoductos del Nord Stream y el fin de la dependencia energética de Rusia. La doble obsesión de los europeos ha sido a nivel interno soltar el yugo de los hidrocarburos rusos y a nivel externo convertir al país de Putin en un paria a todos los niveles: cultural, diplomático, social y económico.

La relación entre Bruselas y Moscú ha estado cargada de desencuentros, reproches y amenazas. Pero fue el 15 de noviembre cuando ese fantasma sobre una guerra abierta y directa entre ambos sobrevolaron con más fuerza. La UE y la OTAN siempre han enfatizado que no son parte del conflicto. Es decir: no pondrán botas sobre el terreno, pero ayudarán a Ucrania "el tiempo que haga falta de forma incondicional".

Tanto en los cuarteles generales de la Alianza Atlántica como en las instituciones europeas han evitado señalar cuál sería el escenario o línea roja que los empujaría de lleno a la contienda. Y esa posibilidad cobró fuerza cuando la noche del 15 de noviembre un misil impactó en Polonia dejando los dos primeros fallecidos en territorio OTAN. Sin embargo, la tensión duró escasas horas. Y, a la espera de las conclusiones de las investigaciones en marcha, en Washington y Bruselas respaldaron desde el inicio la hipótesis de que se tratase de misiles ucranianos como la más factible.

Pero este incidente reveló mucho más. Puso de relieve cuán frágil es la situación. Con tal arsenal de armas en acción, la posibilidad de que se produzca un error de cálculo o un paso más dado que avive el conflicto y empuje a más actores a él se multiplica. La OTAN y Rusia llevaron a cabo maniobras nucleares en medio del redoble de la amenaza atómica. Por todo ello, muchas expectativas están puestas ya en la cumbre para la paz que los de Zelenski quieren celebrar en febrero en la ONU.

'Catargate', una mancha negra de reputación

La UE cierra así uno de los años más inciertos e intensos de su historia. Y continúa sin desactivar el modo crisis. A la financiera de 2008, la de refugiados de 2015, la del brexit de 2016 o la sanitaria de 2020 le ha seguido la guerra en Ucrania, que deja una inflación en la Eurozona de más del 10,1% y anticipa una recesión técnica en la UE durante la primera mitad de 2023. En medio de este huracán, las instituciones europeas atraviesan una de sus peores crisis de reputación y credibilidad. El bautizado como Catargate ha desvelado una trama de corrupción de Catar, Marruecos y Mauritania que maniobraba desde al menos hace cuatro años para limpiar su imagen e influir en la toma de decisiones europeas. Su impacto puede ser muy dañino para la UE, y las fuerzas populistas y de extrema derecha no han perdido la oportunidad para capitalizar este escándalo, que prevé ir todavía mucho más lejos. 

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