Opinión
Gracias a mi imaginación porque puedo pensarlo

Por Leonor Cervantes
Graduada en Filosofía y Ciencias Políticas. Cofundadora de Filosofía en Los Bares
Hace un tiempo me embrujé de un hombre. Él jamás lo supo. Por una serie de motivos logísticos y aburridos, lo nuestro no podía ser. Nadie tuvo que explicármelo, estaba claro. Me era más conveniente aparecer en el trabajo disfrazada de Minnie Mouse, escoltada por una batucada y reclamando una subida salarial en esperanto, que liarme con ese tipo.
Sin embargo, no dejé que esto frenara mi fantasía. Simplemente no la ejecuté. Hice lo único cabal que puede hacerse con los sueños: no vallarlos. Me pasaba el día en mi cabeza, completando cómo sería nuestra conversación antes de besarnos por primera vez. Me recreaba, me esparcía, me quedaba a vivir ahí. Una noche salí de fiesta con mis amigas. La música era mala y las copas caras. Pasé la madrugada cerrando los ojos e imaginando que él entraba por la puerta. Aguanté en la discoteca hasta las cuatro de la mañana. Lo recuerdo dulce.
Los psicólogos se pasan el día diciendo que sufrimos más por los escenarios que imaginamos que por los que realmente suceden. Creo que a los psicólogos les viene bien esa frase. Yo soy una especialista en subirme a la cinta de correr que es mi mente y dar vueltas por mis pensamientos más hirientes hasta la extenuación. Pero la mayoría de días, sufro por Cosas Que Pasan: alguien me deja de querer, me suben el alquiler o voy a trabajar parar pagar a un psicólogo que me dice estas chorradas. También, la mayoría de días, prefiero las historias que solo pasan en mi cabeza antes que mi rutina de cemento armado.
Me gusta la naturaleza de las cosas figuradas. Ahí todo es gratis e ilimitado. Nunca soy tan irrestricta como cuando imagino. Ahí tengo una casa sin gotelé. Organizo fiestas en Versalles con toros mecánicos. Respondo a Jesús Quintero y sé bailar. Ahí puedo dedicarle un Goya a mi madre. La gran limitación de la vida es que hay que acabar negociando con la realidad. En la imaginación no. Nada es tan incorruptible como un amor platónico.
No concibo la imaginación como un preámbulo de la acción. Ni creo en los preliminares en el sexo, ni en la ficción como antesala de lo real. Lo que imagino es algo en sí mismo. No es un boceto de nada. Es valioso así, ingrávido. Me gusta que haya cosas que solo pasan en mi cabeza. Precisamente porque no pasan en mi vida es por lo que me atrapan. Se puede desear algo en la fantasía y no en la cotidianidad. Los pensamientos no son presagios.
Durante un tiempo estuve muy enfadada conmigo misma porque cada noche soñaba con mi exnovio. Me despertaba decepcionada, como si fuera una confirmación de que aún no lo había superado. Una noche tuve un sueño lúcido, uno de esos en los que te das cuenta de que estás dormida y puedes manejar lo que sucede. Entonces actué como una perra traviesa que muerde las zapatillas de su amo cuando no está en casa y, aprovechando que nadie miraba, hice que nos reconciliáramos en sueños. Me sentí gamberra. Me duró poco. Al segundo experimenté la ternura más incómoda, la que es hacia una misma. No era para tanto. Puede que sea una obviedad dejar esto por escrito; pero los sueños no tienen consecuencias.
A partir de ese día, libre y ligera, comencé a quedarme dormida pensando en volver con mi ex. Es una divertida cura de humildad saber que todos nos montamos películas para inducirnos el sueño. Se me abrió una puerta. Tenía motivos de sobra para no estar con mi exnovio en mi vida real, pero no en mi imaginación. Los pensamientos son como nubes, no hay que hacer nada con ellos, solo esperar a que pasen o resguardarte en su sombra. En mi mente puedo insultar a mis amigas, zarandear a mi hermano y liarme con todo el mundo menos con mi pareja. Y todo sigue igual. Si por cada escenario imaginado tuviera que replantearme uno real, solo viviría para examinarme y torturarme. Y ya respondo a demasiadas obligaciones como para ponerme a régimen de fantasías. Ni Mufasa está allá arriba, ni yo he venido a este mundo a sentir culpa.
No soy inocente, tampoco una jipi. Claro que hay ideas que querríamos llevar a cabo. No lo hacemos a veces por cobardía, otras muchas por falta de medios. También sé que tan importante es imaginar vidas distintas como luchar por lograrlas. La esperanza puede ser un gran antiinflamatorio político. Escribo todo esto desde otro sitio. Desde la tortura por los propios pensamientos y la sensación de ridículo por tener muchos pajaritos en la cabeza.
Da más vergüenza decir en voz alta una ilusión que un tormento. De nuevo me rescato, no tengo siquiera por qué compartir lo que cavilo. Es curioso, aunque soy la única que tiene acceso a mis sueños, ahí jamás me siento sola. Es un lugar cálido en el que nadie es borde y donde puedo estirar lo bello a mi antojo. Vivir, y más aún siendo mujer obrera, es una experiencia lo suficientemente aleccionadora como para también hacer de menos nuestras ficciones. Ya hay muchos lugares donde una se ve obligada a menguar y a claudicar de su versión ideal; no voy recoger cable también con mis fantasías. Podré ser decepcionante en muchas facetas de mi vida, pero no cuando sueño.
Voy en el metro. Alzo la mirada y veo que tengo sentado en frente a un chico de mi edad. Lleva una sudadera verde botella en la que, con una letra obscenamente grande, está escrito “Purificación García” a la altura del pecho. También lleva unos pantalones del color más ideológico para unos pantalones, son camel. Desbloquea su móvil y veo que el fondo de pantalla es una foto del puente de San Francisco en blanco y negro. Me fijo de nuevo en su cara, es mono.
Pienso en que me gustaría que estuviésemos de rollo y que lo supieran todos sus colegas, pero que se lo negara a las niñas que conoce en el reservado de Kapital. Creo nuestra primera discusión, es porque me he peleado con una amiga y le llamo llorando pidiendo consuelo. Él no puede venir a verme porque tiene cita para repasarse el corte de pelo por tercera vez este mes. Me imagino que follamos sin condón y me imagino también a mí misma mandándole un whatsapp a los dos días, pidiéndole que me haga de una vez el bizum de la mitad de la pastilla del día después. Pienso en que volvemos a acostarnos y seguimos a pelo, pero esta vez él sí que controla. Nos enamoramos y vamos un fin de semana a Oporto. Vomito por comerme un pastel de belém en mal estado y él me dice que le da igual hacer turismo, que mejor nos quedemos en el apartamento viendo una película. Como todas las parejas que van de viaje a Oporto, lo dejamos al poco tiempo después. Yo, de vez en cuando, le doy like a las historias, aunque sé que él sale ahora con una chica que está de prácticas en las cuatro torres.
Casi me paso mi parada. Me doy cuenta de casualidad. Llego a la oficina y mientras arranca el ordenador tengo una aplastante y real conversación con mi compañera, ella me comenta sulfurada que este año la alergia está pegando más fuerte que nunca. Esto podría dormir a un cementerio de elefantes. Pienso en el chico de Purificación García y en lo rápido que se me ha pasado el trayecto. Ahí lo tengo claro: Gracias a mi imaginación porque puedo pensarlo, me digo a mí misma.
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