Opinión
Los hombres opinan cosas

Por Noelia Adánez
Coordinadora de Opinión.
-Actualizado a
Hace más de una década que Rebeca Solnitt publicó una colección de ensayos que contribuyó a popularizar la expresión “mansplaining”. En Los hombres me explican cosas, que vio la luz en 2014, incluyó un primer texto de 2008 titulado de la misma manera en el que contaba cómo ella y su amiga Sally habían acudido a una fiesta en un chalet de Aspen y cómo antes de que se marcharan, el anfitrión quiso hablar con Rebecca. Sabedor de que Solnitt era escritora, se interesó por los temas que había abordado en sus libros. Rebecca le explicó que había escrito varios (no un par de ellos, como él parecía creer) y pasó a contarle el argumento de uno en concreto de manera azarosa, River of Shadows, una biografía del fotógrafo Eadweard Muybridge. El hombre no esperó a que Solnitt dijera mucho más al respecto; la interrumpió para felicitarse por el hecho de haber leído recientemente una biografía sobre Muybridge cuyo contenido pasó a glosar de manera pormenorizada haciendo de ese modo alarde de su conocimiento sobre el tema. El libro del que hablaba era el de Solnitt.
El concepto de mansplaining adquirió mucha resonancia en los primeros años de la segunda década del siglo en curso, encabalgándose con el Metoo y una nueva ola feminista que solo recientemente ha comenzando a disolverse en las playas pedregosas de la reacción ultra.
Más de una década después de que comenzáramos a utilizar el concepto de mansplaining, los hombres nos siguen explicando cosas y, de un modo constante y con una intensidad creciente, siguen opinando públicamente mucho más que las mujeres. El opinativo es un género quintaesencialmente masculinizado que se ha abierto a las mujeres y las disidencias sexuales conforme cobraba fuerza el feminismo de la última ola y que se está replegando según está ola pierde energía ante los embates de la reacción y la indiferencia de nuestros otrora aliados en las izquierdas.
En los últimos años, muchas mujeres se han atrevido a ocupar un lugar en el espacio público, a firmar tribunas y columnas de opinión en las que se han explayado en los debates y en las reivindicaciones propias de la agenda feminista. Temas de denuncia vinculados a las violencias sexuales y de género, a las experiencias de desigualdad, a las maternidades y a los problemas con los que las mujeres (y las disidencias) se encuentran para llevar unas vidas autónomas y plenas, han aterrizado en las secciones de opinión de los medios progresistas. Está por ver que hayan venido para quedarse.
Por otra parte, también ha habido un número creciente de mujeres escribiendo sobre política en general, aunque en ningún caso tantas como hombres. ¿Siguen los medios decantándose por firmas masculinas cuando se trata de ofrecer opiniones y análisis sobre temas de actualidad política?
En Público intentamos que haya mujeres opinando aunque no buscamos la paridad. Somos realistas y conscientes de que tal cosa es muy difícil y de que, por otra parte, las cuotas no solo no garantizan la incorporación de un enfoque feminista en las redacción y las direcciones de los medios, sino que en muchas ocasiones aportan una coartada para hacer lo contrario de lo que se declara. Son muchas las organizaciones que utilizan las cuotas como un instrumento de pinkwashing. Por esa razón, en Público hemos preferido garantizar nuestro compromiso feminista ante nuestros lectoras y lectoras y ante nosotras mismas elaborando una guía de buenas prácticas, un decálogo que orienta nuestro modo de hacer periodismo y que nos ayuda a comunicar con perspectiva feminista. Intentamos que en nuestro medio haya voces de mujeres (y de disidencias) en la mayor medida posible pero, sobre todo, procuramos hacer un periodismo con perspectiva de género, lo que exige superar violencias simbólicas e injusticias epistémicas que han invisibilizado o invalidado tradicionalmente a las mujeres y a las disidencias. Y eso no tiene que ver solo con quién habla, sino con de qué hablamos y en que términos lo hacemos.
El feminismo no se puede ni se debe reducir a las cuotas y, sin embargo, constatar lo complicado que resulta garantizar que en la sección de ‘opinión’ haya un mínimo de mujeres (y de disidencias) cada día es frustrante. Porque por cada mujer dispuesta a opinar públicamente hay -por decir una cifra al azar que no creo desencaminada según mi experiencia- diez hombres. Por cada mujer que necesita un día para escribir una tribuna de opinión o un análisis, hay diez hombres que aseguran que pueden resolverlo en dos horas. Y muchas veces es así, ellos resuelven.
¿Saben ellos más?, ¿son más capaces?, o ¿acaso disponen de más tiempo, más apoyos para organizar sus vidas y para resistir la adversidad, el estrés de la exposición pública y la precariedad? ¿Tal vez por todo lo anterior ellos tienen invariablemente más confianza en sí mismos que las mujeres?
Los hombres no opinan más porque saben hacerlo mejor, sino porque pueden. Y la última ratio de esa capacidad, que no es si no una manifestación de poder blando como cualquier otra, es la desigualdad de género o el patriarcado; da igual cómo queramos llamarlo. Por eso no basta con "opinar" que hay que luchar contra las desigualdades de género, sino que hay que luchar contra las desigualdades de género "opinando". Aunque cueste.
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