Opinión
Pena y asco en el PSOE

Por Anibal Malvar
Periodista
"[Felipe González] me da mucha pena y un poquito de asco". La frase podría haber salido de los dulces labios de Isabel Díaz Ayuso o Miguel Tellado, pero la pronunció Amparo Rubiales, octogenaria socialista, primera andaluza en formar parte del Ejecutivo autonómico de su tierra [1982-1984], ex presidenta del PSOE andaluz [2012-2013], ex senadora y ex diputada en el Congreso, combatiente y pensadora feminista, presidenta del PSOE de Sevilla hasta hace dos años y medio, cuando se vio obligada a dimitir tras llamar "nazi judío" a Elías Bendodo, de familia judío-sefardí, que era entonces coordinador general del Partido Popular y justificaba muy pizpireto las ansias exterminadoras de Israel en Palestina (faltaban pocos meses para el inicio del genocidio sistemático).
La ocurrencia del "nazi judío" llegó a la prensa internacional y a la ONU, pues Bendodo es destacado miembro de la comunidad israelita, y enseguida se activó una fuerte tormenta mediática denunciando delitos de odio y racismo. Tras muchas presiones desde Ferraz para que rectificara, cosa que no hizo, Pedro Sánchez obligó a Amparo Rubiales a dimitir. El PP llevó el caso a los tribunales y la histórica socialista salió absuelta.
Amparo Rubiales tiene más razones para agasajar a Felipe González que a Pedro Sánchez. Con el primero alcanzó cimas y el segundo la decapitó. Y, sin embargo, es González quien hoy le da "pena y asco".
Desde hace tiempo, hay un viejo PSOE que quiere cambiar pero no sabe cómo. Y en esa incertidumbre de identidades emergen monstruos como Felipe González, cuyo esperpento hace años que devoró al mito (en eso es igualito a su amigo Juancar).
La pena y el asco de Amparo Rubiales hacia Felipe González es el epitafio de una generación que hoy se muere sintiendo que los jóvenes líderes de entonces, a los que dieron su lealtad, sus horas de sueño y su combate, les estaban engañando desde el principio. Es como si a los ochenta años, de repente, te arrebataran tu adolescencia y tu juventud, tu primer amor, tu primer libro, tu primer poema, tu primer amigo y tu primer concierto. Escuchando hoy a Felipe González parece que todo aquello fue mentira, un delirio, un tripi de sueños socialistas lisérgicos y ochenteros.
Me conmovió también la carta de Juan Luis Colino en El País. Diputado socialista desde 1977 y eurodiputado hasta 1999, compañero de aventuras de FG en un viaje clandestino a Yugoslavia en 1975, escribe: "¿Te imaginas, Felipe, nuestra reacción, si algún compañero entre los años 1974 y 1993, en cualquiera de los niveles, desde una agrupación local al Comité Federal hubiese dicho eso de yo no votaré al PSOE? Imagino tu respuesta: Coño. ¿Qué haces aquí?".
Sobre las críticas de González a los entendimientos democráticos y constitucionales entre el PSOE y Bildu, Colino responde contundente: "Bildu es también el esfuerzo de muchos socialistas [que] se esforzaron porque el terrorismo dejara las armas y decidiese hacer política con la palabra".
Felipe González no solo está destrozando su reputación. También el pasado de toda una generación de socialistas que creyó en él, que acató sus renuncias como inevitables, que silenció sus triles con la OTAN y el capital, incluso el terrorismo de Estado. Perder a Felipe, para ellos, es perder su juventud. Y quizá lo merecen. Se podían haber manifestado antes.
PS: Llamar "nazi judío" a un rival político es impropio de una dama, por muy honorable y octogenaria que sea. Aunque el rival dé motivos para hacerlo.
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