Opinión
Prueba a hablar con tu hijo

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
También en la terraza de un bar, me contaban los amigos la situación incómoda y de disociación política que están atravesando: si hubiera que votar ahora, me decían, no tendrían nada claro si se molestarían siquiera en salir de casa. ¿Para qué? Están cansados del susto o muerte, de la falta de actitud, de que sean tratados como ineptos y gandules, de que ya convivan con el cinismo político más horrendo no habiendo cumplido siquiera veinticinco años; están cansados, vaya, de la falta de esperanza y horizonte. De no encontrar ningún dios que les riegue con hechos y pruebas, como hizo Jesucristo enseñando sus heridas a sus discípulos después de resucitar, toda esa fe que cobijan dentro.
Bueno, no: os he mentido. En verdad no votarían – o si lo hicieran, lo harían por la ultraderecha – porque son retrasaditos mentales a los que TikTok les ha comido el cerebro.
Ahora en serio, llevo toda la semana con un cabreo importante. Un periódico de tirada nacional, como hace cada cierto tiempo, ha publicado un barómetro con la estimación de voto segmentada por edades. Como viene siendo habitual, la encuestita ha generado cierta preocupación en la órbita progresista porque en las franjas jóvenes, a las que de momento pertenezco y en las que orgullosamente milito, se ha detectado un aumento considerable de abstencionismo y de intención de voto hacia Se Acabó La Fiesta, el partido regido por el eurodiputado trilerito que ya todos conocemos.
Esto, otra santa vez, ha generado ríos y ríos de tinta entre los avispados comunicadores milenials y boomers, quienes haciendo gala de no querer hablar con un chavalito ni aunque les encañonen con una glock la punta del capullo, han vuelto a achacar la ola reaccionaria y de desafección joven a, sorpresa en Las Gaunas, las redes sociales.
De nuevo, la brigada general de analistas políticos y sociólogos ha salido en tromba a señalar con los dedos pelados que el culpable del auge de la extrema derecha es el jodido TisTos, que diría alguna tía mía sin acceso a Internet, y que la solución a este problema de desafección general entre la chavalada no pasa por arreglar el temita del alquiler, los salarios precarios o el dilapidado poder adquisitivo entre los menores de 25 años – un 30%, señores, hemos perdido en solo dos décadas –, sino por combatir los bulos en Internet.
Como si los nenes fuéramos subnormales, y no pretendo sonar capacitista, la solución que se le ocurre al pensamiento colectivo progresista es que las agencias de verificación se dejen los cuernos en explicarnos que el vídeo ese de Aitana cantando el Cara al Sol está hecho por IA; para la ola de sepultureros políticos que nació al calor de los indignados aquellos de la Puerta del Sol, el tremendísimo problema de odio hacia la política clásica entre los centenials se arregla, siéntense a gusto y acomoden sus brazos, sembrando el campo virtual de influencers de izquierdas que den la batalla cultural con frases hechas absurdas y lugares comunes que a nadie interesan – como me salga otro TikTok más de Alan Barroso, lo juro por el cirio del bautizo de mi hermana, me abro el pecho con mis propias uñas en la azotea de la Torre Picasso –.
Yo comprendo que la movidita esta del campo de batalla de Internet se nos haya ido de las manos, pero a veces urge tocar césped y salir un ratito de Bluesky; a veces, en serio, solo tenéis que sentaros a hablar con vuestros hijos, o saliros a fumar un porro a alguna placita donde veáis chavales con patinetes y chándales negros, para descubrir, menuda sorpresa, que comparten esos bulos que tanto os preocupan no porque sean inocentes criaturas incapaces de diferenciar realidad y ficción, sino porque están hartos y quieren un cambio radical. Porque el eurodiputado trilerito, aunque sea un miserable cósmico que se reboza como un cerdo en la coyuntura, les está mandando un mensaje de esperanza: de esperanza en quemar hasta los cimientos un sistema que ahora mismo es incapaz de ofrecerles ningún otro futuro que no sea un piso compartido a los cuarenta años. Estos chavales no están confundidos por los bulos, sino que han decidido ser abiertamente antidemocráticos porque ya no se fían de nada de esto. Y es imposible arreglarlo con relatos: debe ser con hechos.
Tomaos una caña con vuestros hijos, anda, y escuchad lo que tengan que decir. Pero no seáis paternalistas, que os conozco.
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