Opinión
Ciencia, conciencia y libertad (I)
Por Ciencias
ORÍGENES // JOSE MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO
* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, en Burgos
Nuestra especie se formó en África hace aproximadamente 200.000 años. Las evidencias del registro fósil nos dicen que, desde el punto de vista de su anatomía esquelética, aquellos humanos eran prácticamente idénticos a nosotros. El registro arqueológico nos revela sus primeras habilidades para fabricar utensilios de piedra, su capacidad para manejar materias primas como el hueso y la madera o su destreza para manipular las pieles de los animales. Más adelante llegarían las manifestaciones artísticas y el pensamiento simbólico . Pero, ¿en qué momento los seres humanos fuimos conscientes de nosotros mismos?, ¿cuándo adquirimos la conciencia de nuestras capacidades como predadores temibles, pero también de nuestras debilidades frente al mundo que nos rodeaba? En algún momento, seguramente cercano en el tiempo, tuvimos que ser conscientes de nuestras limitaciones físicas: la gravidez nos impedía volar como las aves, necesitábamos el aire para respirar, el agua y los alimentos para vivir, las enfermedades y el dolor podían mermar nuestras capacidades y finalmente llegaba la muerte. En aquel amanecer de nuestra mente, todavía éramos incapaces de buscar una explicación científica para entender la realidad. Sencillamente estaba naciendo una nueva manifestación biológica de un cerebro complejo, que nos permitía reflexionar sobre nuestra incapacidad para controlar la mayoría de los acontecimientos que podíamos observar. Comenzamos a sufrir de manera consciente y por primera vez la ausencia de libertad para regir nuestro propio destino. Puedo imaginar el sentimiento de angustia en el despertar de aquella particular manifestación de nuestra conciencia primigenia.
Pero la capacidad adaptativa de Homo sapiens es fascinante. Nuestro cerebro tiene una potencialidad extraordinaria y no tardamos en encontrar una solución para esa angustia vital: inventamos a nuestros dioses. Cada uno de ellos podía ofrecer una solución a los problemas planteados. El fecundo cerebro de Homo sapiens diseñó dioses con capacidades extraordinarias a la medida de nuestras necesidades. Es más, llegamos a la conclusión de que nuestro destino final sería compartir esas capacidades con nuestros dioses, una vez superada la etapa de la vida mortal. La capacidad de abstracción y el simbolismo fueron decisivos en este proceso mental tan extraordinario.
Y así nacieron también los intermediarios entre los dioses inmortales y los humanos temerosos. Conseguir los favores de los dioses se convirtió en una actividad necesaria en las sociedades primitivas, que fue canalizada a través de algunos elegidos para esta misión. De este modo se formó la que quizás haya sido la profesión más antigua de la humanidad. Durante milenios, la ignorancia, la superstición y el miedo han sido compañeros de una especie que adquirió conciencia, realizó un “diseño inteligente” de sus dioses y perdió una parte de su libertad.