Opinión
Demeter
Por Espido Freire
Nunca existió el barco fantasma Demeter, aunque Bram Stoker lo convirtió en un navío de horror, que arribaba sin tripulación a las costas inglesas con el veneno del vampirismo en su interior. Drácula, el mismo ser malvado que invocaba a lobos, murciélagos, gatos salvajes y cuervos, y los llamaba hijos de la noche, se ha convertido en estos días en una figura más compadecida y seductora que odiada y maldita. El escritor Fernando Marías ha editado una colección de cuentos en la que diversos autores reinterpretan su obsesión por Drácula; y otra vez la plaga de vampiros sobrevolará los hogares de lectores.
Respecto a los hijos de la noche, también se han dulcificado. El pobre lobo, perseguido y acosado, se encuentra ahora en trance de ser protegido. Imitamos a los murciélagos, en nuestro afán de emitir ondas invisibles para comunicarnos. Y los gatos son, por suerte, una mascota cada vez más querida y más apreciada en los hogares.
La empresa Bayer iniciaba ayer una campaña para concienciar a los dueños de los gatos de la necesidad de desparasitarlos: al igual que los vampiros invadían la noche y se convertían en un peligro invisible, la zoonosis aparece como uno de los miedos tangibles del ser humano. Al gato, en su estela de animal maldito, despreciado y maltratado, se le ha cargado la etiqueta ominosa de transmitir la toxoplasmosis. También la lechuga mal lavada lo hace, y no se les prohíben a las embarazadas las ensaladas. Sólo los gatos infectados, en un periodo determinado del año, pueden hacerlo, pero el pánico a que, durante un embarazo, el feto sufra daños por esa enfermedad es una notable causa de abandono o sacrificio de gatos. Algunos ginecólogos aún no recomiendan algo tan sencillo como hacer una prueba de toxoplasmosis al animal, o no facilitan la información adecuada.
Los vampiros morían por una estaca en el corazón, cosa que generalmente también mata a quien no lo es. Algo así ocurre con los gatos: mueren, como si estuvieran malditos, por la ignorancia y el fanatismo.