Opinión
Luchas de poder (económico, por supuesto)
Por Vicente Clavero
Por venir de quien viene, el aviso para navegantes que SOLBES dio el domingo en Washington puede interpretarse como la confirmación de que la entrada de MIGUEL SEBASTIÁN en el nuevo Gobierno no ha sido un plato de buen gusto para el vicepresidente. Sus encontronazos de la legislatura anterior, bien que atenuados desde que Sebastián renunció a la dirección de la Oficina Económica para inmolarse en una desigual batalla contra GALLARDÓN, no eran ensoñaciones de periodistas como algunos quisieron demostrar. Antes al contrario, respondían a una auténtica lucha por el poder; no por un poder cualquiera, sino por el poder de influir en el presidente, que, inseguro por su desconocimiento de los secretos de la economía, había decidido tener cerca dos brujos en vez de uno, a despecho de la rivalidad que entre ellos iba a despertarse inevitablemente.
Cuentan que antaño ZAPATERO debió emplearse a fondo en varias ocasiones para evitar que Solbes, por quien siente un respeto profesional a toda prueba, se marchara dando un portazo, harto de las descaradas intromisiones de la Oficina Económica en áreas de su competencia. Pero, en el trance de formar el nuevo Gobierno, el presidente no ha querido dejar pendiente de pago la deuda de gratitud que tenía con Sebastián desde que éste se ofreció a pelear en representación del PSOE por la Alcaldía de Madrid sabiendo que no tenía ninguna posibilidad de salir airoso del envite. Zapatero, además de liquidar puntualmente la cuenta, ha dejado una generosa propina, al darle a su amigo voz y voto en el nombramiento de otros ministros, mujeres ambas, que ya son consideradas de su cuerda.
Con una de ellas, CRISTINA GARMENDIA, tuvo el gesto de visitar el domingo en el Congreso a JOSÉ ANTONIO ALONSO, devenido portavoz parlamentario a pesar suyo, aunque cada día que pasa se le nota más ahormado al puesto que tanto le costó aceptar. La otra es BEATRIZ CORREDOR, una joven registradora de la propiedad que dejó su acomodada existencia para unirse a la candidatura perdedora de Sebastián en las municipales de mayo de 2007 y que, tras el batacazo electoral, se avino a permanecer en el Ayuntamiento como una concejal de a pie, muy respetada, eso sí, incluso por sus adversarios, gracias al trabajo, concienzudo pero estéril, que ha hecho en este año escaso de oposición.
Si Sebastián ha llevado al Consejo de Ministros a dos personas que pasarán a partir de ahora por miembros de su tribu, el botín de Solbes en la rebatiña organizada en torno a la formación del Gobierno es bastante más pobre. Ha obtenido en bandeja la cabeza de JESÚS CALDERA, expulsado por Zapatero a las tinieblas exteriores con el metafísico mandato de convertirse en el gurú del PSOE. Pero ni uno solo de los hombres de Solbes ha ascendido, a pesar de sus indudables méritos.
Tampoco ha contado mucho el vicepresidente en el más que probable nombramiento como portavoz de economía en el Congreso de INMACULADA RODRÍGUEZ PIÑEIRO, íntima de Sebastián, que habría puesto así también una pica en el palacio de la Carrera de San Jerónimo. Bien arropado en el Gobierno y con complicidades de enorme utilidad en el Parlamento, el nuevo ministro de Industria, que podría estar llamado a mayores responsabilidades si el éxito lo acompaña, va a ser un hueso muy duro de roer.
Una muestra de la delicadeza de su posición la dio Solbes con las declaraciones del domingo en Washington. “No sé si Sebastián es una figura emergente”, contestó a preguntas de los periodistas. “Lo que sí sé es que el vicepresidente soy yo”. Esta afirmación, tan innecesaria como reveladora, probablemente tenga que hacerla muchas veces, al menos en privado, a lo largo de la legislatura que ahora empieza. Si es que Solbes llega hasta el final, cosa que a día de hoy no está nada clara.