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Falange Guineanas falangistas: las mujeres negras de la Sección Femenina

El franquismo implantó la rama femenina de Falange en Guinea Ecuatorial para inculcar sus valores del hogar y la familia, pero también pensando en crear una clase dirigente con la que establecerían relaciones comerciales tras la descolonización.

Jóvenes guineanas en un albergue de la Sección Femenina de Falange en España.
Jóvenes guineanas en un albergue de la Sección Femenina de Falange en España. Calle 19 de Septiembre

"Yo soy moreno de la Guinea / que por España voy a luchar / contra los rojos que la mancillan / y que la tratan de destrozar", cantaban las guineanas de la Sección Femenina de la Falange, que estableció misiones en las colonias africanas durante los años sesenta. "Nos manda Franco, invicto jefe / que a la victoria marcha triunfal, / y aunque caigamos en la Cruzada / la nueva España resurgirá".

Si bien Pilar Primo de Rivera, responsable de la rama femenina del partido, tardó décadas en establecer una delegación en la colonia, antes del golpe de Estado de 1936 ya había mujeres falangistas. No obstante, entonces y durante la posguerra no gozaba de carácter institucional, al contrario que las milicias masculinas comandadas por el guardia civil Luis Ayuso Sánchez-Moler, algunas formadas por falangistas nativos.

La Sección Femenina se estableció en Río Muni, donde ejercieron como delegadas provinciales Pilar Santalices y Pilar Obón, y en Fernando Poo, donde hizo lo propio Concha Tentor, quien describía a las guineanas como de carácter difícil, "apático y mentiroso". La hermana de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange, había recibido el encargo de imponer el modelo femenino de la dictadura en África.

"Desde sus servicios y programas lograrían inculcar en estas mujeres la política de género del régimen en su etapa final, una política que constataba su fracaso para con las mujeres de la metrópoli, aún así contribuyendo a la españolización de las colonias", escriben las investigadoras Amalia Morales Villena y Soledad Vieitez Cerdeño en La Sección Femenina en la «llamada de África»: Saharauis y guineanas en el declive del colonialismo español, publicado en la revista Vegueta.

Esa españolización tenía como objetivo estrechar en el futuro los lazos comerciales con la colonia tras su independencia, que se produciría en 1963. "Todo lo que fuera incrementar allí la influencia de España y ayudar a la mujer a ocupar su puesto y a hacer valer sus derechos, nos parecía una de nuestras primeras obligaciones", dejaba claro Pilar Primo de Rivera en Recuerdos de una vida.

Así, comenzaron a fundarse en Río Muni y en Santa Isabel escuelas de hogar, colegios menores y centros de bachillerato y de magisterio, además de cátedras ambulantes que recorrían los pueblos, al tiempo que algunas jóvenes eran formadas en España. Para ello contaron con el apoyo de políticos guineanos y con la colaboración de religiosas pertenecientes a órdenes españolas, aunque muchas de las monjas eran nativas.

Los flechas morenos cantaban "por la patria a morir, por la patria a luchar", mientras que algunas pensaban en salvar vidas y se formaban en disciplinas sanitarias. "Todas debían hacer el servicio social o, de lo contrario, no podían estudiar ni avanzar socialmente. Y lo que les enseñaba la Sección Femenina era a ser una buena madre", explica a Público Abuy Nfubea.

El autor de Afrofeminismo: 50 años de lucha y activismo de mujeres negras en España (Ménades) asegura que sus principios calaron entre las guineanas, hasta el punto de que describe el país como neofranquista. "Las mujeres que lo dirigen desde 1963 habían pasado por Falange, por la Sección Femenina, por la Organización Juvenil Española (OJE) y por otros centros de formación falangistas, que influyeron en su mentalidad. La colonización fracasa, pero los valores persisten en la élite política y económica", opina.

Así, durante la dictadura de Francisco Macías Nguema, primer presidente de la República de Guinea Ecuatorial, las líderes falangista pasaron a militar en la sección femenina del Partido Único Nacional de los Trabajadores, un frankenstein ideológico que combinaba un supuesto marxismo con un fascismo impregnado de nacionalismo acérrimo.

"Modificaron solo ligeramente su actividad: en lugar de organizar desfiles a los gobernadores coloniales y a Carrero Blanco, prepararon actos de loas a Macías", escribe Nfubea, quien detalla que simplemente cambiaron los eslóganes y a un dictador fascista por otro comunista. La base sociológica y de pensamiento, añade, seguían siendo instituciones como el colegio Lasalle, la Escuela Superior Indígena o el seminario de Banapá. "Todos reproducen los dogmas franquistas, aunque no los llamen así".

En un principio, la dictadura del Generalísimo, a través de los valores inculcados por la Sección Femenina, pretendía devolverlas a lo que el régimen consideraba "su lugar natural: el hogar y el servicio a la familia", señala el autor de Afrofeminismo. No obstante, gracias a las becas, muchas lograron cursar estudios superiores (enfermería, magisterio, obstetricia, ginecología…) y terminaron trabajando en su país o en España.

Entre otras falangistas, destacan Lorenza Ename Matute y Cristina Maloki Bieri, diputadas por el Movimiento Nacional de Liberación de Guinea Ecuatorial (Monalige) en las elecciones de 1968; Fidela Boneke, asesora política; Pilar Momo Sale, directora del colegio E'Waiso Ipola y miembro de la Asamblea General; o Montserrat Sabaña, alcaldesa de San Fernando.

"En todo caso, solo ascendían las élites, formadas en instituciones falangistas. Sin embargo, Falange mantuvo una pugna con la Iglesia católica y colonialista —que tenía el monopolio de la educación—, impuso su discurso alternativo y terminó constituyéndose como un medio de igualdad. Es decir, que a través de la OJE un niño pobre podía ir de intercambio a España, cuando antes solo lo hacían los hijos de los ricos. Uniformar a la gente permitía un cierto de grado de integración. Y, en ese sentido, Falange favoreció su ascenso o promoción social", apunta Nfubea.

Racismo

En octubre de 1933, José Antonio Primo de Rivera había escrito lo siguiente en ¿Moda extranjera el fascismo?, publicado en La Nación: "El Imperio español jamás fue racista; su inmensa gloria estuvo en incorporar a los hombres de todas las razas a una común empresa de salvación". Tres años después, en junio de 1936, le respondió al periodista Ramón Blardony desde la cárcel provincial de Alicante: "Falange no es ni puede ser racista".

¿Acaso no sufrían racismo? "Claro", responde el activista panafricano. "Las mujeres blancas vivían como en las películas de Tarzán, con asistentes y chóferes, mientras que las guineanas trabajaban en sus casas y eran concubinas de los blancos, pues no se podían casar con ellas. O sea, eran chachas y amantes. Hay excepciones, pero corrían el riesgo de que su familia española les dejara de hablar".

Por ejemplo, Dessy Pearce Ikuga —hija del contable de una maderera, estudiante de Administración, maestra, ATS y matrona— contrajo matrimonio con un ingeniero que había sido guardia civil, Luis Pozo. Su hija, Paloma Bilangwe, asegura en Afrofeminismo que "la boda fue un escándalo, pues muchos de sus amigos blancos le retiraron la palabra, ya que las negras eran solo [...] para divertirse y acostarse".

Si la Iglesia perseguía las uniones interraciales, según Nfubea, también procuraba evitar que ellas tuvieran los mismos derechos que las blancas. "En la práctica, como la legislación era racista, Falange también lo era. No obstante, se mostraba más moderna y abierta que los curas y los colonizadores tradicionales. Las chicas, al menos, recibían becas y podían estudiar en la Península. De hecho, hay mujeres de origen humilde que destacaron gracias a los proyectos de Pilar Primo de Rivera, quien les permitió tener más participación, mientras que la Iglesia solo daba oportunidades a las pudientes".

El escritor cree, en ese sentido, que las guineanas de los años cuarenta y cincuenta podrían calificarse como feministas, pues había "conatos de rebeldía" en la "lucha de los derechos en el ámbito del hogar". Protestaban contra la opresión, el maltrato y una legislación que las oprimía, añade Nfubea. "La mujer en casa y la familia judeocristiana fueron una invención de los colonizadores, aunque luego los misioneros comenzaron a tener hijos con las niñas que iban a confesar y a salvar".

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