¿Por qué nos gusta pasar miedo?
Si el miedo es una emoción primaria eminentemente negativa, ¿entonces por qué lo buscamos con tanto ahínco?

Zaragoza-
El pasarlo bien mientras lo pasamos mal es una de esas paradojas que hacen al cerebro un órgano tan fascinante. El miedo es una emoción primaria, fundamental para la supervivencia. Está codificada en nuestro ADN y es común a todas las culturas humanas existentes en el planeta. De hecho, es compartido por todos los mamíferos, lo que habla de su naturaleza animal. Es una sensación desagradable, diseñada para evitar que nos expongamos a situaciones peligrosas o que amenacen nuestra integridad.
Para entender el mecanismo interno del miedo lo ideal es compararlo con una alarma. Simplificando mucho, cuando detectamos un peligro, nuestro cerebro genera una serie de reacciones químicas y eléctricas que genera esa sensación de pavor tan característica. Una curiosidad es que, a diferencia de otras emociones primarias, el miedo no se genera en una región específica del cerebro, sino que participan varias estructuras de manera simultánea e interrelacionada. Una suerte de alerta roja que pone a nuestro organismo ojo avizor para reaccionar ante lo que pueda ocurrir.
Por qué buscamos sentir miedo
El miedo está diseñado para ser desagradable. Sus manifestaciones pueden variar según una persona u otra, pero por norma general suele estar acompañado de un aumento en el pulso cardiaco, la respiración o la sudoración, así como un mayor estrés generalizado en todo el cuerpo. Sobre el papel, nadie se sometería a una experiencia así de manera voluntaria. Sin embargo, la realidad dice exactamente lo contrario. El miedo es una experiencia que muchas personas buscan de manera proactiva: montañas rusas, películas o videojuegos de terror, casas encantadas, deportes extremos… Pero, ¿por qué sucede esto?
Para comprender el gusto por el miedo es preciso entender cómo funcionan las emociones primarias. Como decíamos, lo mejor es compararlas con una alarma. Un mecanismo que se activa rápido y de manera ruidosa, pero que no está pensado para prolongarse en el tiempo. De hecho, lo habitual es que, poco después, una emoción negativa sea compensada por una emoción positiva que devuelva a nuestro organismo a una situación neutra. En este caso, el miedo es efímero y suele ser sustituido por el alivio; una respuesta positiva que se produce una vez la percepción de la amenaza desaparece.
En realidad, el alivio es el efecto producido por sustancias liberadas previamente, como la adrenalina, la dopamina o la noradrenalina, una vez que el peligro desaparece. Es esta sensación de alivio, que generalmente se suele experimentar como euforia, la que se persigue en realidad. Es decir, no se quiere pasarlo mal per se, sino la liberación que se siente una vez el miedo ha sido superado. En cierto modo, se trata de una sensación de victoria lograda tras haber conquistado la barrera que previamente nos atenazaba.
Esta relación miedo-alivio se ve claramente en la experiencia de montarse en una montaña rusa. En la fila previa al inicio de la atracción los nervios son palpables y, por norma general, la tensión se puede cortar con un cuchillo. Sin embargo, en la salida, el panorama es diametralmente opuesto: con risas y una excitación generalizada presente en aquellas personas que bajan de la estructura.
Romper con la rutina
Esta es la explicación fisiológica de cómo funciona el miedo y, por que, de una manera paradójica puede convertirse en un acicate para muchas personas. No obstante, existe otra variable psicológica que tampoco se puede apartar de la ecuación. Es la llamada teoría de la búsqueda de sensaciones, la cual fue expuesta por el psicólogo Marvin Zuckerman en los años 60. Según este postulado, algunas personas tienen una necesidad más alta de estimulación intensa, lo que les lleva buscar experiencias nuevas y complejas, incluso poniendo en riesgo su integridad física.
La idea central de esta teoría es que cada persona posee un nivel óptimo de activación, entendido este como el punto ideal en el que no se experimenta ni aburrimiento ni estrés. Así, las personas con alta búsqueda de sensaciones necesitan experiencias más intensas para alcanzar ese nivel óptimo. Esto se puede determinar a través de un test llamado escala búsqueda de sensaciones (sensation seeking scale, o símplemente SSS, en inglés). Experimentos posteriores determinaron que las personas que sacan una mayor puntuación en dicha prueba son más proclives a buscar el llamado miedo recreativo.
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