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Las olas de calor destapan la otra cara de la pobreza energética

La falta de recursos deja a la población sin recursos en una situación de vulnerabilidad mayor ante la escalada de temperaturas y la aparición de olas de calor, cada vez más frecuentes debido a la crisis climática.

Una mujer bebe agua en Sevilla durante la ola de calor de junio de 2019.
Una mujer bebe agua en Sevilla durante la ola de calor de junio de 2019. Cristina Quicler / AFP

El calor es cada vez más insoportable e intenso. La emergencia climática está haciendo de España el desierto de Europa, con unos ecosistemas que tienden a la aridez y la escasez de recursos hídricos. Las olas de calor serán cada vez más intensas y frecuentes, pasando de durar seis días a más de dos semanas, según un informe reciente de la Oficina Española de Cambio Climático. Este escenario dibuja un drama social que hoy parece ser olvidado por las Administraciones y que tiene que ver con las desigualdades sociales a la hora de afrontar fenómenos de calor extremo. Es la otra cara de la pobreza energética.

"Lo más generalizado es que las personas con menos recursos tengan más problemas para poder aclimatar su vivienda a través de equipos de aire acondicionado o que no tengan suficientes recursos para poder permitirse el consumo energético de estos aparatos", explica a Público Cristina Linares, investigadora del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII), quien sostiene que durante mucho tiempo se ha tendido a pensar que la pobreza energética sólo tiene que ver con el acceso de la población a sistemas de calefacción, olvidando que el cambio climático está resaltando la vulnerabilidad de parte de la población a un escenario marcado por temperaturas cada vez más altas.

En esta situación, con un termómetro global al alza, se empiezan a dibujar ciertas desigualdades que no sólo guardan relación con el nivel adquisitivo de los individuos, sino con la organización urbana y las dicotomías de clase que estas establecen. Así lo evidencia una investigación de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) sobre el impacto del calor en los barrios de la ciudad y cómo la ausencia de zonas verdes y la longevidad de los edificios suele ir ligada a los distritos donde las rentas son más bajas. Tanto es así que el estudio, realizado en 2017, llegaba a la conclusión de que las diferencias de temperaturas entre los barrios más desfavorecidos y los más ricos podrían ser de hasta 8ºC debido a factores diversos como el poder adquisitivo, la densidad de población, la presencia de tráfico motorizado o la escasez de parques.

La ausencia de parques y espacios verdes en los barrios de clase trabajadora responde a décadas de mala planificación urbana

"En líneas generales hemos visto que los barrios más vulnerables, los que tienen las rentas más bajas, son los que peores construcciones tienen y los generan unas islas de calor más altas", dice Javier Neila, profesor de arquitectura de la UPM y uno de los autores de la investigación madrileña. En ese mapa isotérmico aparecen zonas como Aravaca, donde residen rentas más altas, pero también donde los edificios son residencias de nueva construcción y predominan largas y extensas zonas verdes como el Parque del Arroyo o el Parque de la Golondrina. La excepción más visible en la capital es el barrio Salamanca, cuyas temperaturas son tan altas como en algunas zonas de los distritos del sur, lo cual se relaciona, según Neila, al uso generalizado de aparatos de aire acondicionado, cuyo funcionamiento tiende a elevar las temperaturas en el exterior.

Los datos de Madrid no son únicos y aislados. De hecho, un estudio realizado por el Museo de Ciencias y el Centro de Estudios Ambientales de Virginia pone sobre la mesa cómo estas dicotomías económicas y sociales, reflejadas en la planificación urbana, hacen que la población más vulnerable sufra de una forma más fuerte las olas de calor. La investigación, que se centra en 108 espacios urbanos de EEUU, añade el componente racial y evidencia las consecuencias climáticas que empiezan a tener ya las políticas de segregación racista que se generalizaron en las grandes ciudades norteamericanas durante décadas y que dejaron los barrios negros carentes de parques y zonas verdes que rebajaran las temperaturas.

Las mujeres, siempre más expuestas

El impacto de las olas de calor también tiene consecuencias dispares a nivel de género. La feminización de la pobreza energética, una cuestión estudiada sobre todo en relación a los eventos de frío, es tan evidente como que las mujeres tienen un 1,4% más de probabilidades de morir que los hombres ante episodios de calor extremo en España, según una investigación publicada por el Instituto de Salud Carlos III.

En este dato intervienen aspectos biológicos relacionados con las diferencias hormonales entre hombres y mujeres o con la distribución de la grasa corporal y la dificultad de dispersar el calor. No obstante, existen otros elementos relacionados con la brecha social y con las actividades y empleos feminizados durante siglos, que hacen que las mujeres estén más expuestas ante temperaturas elevadas. Además, según la investigación, aparecen otros factores como la desigualdad salarial o que, en el momento en el que se realizara la investigación, hubiera un 3% de mujeres en paro más en comparación con la población masculina. La diferencia a nivel de ingresos supone una barrera importante para que, en determinadas franjas de edad, haya un 39% de posibilidades de que una mujer sufra pobreza energética y no pueda afrontar olas de calor y frío.

Zonas verdes para quien las pueda pagar

Las zonas verdes son cruciales para rebajar las temperaturas, pero también a nivel de salud pública. "Tener acceso a parques, zonas de sombra con agua y vegetación, permite dar frescor, pero también garantiza que la población pueda salir a la calle a pasear. Esto afecta a la salud física de personas más vulnerables como los ancianos. No es lo mismo poder salir a caminar a determinadas horas del día bajo la sombra que no tener acceso a estas zonas y tener que quedarte en casa; es algo que tiene impacto en la salud", argumenta Linares. La disponibilidad de estas áreas, sin embargo, no es aleatoria. 

La ausencia de parques y espacios verdes en los barrios de clase trabajadora responde a décadas de mala planificación urbana, pero también a cómo los agentes económicos tienden a utilizar estos espacios para encarecer la vivienda. Isabelle Anguelovski, directora del Barcelona Lab for Urban Environmental Justice and Sustainability (BCNUEJ) e investigadora de la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (ICREA), sostiene que el mercado inmobiliario ha hecho de los jardines urbanos un "elemento gentrificador" más. La experta pone el ejemplo de la supermanzana del barrio de Sant Antoni, Barcelona, un espacio transformado por el Ayuntamiento que se ha organizado de una forma mucho más sostenible. "El precio de la vivienda se ha encarecido mucho en este lugar", dice la investigadora, que cita también el Eje Verde Cristóbal de Moura, donde se pretenden construir un hotel de lujo y una residencia de estudiantes.

"Es importante entender que las zonas verdes no producen gentrificación por sí solas, pero si aceleran este proceso en determinadas circunstancias", expone Anguelovski. "En España, se parte de una situación en la que, a diferencia de otras zonas de Europa, la vivienda pública es inexistente, lo cual dificulta mucho controlar el impacto de las políticas urbanas de este tipo [ecológicas] en el precio de alquileres".

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