'Finis solis': tras el último atardecer de Europa
Su latitud y el ángulo cambiante de la Tierra al rotar hacen que durante dos meses al año los acantilados de Touriñán, en la Costa da Morte de Galicia, sean el último lugar del continente del que se despide el sol.

Pablo L. Orosa / Luzes
-Actualizado a
Nota: Este artículo se publicó en julio de 2019. Su autor, el periodista coruñés Pablo L. Orosa, falleció el 19 de noviembre de ese año.
Hace tiempo que las visitas se fueron de Touriñán, el punto más occidental de la España peninsular. El torreiro lo hizo a principios de los 80, cuando fue levantado el nuevo faro. La última pareja que decidió fotografiarse ante los acantilados violentos y atlánticos, hace solo media hora. El nordés los venció a todos. Son las 20:52, casi las 20:53, y oficialmente el sol se acaba de poner en Europa. Pero es mentira. El finis solis, la postal perfecta para las cuentas de Instagram, es solo una ilusión. El sol que vemos acostarse frente al Atlántico, de Galicia a Noruega, en realidad ya no está allí. Hace ocho minutos que se fue.
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Lo último que visitó el astro este jueves de septiembre fue un islote de la Costa da Morte al que los vecinos cambian de nombre según el tema del que estén hablando: le llaman Herbosa, cuando aluden a tierras y cosechas, y Castelo, cuando rememoran la historia. En su cima, a la que solo se puede acceder cuándo baja la marea, aun se conservan los restos de una pequeña torre que bien pudo haber sido un faro primitivo o un castro marítimo. Nada aquí, en la Costa da Morte, es lo que parece. O es que quizá todo sea siempre cuestión de perspectiva.
Una diferencia minúscula
Investigaciones recientes empeñadas en llevarle la contraria al general romano Décimo Junio Bruto Galaico, quien tras conquistar Gallaecia no quiso irse sin ver el Sol caer sobre mare tenebrosum, demostraron que el fin de la tierra conocida, el Finis Terrae, no es la actual Fisterra, sino este cabo Touriñán (aunque cartograficamente hablando habría que otorgarle el título al cabo de Roca, en Portugal). Una diferencia minúscula, un minuto de arco, un nada mayúsculo que lo explica todo: los derbis futbolísticos, la curva de las consonantes, la forma de mirar el mundo. Una historia de rivalidades que tiene una nueva disputa en el título de último atardecer de Europa. Puede parecer prosaico, pero hay dinero (turistas) en juego.
Su latitud, 43°03' N 9°18' Lo, y el ángulo cambiante que describe la Tierra al rotar, hacen que durante dos meses al año (del 24 de marzo al 23 de abril y del 18 de agosto al 19 de septiembre ) los acantilados de Touriñán sean el último lugar del continente europeo del que se despide el sol. Siempre que el nordés nuboso no nos venza antes. El finis solis baila con las estaciones: entre el solsticio de invierno y el de verano se desplaza desde cabo São Vicente (Portugal) a Cabo de Roca, cabo Touriñán y, finalmente, a la costa noruega, a Aglapsvik, cerca de Tromsø, para terminar a Måsøy.
El 1 de agosto, el sol empieza a recorrer el camino de vuelta hacia el cabo São Vicente. En su ruta se produce dos veces al año un hermoso guiño: el 24 de abril y el 18 de agosto, cuando el reinado del sol poniente se traslada de Touriñán a Aglapsvik, el atardecer de la Europa continental coincide con el último crepúsculo de la África continental que esos días tiene lugar cerca de cabo Blanco, en la frontera entre el Sáhara Occidental y Mauritania. Y ya se encargaron Hollywood e Instagram de mostrarnos lo majestuoso que es un atardecer en África. Justo a esa misma hora y esos dos días, el sol se oculta también por el Land's End, el punto más occidental de la isla de Inglaterra. El fin del mundo en tres escenas paralelas. Como en una película de Christopher Nolan.
Con todo, como el cientificismo imperante se empeña en recalcar, la mera observación de un hecho implica su modificación. Puro (en versión para principiantes) principio de incertidumbre de Heisenberg. Con los atardecerWA de la Costa da Morte ocurre algo semejante: será el último dependiendo del facho –nombre con el que se conoce a los montes en los que se encendían fuegos, como Almenaras de Gondor, para guiar los barcos o alertar de ataques en la antigüedad– desde el que lo mires.
Desde Touriñán, a unos 70 metros sobre el nivel del mar, la línea del horizonte queda fijada a unos 30 kilómetros sobre el Atlántico. Frente al faro de Fisterra, a 135 metros de altura, llega a los 41 kilómetros y en el monte Pindo, el Olimpo celta, alcanza los 89. Aunque el sol se pone en Touriñán, el último atardecer se puede ver desde O Pindo. "La diferencia", apunta en su estudio Persiguiendo el último sol de la Europa continental el físico de la Universidad de Santiago de Compostela (USC) Jorge Mira “es de unos 2 minutos". El último atardecer es siempre mentira.
"Lo que tengo que hacer para no tener que ir al mar"
El fin del mundo no lo inventaron los cristianos. Pero sí lo comercializaron. De hecho, casi todos los pueblos occidentales tenían su propio culto al sol antes de la llegada de los romanos. “Existe la creencia de que la ermita del peregrino de San Guillerme –hoy en ruinas– fue levantada para cristianizar antiguos cultos paganos que se llevaban a cabo en el monte Facho de Fisterra”, explica el historiador Xan Fernández Carreira. El propio camino de Santiago no sería más que una versión cristiana de esas rutas paganas para despedir los rayos dorados.
Convertido en un multimillonario negocio turístico, hace años que el camino no finaliza en Santiago, sino en el promontorio de Fisterra en el que, como en todos los sitios en los que ya solo queda dar marcha atrás, uno se quita de encima lo que pesa: los sueños, la conciencia, las botas sucias. El atardecer atlántico, a menudo esquivo, tan distinto del cielo despejado de África, se ha convertido en el último gran reclamo para peregrinos. Si vinieron hasta aquí para venerar los huesos de un apóstol que probablemente no está allí enterrado, ¿qué les va a importar que este no sea realmente el último atardecer de Europa?
A quién sí les importa es a los ayuntamientos (y vecinos) de la zona, minifundistas, suspicaces unos de los otros desde que Camariñas se llevó la fama y las remesas de los emigrantes que importaban toneladas de encaje palillado en Muxía o Ponte do Porto. De esta comarca de mar bravo, de una autopista inaugurada en 2016 por la que solo transitan 7.300 vehículos al día, se fueron muchos. Primero al nuevo mundo, ahora a A Coruña, a Santiago o Londres.
"Aquí el nordés pega duro", avisa Viki Rivadulla. Habla del viento, pero también de la vida. Nunca nada en la Costa da Morte es lo que parece. Hace casi 40 años que todo empezó a cambiar. Y no siempre para bien. A principios de los 80 amarraban en el puerto de Muxía más de 60 barcos. Hoy, en el muelle vencido también por la furia del hormigón de los años felices, apenas quedan una decena. La política pesquera de la Unión Europea está exterminando el negocio. "Los rapaces ya no quieren ir al mar".
"Lo que tengo que hacer para no tener que ir al mar, sobra pescado que vender y harina para amasar”". Aquí también hubo, por supuesto, descargas de narcotráfico. "Es un lugar ideal, porque hay arenales de difícil acceso y poco vigilados", reconocerá horas después, con el sol ya vencido, como se habla siempre de estas cosas, Fernández Carreira.
En Muxía hubo mucho dinero. El descubrimiento de O Canto, un caladero de besugo y merluza pocas millas mar a dentro, alentaba las jornadas de mar: con lo que ganaban los marineros se construyeron edificios de distintos colores y alturas, un arco iris de excesos arquitectónicos hoy reconvertidos en casas vacías o en alquileres de AirBnB. Y ya no se sabe que es peor.
De peregrinos pintores y de mares que son naufragio
En la lonja nueva, frente a un aparcamiento al que le faltan coches, hay un mural enorme con rostro de mujer. Es Claudina. Pero podría ser cualquier otra. Es un homenaje al mar. Al mar habitado. A las mujeres que lo habitan. A su sombra, en los cuatro bancos colocados por el Ayuntamiento, hay siete personas sentadas. Solo ocupan dos bancos. Ninguna baja de los 40. ¿Los jóvenes? "¿Y aquí que van a hacer?", responde Viki.
En 2002, cuando el desastre del Prestige, vivían en el municipio 6.103 personas. Hoy quedan 4.852. Lo único que no ha cambiado es que todas siguen pendientes del parte meteorológico. Antes, para saber cómo iba el Atlántico. Hoy, para ver si llegan turistas. Se desvían, rumbo a Muxía, para ver la piedra de Abalar. También, cada vez más, para ver el atardecer. El último de Europa. "Están obsesionados con el atardecer. Nosotros –continúa la pintora– no somos conscientes de su valor. Es verdad que nos maravilla, pero estamos acostumbrados".
No todos los turistas son iguales. Los hay como el japonés Yoshiro Tachibana, el pintor salvaje de Muxía, que ya no supieron irse. O como Detlef Kappeler, que encontró aquí la otra ribera del Báltico, su conexión con Caspar David Friedrich y el romanticismo alemán. Hoy casi todos los turistas que juegan a no serlo prefieren quedar en Nemiña, con las bandadas de gaviotas, las caravanas y las tablas de surf.
– ¿Puedo coger un helado y me lo apuntas?, pregunta un joven, quizá ya no tanto, prototípico, pelo rubio, piel tostada y español forzado. La camarera, ésta sí menos de 30 y español fino y edulcorado, sudamericano, asiente con la cabeza. Este es aún otro mundo.
Turistas fugaces
Al doblar la tierra, junto al faro, los turistas fugaces ya se han recogido. A los últimos en irse, una pareja que tuvo que esperar a que otros como ellos acabaran de fotografiarse en el banco que testimonia que hoy y aquí tiene lugar el último atardecer de Europa, nadie les ha contado que en este mar han muerto muchos. O que intentaron matarlos. Los 18 náufragos del vapor California, torpedeado por los alemanes en 1917, o los quién sabe cuántos soldados nazis hundidos por los aliados en la guerra del Wolframio. Pero si hay un naufragio ligado para siempre jamás a la Laxe de los Buxeirados es lodel barco alemán Madeleine Reig: en 1935, cuando viajaba desde Casablanca a Bremen, chocó con el pesquero gallego Oito Irmáns, al que partió en dos. Aunque los alemanes rescataron sa us cuatro tripulantes, los abandonaron horas más tarde a la entrada de la bahía de A Coruña.
Dos décadas después, el 30 de mayo de 1957, el Madeleine Reig volvió a chocar en la Laxe de los Buxeirados. El mar, que nunca olvida, se lo llevó al fondo, pero por lo menos permitió vivir a sus 26 tripulantes. "Aquí hubo tantos naufragios como en otras zonas de la Costa da Morte, pero menos muertos, quizás porque la zona donde se produjeron la mayoría de ellos está situada solo a tres cuartos de milla de los peligrosos acantilados de la costa", apunta Fernández Carreira.
Sin esperarlo, como parte de esas historias de bombardeos y naufragios, la luz de Touriñán alumbra por fin el océano. Dos tipos asiáticos se asoman a la carrera. El nordés ya les ha robado el peinado. Avanzan hacia uno de los extremos del acantilado. Son las 20:53 y aquí ya no queda atardecer. Tampoco parece importarles. Como si supieran que, en realidad, el atardecer ya se produjo hace ocho minutos, que ese es el tiempo que tardan las partículas de luz en alcanzar la tierra, que cuando vemos el sol ponerse, en realidad ya no está allí. Como si ellos ya supieran que el camino tras del último sol de Europa es en realidad una ilusión. Y que les da igual.





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