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Greenpeace La vida a bordo del mayor barco de Greenpeace

Con bandera holandesa, el Esperanza es diferente a la mayoría de los navíos con los que se cruza en aguas de todo el mundo: su sistema de propulsión está diseñado para reducir las emisiones de CO2, la pintura de su casco no tiene tóxicos y su calefacción se basa en el aprovechamiento de residuos.

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Barco Esperanza, de Greenpeace.

Son marineros, activistas y en ocasiones hasta voluntarios. A bordo del Esperanza, el mayor buque de Greenpeace, una tripulación de 20 personas se asegura de que el navío surque los mares en defensa del planeta con la filosofía ambientalista siempre a bordo.

Con bandera holandesa, el Esperanza es diferente a la mayoría de los navíos con los que se cruza en aguas de todo el mundo: su sistema de propulsión está diseñado para reducir las emisiones de CO2, la pintura de su casco no tiene tóxicos y su calefacción se basa en el aprovechamiento de residuos.

Por eso, el trabajo de la tripulación no es sólo asegurarse de que el barco llega al siguiente puerto, sino llevar el mensaje durante toda la travesía; en este caso, la protección de los océanos, el objetivo de la expedición "De Polo a Polo" que estos días mantiene al barco en aguas de las Azores portuguesas.

"Los barcos de Greenpeace no son comerciales, por lo que el objetivo es totalmente diferente. No estamos trabajando para conseguir un beneficio", explica a Efe el español de origen ruso Vlad Votiacov, que capitanea el Esperanza en esta etapa de la expedición.

Labores de conservación

Votiacov llegó a Greenpeace en 2007 y un año después empezó a trabajar como capitán. Su larga experiencia le ha permitido comprobar que las tripulaciones que trabajan para la organización ecologista son "únicas".

"No es la tripulación de un barco comercial común. El porcentaje de personas con estudios es mucho más alto, lo que crea un ambiente interesante. A veces es un desafío", dice entre risas.

A todos les une la dedicación para luchar por la conservación del medioambiente, como asegura a Efe el segundo al mando, el panameño Adrián, que ejerce como primer oficial.

"El calor humano es lo que hace un barco de Greenpeace especial", dice Adrián, que trabajaba en embarcaciones de carga hasta que, hace 13 años, decidió que quería usar sus conocimientos de marinería con otro propósito.

"Con el pasar de los años me di cuenta de que deseaba utilizar mis habilidades no únicamente para beneficio comercial pero también para ayudar a la conservación del medioambiente", relata.

La tripulación va rotando, aunque suelen pasar tres meses a bordo y otros tres en tierra firme. Todos están ligados a la organización y muchos de ellos empezaron como socios o voluntarios.

Reciclaje

Es el caso de David, un marinero de cubierta de 26 años de las islas Canarias (España) que se acercó a Greenpeace hace ocho años y se hizo activista.
Hace cuatro años, cuando el Esperanza empezó a pasar con frecuencia por las islas, decidió embarcarse como voluntario y aprender el trabajo de marinería.

"Greenpeace ahora ya significa otra cosa, es parte de mí", cuenta el joven español, que en esta travesía es el "garbologist", el encargado de separar bien la basura para su correcto reciclaje.

En los barcos de la organización, todos los residuos se separan: los orgánicos se congelan hasta llegar a una zona en la que esté permitido tirarlos por la borda, y el resto se guarda hasta llegar a puerto.

El "buen rollo", dice David, está siempre presente entre la tripulación. Por la mañana, tras el desayuno, todos se reparten las tareas de limpieza, en las que animan a participar a los invitados que se suben al barco, ya sean responsables de Greenpeace, científicos o periodistas.

Todos se juntan alrededor de tres grandes mesas a la hora de la comida y la cena, con un menú que en un 90% es de origen vegetal, a veces incluso más, explica a Efe el cocinero, el mexicano Daniel. Daniel lleva más de 15 años trabajando con Greenpeace y ha perdido la cuenta de los viajes que ha hecho en los barcos de la organización, donde utiliza ingredientes orgánicos de producción agroecológica, lo que no siempre es fácil de encontrar cuando atracan en una isla remota y necesitan provisiones para varias semanas.

"Es difícil pero siempre, en todos los lugares en los que he estado, hay por lo menos una pequeña porción de producción ecológica", asegura mientras prepara unos ñoquis con varias salsas. Los ñoquis son la "opción más popular" de este día, que estará acompañada por otros platos más exóticos que pueden ir desde comida mexicana hasta curry tailandés.

Todo para agradar a una tripulación tan diversa que, en esta travesía, está compuesta por una quincena de nacionalidades que tienen un objetivo común: conservar el medioambiente.

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