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La Mariola: el barrio más pobre y estigmatizado de Lleida

La pobreza y los problemas son parte del día a día. La segregación, el estereotipo y la marginación promueven una espiral de la que parece imposible salir.

Vivienda del barrio de La Mariola, en Lleida. QUERALT CASTILLO CEREZUELA
Vivienda del barrio de La Mariola, en Lleida. QUERALT CASTILLO CEREZUELA

Es sábado por la mañana, antes de que la pandemia de la covid-19 se extendiese y antes de que el virus dejase las calles de un tercio del mundo vacías. Se calcula que, en estos momentos, una de cada tres personas en el mundo está confinada. La Mariola, uno de los barrios más estigmatizados de Lleida, está tranquila. Grupos de niños juegan a la pelota en las plazas y algunos jóvenes sacan jaulas de pájaros para que les dé el sol. "Mañana hay una competición en Torrefarrera, ven", invita uno de los jóvenes. Hace un día primaveral. Varias mujeres hablan de balcón a balcón.

En La Mariola el tiempo transcurre como en cualquier otro sitio, pero los vecinos de la capital del Segrià no quieren ni acercarse a un sitio percibido como algo ajeno, como si no formase parte de la ciudad. No siempre fue así. Juan Manuel Solís es antropólogo, profesor de la Universidad de Lleida (UdL) y una de las personas que más conoce el barrio. En La Mariola, desde dentro y desde fuera, explica la estigmatización territorial y la marginalidad que apareció a partir de la aplicación de políticas neoliberales en el barrio. "El barrio se empezó a formar en los años cuarenta y a partir de esa fecha hubo cuatro fases de urbanización: la de 1941, la de 1952, la de 1969 y la de 1974. Aquí se instalaron familias que procedían de la migración rural; principalmente de Aragón, pero también de Murcia, Castilla León y Andalucía".

A lo largo de los años, el barrio se fue degradando. Las políticas del Ayuntamiento, fuese del color que fuese, no ayudaron. "Los diferentes Consistorios han usado La Mariola para controlar la pobreza. Siempre que se tenía que realojar a alguien, se le realojaba aquí; eso ha terminado creando desarraigo, decepción y malestar".
En el bar Elena, que también funciona como peña barcelonista, los cafés se suceden unos tras otros; es la hora punta del recinto, sin lugar a duda. Los periódicos deportivos se amontonan en la barra y los hombres –no hay ninguna mujer– tienen la voz ronca y cascada. Hay una máquina en la que el usuario debe coger objetos con unas pinzas. Está llena de peluches que acumulan polvo. Dos pizarras en la barra: una con apuestas y otra para apuntarse a una calçotada que es posible que nunca se celebrase. Preside un póster de Guardiola en blanco y negro, el sentimiento blaugrana no olvida a uno de los mejores entrenadores que ha tenido el club y una frase: "Som un sentiment".

Nicanor, tendero del barrio de La Mariola. QUERALT CASTILLO CEREZUELA

A unos metros está la tienda de Nicanor. "Nicanor, como el poeta (Parra) y como el cantante (Zavaleta)". Desde hace 17 años regenta este pequeño comercio de comestibles en el que es posible encontrar, literalmente, de todo, pero, sobre todo, una gran variedad de comida para pájaros. "Aquí se lleva mucho lo de los pájaros". Lleva una boina y a pesar de ser mediodía ya se le nota cansado. "No cierro ningún día, no me lo puedo permitir". La crisis de 2008 hizo estragos en su pequeño negocio, a lo que más tarde se le sumaría la aparición de otras tiendas de comestibles "regentadas por gente de fuera", dice con cierto resquemor.

Él no es de La Mariola, pero su mujer sí. "Antes aquí vivía gente trabajadora, había más tiendas, pero en los últimos años todo ha ido desparecido, incluso el estanco. Yo me he quedado, pero trabajo todos los días, antes cerraba los sábados al mediodía hasta el lunes por la mañana y cada año hacía un mes de vacaciones. Cerrado por vacaciones, no ponía ni las fechas. Ahora ya no. Soy un superviviente". Reconoce que está deseando jubilarse. "Contentísimo estoy, como puedes ver", concluye con sorna.

"Estamos en un barrio conflictivo, aunque mucha gente no quiera decirlo en voz alta"

Entra Paco, su vecino, y le trae un tarro de cristal con aceitunas caseras. "¿Me traerás el alpiste o vengo con el coche? Deja, deja, te lo traigo yo". En la tienda, además de comestibles, tiene un sinfín de jaulas, cuadros hechos por su hija "que es una artista" y uno de los mejores panes de la zona, el que hace traer cada mañana de Casa Roseta, una panadería en Alcampell, un pequeño pueblo del La Franja de 600 habitantes, ya perteneciente a Huesca. "El pan me lo trae cada mañana Jose Mari, que es una bellísima persona", recalca. Escondido, se oye un pájaro cantar. "Lo tengo resguardado para que no me lo manguen, porque ya lo han intentado varias veces". Nicanor no considera que el barrio sea ni peligroso ni tampoco seguro, pero sí lo tacha de conflictivo: "Antes la gente de aquí se iba a las ocho de la mañana a trabajar y volvía cuando era de noche. Ahora hay calles por las que tienes que ir a paso ligero, sobre todo cuando se pone el sol. Estamos en un barrio conflictivo, aunque mucha gente no quiera decirlo en voz alta".

Confrontar el esterotipo

La figura del mariolero es muy conocida en Lleida. Se podría decir que el mariolero es una persona de La Mariola, pero en realidad, ser mariolero va más allá. "Los mismos habitantes del barrio han hecho suyo el estereotipo y lo reproducen, porque lo tienen interiorizado. Juegan con la ambivalencia de lo que significa ser de La Mariola. El mariolero reproduce la imagen de ese tipo que siempre está listo para la confrontación y el uso de la violencia, un tipo que genera miedo. Los que son de aquí juegan con este estereotipo para defenderse cuando salen del barrio, pero a veces tienen que esconderlo porque les perjudica", dice Solís. Es el caso de cuando salen de fiesta o salen a ligar.

Miquel Úbeda, doctorando en antropología de la Universitat de Lleida especializado en periferias, considera que, a pesar de haber mucha pobreza, no es tanto la degradación del barrio como la percepción que se tiene de él. "No es tan importante lo que aquí sucede sino lo que se percibe desde fuera. Hay pobreza, peleas y drogas, pero no es un barrio de escándalo. Hay carencias, sí, pero no hay más problemas que en otros barrios similares de otras ciudades. Lo que pasa es que Lleida es muy pequeño, y a proporción, La Mariola parece un gran problema". El antropólogo estudia la función social que cumplen este tipo de espacios en las ciudades, y lo tiene claro: "Recoger los pánicos morales de la población". Pero insiste, y también lo hace Solís: "No es para tanto".

Proyectos y políticas para mejorar el barrio

"Este barrio se caracteriza por la fragmentación, tanto social, territorial o étnica, pero, aun así, hay unas fronteras invisibles que aíslan el barrio y lo convierten en una burbuja. Mucha de la gente que vive aquí, apenas sale del barrio", dice Úbeda.

Para que esta situación de aislamiento cambie hay que dejar de considerar La Mariola una zona marginada y dejar de hacer políticas asistencialistas, según el  antropólogo: "Hay una parte importante de población gitana, menores no acompañados y gente sin papeles que no pueden acceder a una vivienda o a un alquiler. Muchos de los proyectos que aquí se llevan a cabo están justificados en sí mismos, pero no parece que estén realmente orientados a ayudar a la gente del barrio. Son proyectos autorreferenciales que no se fijan en las especificidades de cada colectivo, por eso no funcionan. Tampoco están adaptados a las diferentes culturas y comunidades que hay en el barrio", se queja.

Llama la atención algo que recalca Solís: "En este barrio no hay equipamientos, pero los edificios públicos que hay forman un cordón urbanístico: la guardería, el colegio, el instituto, el CAP o la Cruz Roja. Para visitarlos, en ningún momento tienes que entrar en La Mariola". Y no le falta razón, todos estos edificios delimitan el barrio. "Además de esto, no hay ninguna oficina pública en este barrio: nadie que no sea de La Mariola va a venir nunca aquí. Eso fomenta las dinámicas de segregación", puntualiza.

Imagen del barrio de La Mariola. QUERALT CASTILLO CEREZUELA

Dando la bienvenida con un colorido grafiti en la puerta, se encuentra el centro abierto Calidoscopi, abierto hace ahora un par de años. Trabaja con la infancia y la juventud del barrio y ofrece una serie de herramientas para estos colectivos. Actualmente atiende a 35 niños y niñas y colabora con las familias en proyectos de inserción laboral y alfabetización. Calidoscopi pone el énfasis en el crecimiento personal de los jóvenes y su inserción laboral una vez finalizados los estudios obligatorios, en el trabajo con las familias y en el Plan de Desarrollo Comunitario Mariola-Blocs, llevado a cabo juntamente con el Ayuntamiento de Lleida (La Paeria) y que consiste en una estrategia de intervención social y territorial a partir de un proceso participativo en el que se implica a todos los actores del barrio.

Ana Clotet, la directora del centro, asegura que los mayores retos a los que tienen que hacer frente son la falta de motivación por los estudios, en el caso de los jóvenes, las dificultades económicas y sociales de las familias del barrio y la falta de oportunidades. Si bien durante la última década, que coincide con la crisis económica, no se ha visto un aumento de casos sí han "detectado durante estos años cómo la angustia se iba apoderando de las familias, y esa preocupación ha afectado negativamente a los niños y jóvenes, y por consecuente ha tenido una mala repercusión en su ritmo de desarrollo".

Desde el Departament de Benestar Social i Serveis de La Paeria, Estefanía, Raquel, Vanessa y Laia, técnicas de intervención comunitaria, explican que una de las preocupaciones del Consistorio es la gente mayor que vive en el barrio, de ahí que haya una línea de intervención específica para este colectivo. "Hay muchísima gente en el barrio que vive sola. Después de detectar algunos casos, nos dimos cuenta de que había personas que tenían los servicios cubiertos pero que se sentían muy solas, así que nos pusimos manos a la obra con diferentes proyectos".

Uno de ellos es Per un barri més gran, que se enmarca en el Plan de Desarrollo Comunitario (PDC). Se trata de un proyecto en el cual los establecimientos se comprometen a ser una parte activa en la detección de situaciones de vulnerabilidad relacionadas con este colectivo, ya tengan que ver con la soledad, la falta de autonomía, el deterioro físico o mental o la gestión económica. El objetivo es, en el sentido más light de la palabra, vigilar a los mayores del barrio.

"Se están comprando viviendas a cuatro duros y se abusa de la gente mayor"

También para Pilar Lance, de Salesians Sant Jordi, una asociación que trabaja en el barrio, es una prioridad proteger a la gente mayor que está sola y que "sufre ciertos abusos (...) Hay muchos vecinos disruptivos y ocupaciones de viviendas. Hay menores no acompañados que no encuentran espacios para vivir y se tienen que instalar en pisos que okupan", asegura. "Es importante frenar la especulación, ya que se están comprando viviendas a cuatro duros y se abusa de la gente mayor".

Otro de los proyectos de intervención comunitaria es el Jardins Socials de la Mariola, que tiene como objetivo el encuentro semana vecinal para regenerar espacios públicos y zonas ajardinadas del barrio. El proyecto, que goza de gran popularidad, se plantea como un espacio de encuentro y diálogo entre vecinos y tiene como objetivo principal trabajar la cohesión social del barrio. Sin embargo, la preocupación principal de La Paeria no es la cohesión social sino la cronicidad de la pobreza en el barrio, pero, a pesar de que se trabaja en diferentes aspectos para lograr una intervención comunitaria eficaz ligada con la intervención social, las técnicas reconocen que no existe un plan integral para el barrio.

Mariola 20.000, un proyecto ¿fallido?

En septiembre de 2018, el por aquél entonces alcalde, Félix Larrosa (PSC), anunciaba el Plan Mariola 20.000, un plan urbanístico (en referencia a los 20.000 metros cuadrados que tenía que ocupar) que consistía en derribar los edificios más viejos e insalubres (la mayoría de los pisos en La Mariola son de 30-40 m2) para hacer nuevos bloques acondicionados, más dignos. "Una regeneración urbana que dinamice el barrio, el carácter comunitario y que haga avanzar un sistema público de equipamientos y de carácter económico que vele por las nuevas oportunidades de ocupación", decía por aquél entonces.

Bloque de viviendas de La Mariola, barrio de Lleida. QUERALT CASTILLO CEREZUELA

Todo aquello quedó en mera ilusión óptica cuando el año pasado cambió el color político del ayuntamiento y el PSC pasó a la oposición. Ahora con ERC gobernando, en coalición con En Comú de Lleida y JxCat, el Mariola 20.000 ha quedado completamente paralizado. "En realidad no llegaron a hacer nada, querían tirar los bloques Ramiro Ledesma, que son viviendas de 32 m2. Tienen déficit de instalaciones: no tienen ascensores y tienen muchos problemas con la limpieza de los depósitos del agua: suelen caer ratas y palomas muertas y la gente no se puede ni duchar", asegura Solís. El plan preveía derribar esos bloques, pero, según Solís, nunca se dio la información correcta a los vecinos de cómo se iba a llevar a cabo. "No se les dijo qué pasaba con sus alquileres, o con los pisos comprados, o con los realojos o qué pasaba con los pisos okupados. Realmente, nunca hubo un plan", dice el profesor. Ahora todo está paralizado.

Saliendo del barrio, aparece, como por arte de magia, un concesionario de BMW, pura poética. Los pájaros en jaulas a punto de competición aquí ya no se oyen: los coches les han arrebatado el derecho al ruido. Pasan veloces por el Gran Passeig de Ronda, el que separa La Mariola del resto de Lleida, el que separa y aísla un barrio hacia el cual la mayoría de los leridanos no quiere mirar.

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