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La Spartan Race o el sentido de los obstáculos

Los 'Limited Edition Athletes' son un grupo de deportistas apasionados del Cross Fit que deciden participar de una de las competiciones físicas más ambiciosos, la Spartan Race, una carrera llena de obstáculos en la montaña. Este equipo tiene un reto más: algunos de sus miembros son diversos funcionales, con movilidad reducida o falta de visión. Lucia, una deportista en silla de ruedas, cuenta cómo ha sido la primera carrera de montaña de su vida.

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Marco lleva a cuestas a Lucía, una deportista con movilidad reducida que participa de la Spartan Race./Karolina Genes

“El deporte no tiene sentido a no ser que se le dé un sentido. Y vosotros se lo dais todo”. Así recibió el speaker de la carrera a los atletas de las 14:45h. La razón por la que cada uno había llegado a la línea de salida de la Spartan Race era muy personal, pero a todos les movía un objetivo mayor.

La Spartan es una de las carreras más duras del mundo, montaña a través. “Se corre, repta, salta y nada”, definieron los organizadores de la primera competición de esta clase en 2010 en Vermont, Estados Unidos. Los obstáculos requieren escalar y descender muros resbaladizos, arrastrarse por el lodo, lanzamiento de lanza, cargar objetos pesados o saltar sobre fuego.

Cuando Marc propuso participar en la Spartan Race al grupo de CrossFit al que entrena, enseguida se animaron todos. Menos Lucía. Marc le preguntó por qué no contestaba:

—Porque no puedo hacerla yo— contestó Lucía.
—¿Por qué?— volvió a preguntar Marc.
—Mi silla es nueva, cuesta demasiado [8.000 euros]. Se rompería.
—¿Y cómo haces cuando vas a la montaña?
—Nunca he ido a la montaña.

Eso fue lo que golpeó a Marc. ¿Como que alguien de 25 años no había visto nunca la montaña? Había que ir. Si Lucía quería, había que poner todos los medios posibles para hacerlo.

El grupo al que Marc Gil entrena en CrossFit Les Corts tiene nombre propio: son los Limited Edition Athletes (Atletas de Edición Limitada), una organización sin ánimo de lucro de nueva creación. Tienen diferentes discapacidades —y diferentes capacidades—. Algunos son ciegos, otros lidian con las consecuencias de enfermedades diversas que limitan su movilidad. Lucía va en silla de ruedas. Todos entrenan CrossFit adaptado.

¿Qué hacía pensar al entrenador que estaban preparados para una de las carreras más duras que existen? Conocer tu máximo y darlo. Así funciona el CrossFit. Solo así se empujan los límites. Dice el fundador de CrossFit, Greg Glassman, que este entrenamiento te prepara no solo para lo desconocido, sino también para la incertidumbre.

“Solo había que encontrar la manera de superar los obstáculos”, dice Marc con simpleza. La organización se había negado a adelantarles detalles del recorrido para evitar filtraciones. Lo único que estaba en su mano era entrenar y equiparse: arnés, cuerdas, una colchoneta hinchable por si hacía falta flotar en el agua o el barro.

El primer obstáculo: necesitaban otra silla de ruedas. Consiguieron una prestada. ¿Era mejor que la de Lucía? “Era perfecta: no era la silla de Lucía. Era todo lo que necesitábamos”, responde Marc. A la pregunta sobre cuántos kilos pesaba, solo dice muchos, muchísimo, y ríe ahora, después de haber cargado silla y atleta, a ratos alternos, durante algo más de 3 horas. Pero eso no le preocupaba. “Era un buen reto y una buena oportunidad de trabajar en equipo. El simbolismo era muy poderoso: nos íbamos a enfrentar a obstáculos desconocidos todos juntos”, explica.

Lo que sí preocupaba a Marc, sin embargo, era que Lucía no tiene sensibilidad en las piernas. Si se golpeaba no le iba a hacer daño. Y aunque ahorrarse dolor pueda sonar bien, no es bueno. Cuando el cuerpo está cubierto de barro y no se pueden distinguir las magulladuras, la lesión puede no detectarse durante horas.
La comitiva de 23 personas (10 atletas adaptados y 13 asistentes) iba llegando a la puerta del box (como llama al gimnasio de CrossFit), en Barcelona. Se oían algunas felicitaciones por estar haciendo realidad el sueño de la Spartan Race. “Nada de felicitaciones – refunfuña Marc. Siempre igual. Y añadía, ya para sí mismo: “Solo quiero que regresemos todos de una pieza”.

Hacía esa especie de frío que anuncia que algo está a punto de pasar – quizá solo era el otoño que presagiaba el invierno. Muchos hacían la pregunta prohibida: “¿estás nerviosa?” Lucía sonreía fijamente, con una concentración anticipada, o como si acabara de darse cuenta de lo que está a punto de hacer. “Nerviosa no, ansiosa. Quiero hacerlo ya”. Hace apenas unos días era inimaginable. Pero tenía el equipo y cuando consiguió la silla... “las ganas ya las tenía, así que ya lo tenía todo”, resume.

El equipo contra los muros de madera

Y de repente ya eran las 14:45h en Les Comes, Súria, y un señor decía por megafonía que el deporte no tiene sentido a no ser que se le dé un sentido. Y que vosotros (que eran ellos, que éramos nosotros) se lo daban todo, el sentido. Y de repente ya corrían, y de repente un muro de madera. Saca el arnés, la cuerda, sube, baja. Listo. Vítores. “¡¡¡¡Solo quedan 24 obstáculos más!!!!”, dice Daniel, uno de los acompañantes de la ‘comitiva Lucía’, que la completaba Tati, la más fuerte de las chicas de la expedición. Los muros eran cada vez más altos. Alguien preguntaba “¿y ahora?”. Otro sugería “¿y si...?”, que desencadenaba el cuerda-arnés, a caballito o a hombros, sube, baja. En el caso de los atletas invidentes, los asistentes describían el obstáculo para que tuviera toda la información y así pudiera decidir si lo sorteaba o lo hacía, y cómo lo hacía.

Los demás corredores les animaban al adelantarlos, e incluso les ayudaban, por ejemplo, a cargar la silla. “Fue bonito, pero a la vez, ¡qué presión…!”, ríe Marc. Sabía que estaban obstaculizando el camino (ya de obstáculos, de por sí). Quedarse los últimos fue un alivio, el ritmo por fin lo marcaban solo ellos.

El equipo y Lucia deliberan cómo sortear un obstáculo de la Spartan Race con la silla de ruedas./ Karolina Genes

Ser los últimos no es problema, excepto si las secuelas del huracán Leslie se ciernen sobre Súria, y pronto anochece. El servicio meteorológico de la Generalitat mandaba alertas naranjas de lluvia, pedía que se adelantara el regreso a casa de fin de semana. El ‘campo base’ se iba vaciando de a pocos, donde a lo largo del día los demás corredores se reponían tras el manguerazo para quitarse el barro y después de comer grandes dosis de proteínas. La organización desmontaba los obstáculos detrás de nuestro grupo de atletas. El que manejaba la música puso “Purple Rain”. Cuando suena Purple Rain bajo la lluvia y el esfuerzo es salvaje, no puedes sino cantarla. Cantaron, claro. Mientras seguían escalando en equipo, en forma de araña, o pájaro, como si hicieran castillos humanos. Más de una quincena de fotógrafos oficiales esperaban de brazos cruzados en su puesto hasta que el destacamento llegaba.

Pero la imagen que captaron valía la pena. El grupo personificaba todo lo que la Spartan Race aspira a ser —y a veces consigue—. Este tipo de carrera, todavía joven, y más en España, sigue en busca de su propia identidad. Para muchos es un gran reto de superación personal, para otros pura diversión liberadora. Sin embargo, el escenario espartano oscila a ratos entre la pasarela de la hipertrofia, las feromonas apoteósicas y la reivindicación femenina del fitness.

No solo la Spartan Race es importante para estos atletas. También estos atletas son importantes para la Spartan Race. Ellos son todo lo que una carrera quiere llegar a ser. El tipo de la megafonía les regaló un “Friends willl be friends” para que cruzaran la meta en un sprint final, cogidos de manos y pies.

Volvieron de una pieza. Pero la pregunta era inevitable: ¿Para qué han servido tres horas y media de sufrimiento? “Hemos demostrado que hay mil maneras de superar los obstáculos. Y que, además, la que escogimos, siempre con trabajo en equipo, era buena. Pero no es la Spartan Race, es todo el trabajo que hay detrás”, responde el coach, sin poder ocultar una punzada de orgullo por su grupo.

Llegada a la meta final del Spartan Race, donde participan personas con diversidad funcional./Karolina Genes

“Me habéis hecho sentir que no ver no es un problema”, dice Miriam a sus compañeros al terminar la carrera. Las palabras “equipo, experiencia, increíble” son las más repetidas entre los atletas. “Me duele todo, pero estoy inmensamente feliz por haber hecho esta locura y me siento muy afortunada por el equipo increíble que decidió ser parte de esta experiencia, asumiendo una gran responsabilidad”, escribe Lucía pasada la medianoche, cumpliendo la promesa de poner para Público.es palabras al remolino que la sacude.

“Sentí muchas cosas que no sé describir porque nunca antes las sentí. Pero sobre todo muchas ganas. Ganas de darlo todo, ganas de superar cada obstáculo, ganas de disfrutar al máximo y sobre todo ganas de demostrarme que los límites los ponemos nosotros”, dice la chica.

Los mensajes de felicitación se sucederán durante días, y ahora ni siquiera Marc hará ese gesto con las manos para que no digan nada. Los atletas que no pudieron asistir a la carrera también escriben a sus compañeros: “El año que viene me quiero mojar en ese mismo barro”.

Al día siguiente todos fueron a entrenar. Dos de los espartanos, Miki y Ana, intentarán clasificarse al mundial de CrossFit adaptado en enero, Wodapalusa, en Miami. Pero el objetivo por el que todos se mueven es el de seguir superando obstáculos. Incluso los muros que no se pueden tumbar, se pueden escalar. Superarlos y superarse. Que es lo único que le da sentido a todo esto.

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