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De 'West Side Story' a custodiar a Camilo Sesto: la historia de los Ojos Negros, la banda callejera del Madrid de la posguerra

Eran jóvenes, soñadores, autodestructivos. Pertenecían a una de las pandillas callejeras que durante los 60, como si de una película americana se tratara, convirtieron la periferia de Madrid en un campo de batalla.

Entrada al club Proa en el Cerro del Tío Pío, Madrid, en los sesenta.
Entrada al club Proa en el Cerro del Tío Pío, Madrid, en los sesenta. CARLOS PÉREZ-DÍAZ. Archivo FAMILIA CARLOS PÉREZ-DÍAZ | Cedida por PERIÓDICO VALLECASWEB.COM

La imagen es demoledora. West Side Story, que se ha estrenado en Madrid en el céntrico cine Paz, se convierte en un éxito taquillero y empieza a proyectarse por el resto de barrios de la ciudad, hasta llegar a la periferia. La película, protagonizada por unos muchachos neoyorquinos guapísimos que bailan, se hostian y juran lealtad a sus bandas, prende como un fósforo sobre un fardo de paja. Estamos en la primavera de 1964. Se oye barullo en el interior del Real Cinema Torre de Madrid. De repente, se abren las puertas. Una marabunta de chavales se derrama sobre las calles. Están felices, excitados. Descontrolados. Sus gritos cruzan el aire como pájaros enloquecidos. Algunos se cogen de los hombros y hacen girar las navajas con la mano. Otros suben a los capós de los coches y mueven las piernas al son de guitarras imaginarias. También los hay que insultan o empujan a los transeúntes. Nadie entiende lo que está pasando. Son como una marea que lo arrasa todo a su paso.

Las hazañas de los Jets y los Sharks han calado hondo en los cuerpos de esos veinte críos. Dando brincos, van regresando al extrarradio, de donde proceden la mayoría. Una cuadrilla de amigos cegados por la luz de la ficción. Una tropa de adolescentes a los que se les ha negado el futuro creyéndose que el mundo es suyo. De verdad.

"Parece una locura, es cierto, pero en realidad no lo es. Lo traducen a su entorno, al suburbio en pie de guerra, y eso fue lo que sucede entonces, cuando lo imitan oleadas de chavales, hipnotizados ante lo que muestra la película, el tipo de violencia extremadamente masculina y sexual, las luchas callejeras con sabor a rock and roll [...] Es la locura. Es la guerra total", escribe Servando Rocha en un documento de Word. Ese texto acabará siendo un libro.

Rocha es el autor de Todo el odio que tenía dentro (La Felguera, 2021), monumental novela de no ficción que recorre las vidas no menos monumentales de aquellos chicos. Se centra sobre todo en uno de ellos, Dum Dum Pacheco, que acabará alcanzando la fama como boxeador, pero persigue un objetivo más grande: contar la historia jamás contada de la España franquista. Hallar la grieta por la que se accede a ese sótano oscuro de nuestro pasado. Palizas brutales, cuarteles policiales, silencios cómplices, billetes manchados. Lo que muchos pretendieron dejar atrás.

Para lograrlo, el escritor tiene un país demacrado por una guerra, una dictadura que apesta a pólvora y un grupo de gamberros surgidos de los arrabales madrileños con ganas de marcha: les llaman los Ojos Negros.

También tiene poco tiempo.

"Cuando tus protagonistas son personas que a principios de los 60 tenían 17 o 18 años, existe el riesgo de que fallezcan de un momento a otro. A medida que me iba demorando en la escritura, lo que me encontraba era un recuento de muertos", explica Rocha a Público sobre el laborioso proceso de documentación de su obra. Los pocos miembros de la banda a los que la mala vida, un tiroteo o la cárcel no habían quitado de en medio, corrían el riesgo de marcharse en cualquier instante. "Mi intención era que el libro reconstruyese una memoria mutilada. Había que escribirla en el último minuto, antes de que se esfumara para siempre".

Servando Rocha: "En el extrarradio había mucha más libertad entonces que ahora. La policía no aparecía por ahí, salvo que fueran delitos políticos"

Relatar el viaje errante de los Ojos Negros, esos chavales que comenzaron idolatrando a rockeros del cine y acabaron huyendo de los maderos en moto después de atracar una farmacia, o repartiendo a diestro y siniestro en inenarrables batallas campales, es regresar a una España comida por el polvo y las tinieblas, en la que el régimen ignora a los más necesitados y las abandona a su suerte. A finales de los 50, Franco y el Instituto Nacional de la Vivienda inician el plan de deschabolización franquista, que se propone reemplazar los asentamientos de casuchas que rodean el centro de Madrid por enormes bloques de edificios. Al dictador le preocupa qué imagen proyecta el país en el exterior, con una Europa que simula galopar hacia la modernidad. Es solo fachada: cambian los paisajes, se enquista la pobreza. Así nacen los suburbios. La fisonomía del sur de la capital se transforma. Y en medio de las grúas y los descampados, emergen también las primeras pandillas callejeras. Muchos de sus componentes provienen de familias humildes, obreras, que tratan de salir adelante honradamente tras la profunda crisis económica que ha traído la posguerra. Algunos de sus hijos, sin embargo, eligen un camino distinto. No están dispuestos a que esa humareda y ese ambiente deprimido liquiden sus ansias de divertirse. Irán demasiado lejos.

La lista de nombres dibuja una trama de ciencia ficción. Los Cascabeles, los Dean, los Látigos, los Campanos. Parece una película, pero no lo es. Bandas de jóvenes que defienden sus barrios "a golpe de navaja y estilete", y que pronto darán el salto a la delincuencia. Nada los frena. Nadie les para los pies. "Cuando hacía entrevistas", cuenta Rocha, "la mayoría de gente me repetía que en el extrarradio había mucha más libertad entonces que ahora. La policía no aparecía por ahí, salvo que fueran delitos políticos". Entre todos los clanes, hay uno que da más miedo que el resto. No son pocos los que le aseguran al escritor que durante aquellos años se les consideraba los reyes absolutos de la calle. "Los amos indiscutibles". Salían vencedores de todas las peleas con las otras pandillas. Eran bravos, habilidosos. Estaban curtidos, se notaba en cada golpe. Pegaban con cadenas, barras de hierro, tuberías arrancadas. Lo que encontraran. Escondían cuchillas de afeitar en los pliegues de la ropa. Si algún despistado no los reconocía y retaba a uno a un pulso, o lo miraba mal, estaba sentenciado. Eran los Ojos Negros.

En otros países europeos, en ese momento, están brotando fenómenos similares. Los teddy boys se abren paso en Inglaterra. Los blouson noirs crecen en Francia. Los nozems hacen de las suyas en Holanda y los halbstarken en Alemania, Austria o Suiza. Ningún gobierno ni medio de comunicación sabe cómo tratar a esa juventud agitada que se está escabullendo del molde. Hay incomprensión. Hay pánico. Hay olvido. Todos se creen a salvo. Todos descuidan la vida en los márgenes de sus ciudades. Hasta que el problema les estalla en la cara.

En Madrid, "la policía y los secretas hacen la vista gorda. A su manera, sueñan con lo que dice la prensa: que terminen matándose entre sí", escribe Rocha. El gamberro no ha existido hasta entonces y se desconoce qué es lo que busca. Un prestigioso doctor llega a afirmar en una conferencia que "un buen porcentaje de gamberros son psicópatas y, por tanto, no perciben más que el presente [...] El gamberro tiende a constituirse en bandas; un grupo aventurero antisocial frente a la monotonía de su vida laboral y sentimental, basado en la actuación violenta".

Mientras tanto, los Ojos Negros, versos libres que florecen en el páramo, siguen su camino. Llevan el pelo largo, despeinado. Se cubren con chaquetas negras. Botines altos, ideales para bailar o para patear al enemigo. Mirada desafiante. Suelen ir juntos. También hay chicas, que tienen su propia facción en el grupo. Odian a la pasma. Odian a los pijos. Odian a los curas. Odian, sobre todo, a los chivatos. La mayoría no ha cumplido aún los veinte años, pero ya tiene más historias que contar que esos cincuentones barrigudos a los que no les piensan suplicar por ningún trabajo. La banda posee sus propios medios para prosperar. La madrugada madrileña, en plena efervescencia, es su sitio. Se montan conciertos de rock, de jazz o bailes en toda clase de lugares. En naves apartadas, en clubes y bares más concurridos. El Nikka's. Los Boys. El Shine. Siempre los verás merodeando por ahí. En muchas ocasiones, los propietarios de los negocios los contratan para que no se desmadre la fiesta y el local no acabe destrozado. La maniobra obedece a una lógica macabra: si no puedes con el enemigo, únete a él.

Los guardaespaldas de Camilo Sesto

Rocha dice que la primera vez que dio con ellos fue leyendo las memorias de Camilo Sesto. A principios de los 60, cuando el cantante todavía soñaba con convertirse en una estrella del pop, se encontró con la pandilla en una discoteca de Usera. Al principio le llamaron la atención sus pintas "estrafalarias" y que fueran "unos bailones formidables". Pero hay que suponer que poco a poco fue descubriendo de lo que eran capaces. De hecho, durante cinco o seis años, los Ojos Negros ejercieron de guardaespaldas del artista, al que protegían de los diablos de la noche y le conseguían conciertos a partir de esos empresarios con los que trataban o directamente extorsionaban.

A la par que cada vez se metían en líos más gordos, protagonizando robos o trifulcas con la policía, entrando y saliendo de los penales franquistas, lograban trepar hacia esferas más elevadas

Los Ojos Negros apuntaban alto. A la par que cada vez se metían en líos más gordos, protagonizando robos o trifulcas con la policía, entrando y saliendo de los penales franquistas, lograban trepar hacia esferas más elevadas. "Sin embargo, su estructura era tremendamente informal", apunta Rocha. "Nunca he llegado a saber cuántos eran, por ejemplo. Cuando he preguntado por el número de integrantes, me he encontrado con respuestas dispares. Unos me decían que eran diez. Otros que, cuando se reunían para pelear, podían llegar a ser cuarenta".

Lo que siempre estuvo claro fue su jerarquía.

La historia maldita de los Ojos Negros pivota sobre dos nombres: Ángel Luis Telo y Mariano Revilla.

El primero, el líder incuestionable. De su mirada indescriptible, "era como una taladradora", proviene el nombre de la pandilla. Cuentan que aquellos ojos, "muy fríos y secos", dejaban paralizado a cualquiera. Aunque la verdad es que todo su aspecto intimida. Su rostro hiela la sangre. Expresión ruda, rasgos marcados, cabellera oscura. Un cherokee perdido en la gran ciudad. Como el resto de sus súbditos, las drogas, que todavía no han penetrado en el ambiente, no justifican su atroz temperamento. Ángel Luis pocas veces bebe alcohol. Acostumbra a quedarse acodado en la barra con un vaso de leche en la mano. Hasta que vuela la primera hostia y ocupa su posición en el frente. Trabaja de extra en algunos westerns de la época, "porque tenía una pinta muy amenazante y una cara que parece de indio". No hay fotos suyas en Google. Rocha conserva dos, y asegura que solo con verlas entiendes por qué nadie osaba enfrentarle. Si está solo, se le va la cabeza a la mínima. Si le acompañan los suyos, emerge la bestia implacable. Nada puede salir mal cuando está así. Por algo el trayecto de los Ojos Negros, que sube hacia arriba y luego cae en picado, está íntimamente ligado a su suerte, que irremediablemente le condenará a un final miserable.

Mariano Revilla, por su parte, es el número dos. Su aspecto no es tan salvaje, pero se hace respetar por su corpulencia. Un bicho de 1,90 que se atreve con todo. Una noche le parte la boca a un agente, lo detienen y le cae un consejo de guerra. Conoce la cárcel, sabe qué pasa si te pillan y te meten en la Dirección General de Seguridad del régimen para interrogarte, "un cuento de terror", "un agujero negro", donde lo más suave que recibes son bofetones con la mano abierta. Le han disparado tres veces. Le han apuñalado otras cinco. Ha sobrevivido a todas. Cuando Rocha trabaja a contrarreloj en su manuscrito, es de los pocos que siguen resistiendo. Acude a él. Revilla le lanza una advertencia: "Hablaré contigo, pero solo sobre lo que tenga que ver conmigo. De los muertos no diré una sola palabra".

"Lealtad de los bajos fondos"

El aviso no sorprende al escritor. Le ha ocurrido algo muy similar con otras fuentes. Hay algo que las empuja al silencio. Fueron fieles a la banda, por la que aseguran que lo hubiesen hecho todo, y lo siguen siendo. Pueden haber transcurrido décadas. Pueden estar arrepentidos de aquella sed de violencia que marcó su juventud. Da igual. Hay límites que no se cruzan. Rocha lo interpreta como una suerte de "lealtad de los bajos fondos". Ese rechazo a hablar mal de los que ya no están, después de todo, también muestra el miedo que se tenían los unos a los otros. Quién les asegura que no van a encontrarse en otra vida.

Lo que sí que le aclara Revilla al autor es cómo fue el final de Ángel Luis. Esa tarde del 20 de junio de 1985, cuando el cabecilla, que durante todo este tiempo jamás ha corregido su rumbo, acude a un barrio a reclamar un dinero que alguien le debe y le acaban descerrajando cinco tiros a quemarropa. Acto seguido, con el asesino huido, los vecinos lo suben a un coche. A los pocos minutos, dejan su cadáver enfrente del hospital 12 de Octubre. Esa muerte, dos décadas después de que todo comenzara, supone también la conclusión del infausto periplo de los Ojos Negros. Sin líder, ya no hay banda que valga.

Se lee en la magnífica novela Todo el odio que tenía dentro: "Esto ya no es una peli de polis y ladrones, sino la crónica de un naufragio".

Se tiende a asociar cualquier hecho delictivo perpetrado por un joven nacido en una zona humilde de una gran ciudad española durante el franquismo o la transición con la famosa y mediatizada saga de los quinquis. Pero los Ojos Negros no pertenecen a ese relato. Como mucho, fueron sus precursores. "No eran quinquis", subraya Rocha. "De hecho, se llegaron a enfrentar a ellos a tiros. Es verdad que, en el mundo donde se movían, en los poblados marginales, se cruzaban con los quincalleros. Pero no pertenecían a lo mismo. Los Ojos Negros están más cerca de la subcultura anglosajona que del Lute, el Vaquilla o el Torete". Son la historia antes de la Historia. Cuando a partir de los 70 algunos quinquis empiezan a aparecer en la prensa por sus sonados atracos y se funda el mito, aquellos chavales de las chaquetas negras responden con indiferencia. Hay una frase de Dum Dum Pacheco en el libro de Rocha que fulmina de un guantazo tanto idealización y coloca las cosas en su sitio. Cuando el boxeador es informado de que han detenido a varios de esos tipos por robar decenas de coches y bolsos, reacciona sin sorpresa: "Nosotros inventamos eso".

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