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Músicos que se exiliaron en España huyendo de las dictaduras suramericanas

De Moris a Calamaro, Argentina ha sido el país que más ha espoleado los micrófonos y nutrido nuestras bandas. Chilenos y uruguayos también buscaron refugio, mientras que la migración económica y cultural procede de Europa, el Caribe o África.

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Ariel Rot y Alejo Stivel, de Tequila, junto a la actriz Cecilia Roth. / Foto: @arielrotoficial


Desde que Joe Strummer se plantó en Granada para desenterrar la tumba de Lorca hasta el reciente aterrizaje del pianista James Rhodes en Madrid, los artistas anglófonos que han vivido en España son legión: Mike Oldfield, Paul Collins, Josh Rouse, Ronnie Wood y un largo etcétera. Sin embargo, la nación que más ha espoleado los micrófonos y nutrido las bandas de excelentes músicos quizás sea Argentina.


La dictadura militar (1976-1983) provocó el éxodo de artistas, quienes engrasaron la maquinaria sonora de este país e incluso terminaron convirtiéndose en estrellas, como los tequilas Alejo Stivel (apócope de Stivelberg; voz) y Ariel Rot (apócope de Rotenberg; guitarra). El primero fue un productor de éxito (Joaquín Sabina, La Oreja de Van Gogh, El Canto del Loco, M Clan...) hasta que, tras décadas de silencio, en 2011 debutó en solitario con Decíamos ayer, en el que versiona el Sábado a la noche de su paisano Moris. Mientras, el segundo reeditó los éxitos de Tequila con Los Rodríguez, banda hispano-argentina en la que también militó su compatriota Andrés Calamaro, y actualmente defiende sobre las tablas su rock de autor reposado.


Todos viven en Madrid, adonde a lo largo de los años han ido llegando numerosos argentinos, desde Sergio Makaroff hasta Andy Chango, quien tuvo una hija con la actriz Emma Suárez. Calamaro, en cambio, regresó a Buenos Aires, si bien pasa temporadas en la capital: conserva su piso en La Latina y se deja ver en los toros.


Tras el primer acercamiento, siguió habiendo un flujo de músicos que no respondía tanto a un exilio político forzoso como a una migración económica y cultural. Actualmente, le das una patada a una banda y saltan miembros como Luli Acosta (batería de Los Nastys) y Abel Cazetta (el multicultural Cosmosoul, del que hablaremos luego) o instrumentistas como el guitarrista Baltasar Comotto, los bajistas Hernán Olalla y Fernando Lupano, los baterías Andrés Litwin y Martín Bruhm, la violonchelista Marina Sorín o el teclista Luca Frasca. Su mera enumeración daría para un libro.


Antes, María Teresa Campilongo se había convertido en Rubi y los Casinos, quienes popularizaron Yo tenía un novio (que tocaba en un conjunto beat), compuesta por su entonces marido, Joe Borsani. Ambos eran miembros de Los Tíos Queridos, de gira por Europa cuando el golpe de Estado de Videla, por lo que estimaron conveniente hacer parada y fonda en Madrid. El grupo de Rubi cambiaría su nombre por el de Sissi, imposiciones de la discográfica, pero no tendría tanto éxito.


Meses antes que ellos, en 1975, Aquelarre había viajado a España para presentar Siesta y se quedó dos años por estos pagos. Al tiempo, se vino Moris, quien dejaba atrás un ambiente político ya enrarecido. A los tres años de su aterrizaje, edita Fiebre de vivir y, ajeno a las modas imperantes, se consolida como un artista de culto. Durante una larga temporada, sólo vuelve a su país para los conciertos de rigor que suceden a la grabación de un álbum. A su ciudad de acogida le dedica Madrid esquina asesina y La ciudad no tiene fin, despidiéndose de España a finales de los ochenta con el doble directo Moris & Amigos.


Su hijo, Antonio Birabent, quien se había criado entre Madrid y Buenos Aires, regresaría a la capital española a finales de los noventa, donde publica con Subterfuge Anatomía y antes Azar, un elegante disco que pasó injustamente desapercibido. Como su padre, él también se volvió a Argentina, presentó programas de televisión, protagonizó series, hizo cine y siguió editando música, claro.


“Y no hay que olvidarse de Esteban Hirschfeld”, barre para casa Alejandro Díez, exlíder de Los Flechazos y actualmente al frente de Cooper. El músico leonés —de adopción— recuerda su paso por Gabinete Caligari y Los Mockers, banda de beat uruguaya de los sesenta que décadas después volvería a subirse a los escenarios, para deleite de los asistentes al festival Purple Weekend de León. Hirschfeld rivalizó con los también montevideanos Shakers antes de que la dictadura de Juan María Bordaberry lo forzase a viajar a Alemania, donde estudió sonido.


Cuando recaló en España —para escribir artículos sobre la agitada transición política—, decidió quedarse y se convirtió en un secundario de lujo de la liga nacional del rock. En Barcelona fue teclista de Los Rápidos, combo fundado por Sergio Makaroff y germen de El Último de la Fila, donde Manolo García tocaba... ¡la batería! Ya en Madrid, se incorporó a los fugaces The Nativos, autores de un único maxi producido por Paul Collins —detalle para fans: Josele Santiago, cantante y guitarra de Los Enemigos, llegó a tocar en el grupo—. Luego tocó con Nacha Pop y con Gabinete Caligari, cuyo cantante, Jaime Urrutia, solicitaría sus servicios como productor de su obra en solitario.


De la Invasión Uruguaya a La Joven Guardia, otro referente beat al otro lado del charco al que alude el cantante de Cooper. La voz y guitarra de la banda argentina, Roque Narvaja, dejaría su país en la antesala de la dictadura, pues sus letras como cantautor atentaban contra los cimientos del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional: Camilo [Cienfuegos] y Ernesto [Che Guevara], Revolución mi amor y Balada para Luis [Pujals, militante desaparecido del Partido Revolucionario de los Trabajadores] eran tres de las canciones del disco Octubre, un título que supura rojez.


El artista de Córdoba, aunque afincado en la provincia de Buenos Aires, llegaba a Madrid con su mujer y su hijo, donde saborearía las mieles del éxito con cortes como Yo quería ser mayor y Menta y limón, aunque quizás su gran hit fuese un himno popularizado por un grande del rock español. “Dame tus manos, siente las mías, como dos ciegos…”, cantaba Miguel Ríos en Santa Lucía, obra de Narvaja, quien también la interpretaría en su álbum Un amante de cartón. Desde que Raúl Alfonsín instauró la democracia, estuvo con un pie aquí y otro allá: en 1989 se instala en Junín, en 1995 vuelve a España y, finalmente, fija su residencia en Rosario, donde ejerce como instructor de vuelo.

Andrés Calamaro y Ariel Rot, de Los Rodríguez.


Muchos de estos artistas han pasado por la sala El Sol, cuya programadora, Marcela San Martín, también dejó atrás su país huyendo de una dictadura: el Chile de Pinochet. Tras pasar por Perú, Cuba y la República Democrática Alemana, recaló en Madrid, donde se encarga de escoger a los grupos que tocarán en uno de los locales de música en vivo más emblemáticos de la capital.


Argentina, pero también Uruguay, Brasil, Paraguay y Chile.


Todos esos estados atravesaron situaciones políticas muy complicadas, por lo que nos vimos forzados a emigrar para poder tener no solo libertad de movimientos, sino también de expresión. Cuando vives en un dictadura, debes salir huyendo para poder expresarte, como ocurrió con todos los músicos que has citado. Luego, también ha habido un factor económico, porque las crisis en Perú, Ecuador, Brasil o Argentina obligaron a mucha gente a buscarse la vida fuera. Es decir, están quienes salieron en el 75-78, los Rot y compañía, y quienes llegaron con el corralito, como Marcelo Champanier y otros tantos.


Muchos, como pudo verse en la celebración del bicentenario de la independencia de Argentina que tuvo lugar en La Riviera en 2010. Mezclados con algunos artistas españoles, en el cartel estaban Andy Chango, Coti, Sergio Makaroff, Claudio Gabis, Salvador Domínguez, Leonor Marchesi y Onlyrica, Fran y Juanma Ons de Phantom Club, así como los invitados Osvi Greco, Federico Lechner, Mauro Mietta...


Sí, pero también se han venido músicos chilenos, como Soledad Vélez. Ella quiso hacerse un hueco aquí, no vino por cuestiones políticas, como le ocurrió al padre de Matías Coulón, hijo del exilio y guitarrista de Psilicon Flesh.


[A Quilapayún le pilló el golpe de Pinochet de gira por Europa y decidieron quedarse en Francia, adonde también se exilió el grupo Illapu. Patricio Manns logró huir a Cuba y tardó diecisiete años en volver. Inti-Illimani fue a parar a Italia. También hicieron un llamamiento a la solidaridad con la oposición chilena Osvaldo Torres, Los Jaivas, Payo Grondona, Ángel e Isabel Parra, Osvaldo Rodríguez… Cantaron la denuncia y luego cantaron el desarraigo. "Nos partieron en dos”, como en aquel diálogo de Mario Benedetti. “Más que eso, nos partieron en pedacitos"]


Años después, los hijos y nietos musicales de aquellos exiliados chilenos viajan a España por voluntad propia, como Javiera Mena, quien ha desarrollado una carrera paralela en nuestro país y, además de publicar discos y dar conciertos, hace un par de años se dejaba ver por Galicia con su novia lucense. Como ella, también han tocado por aquí los grupos Astro y Dënver, así como los solistas Ana Tijoux y Gepe. Incluso algunos decidieron quedarse, como Yanara Espinoza, voz y guitarra de Papaya, donde toca el teclado el porteño Sebastián Litmanovich, de Cineplexx.


Chile es un país con una frontera muy grande, que son los Andes, y cruzarlos supone un gran esfuerzo. Mäs allá del obstáculo físico, también es una frontera figurativa, o sea, una divisoria ficticia y mental. Igual que la que tenemos los españoles con Portugal, que a su vez mira a Suramérica y a Inglaterra más que a España. Y nosotros, los españoles, en vez de observar a Portugal, dirigimos la vista hacia arriba o hacia más allá. Por ello, de alguna manera, a los chilenos les puede resultar, entre comillas, más fácil tocar en España que en los países limítrofes. Dale la vuelta y fíjate en lo que les ha costado a los artistas españoles llegar a Suramérica. Eso de viajar anualmente para dar conciertos en México, Argentina o Colombia sólo lo hacen algunos y, salvo excepciones, desde hace poco tiempo.


¿Qué les atrae de España a los músicos extranjeros?

El idioma y el clima, algo que no hay que olvidar, y te lo digo yo que viví en Alemania. Y, por supuesto, la comida. Aquí puedes encontrar los alimentos que hay en tu tierra, lo que hace que no añores tanto tu país: maíz, aguacates, frutas o mejillones, que en Alemania hace años eran inencontrables o carísimos. En España no extrañas tanto tu tierra, aunque luego te das cuenta de que el carácter de los españoles no tienen nada que ver con el nuestro. Allí abrimos las puertas de nuestras casas a la gente, mientras que aquí sucede todo en el bar. Ojo, porque lo de la comida y el sol no son tópicos. Era lo que yo sentía cuando crucé el charco. En el norte de Europa, se hace de noche muy temprano y la vida resulta gris. Hay que sentir el frío, la oscuridad, la cultura y el idioma para darse cuenta de lo dura que puede llegar a ser. Además, en el caso de los suramericanos, somos primos hermanos de los españoles. Es una cuestión histórica.


Quizás también haya un factor musical: la riqueza de estilos, el misterio y el exotismo del flamenco, etcétera.

España es muy rica musicalmente. Volvemos a las raíces, de donde venimos. El 99% somos migrantes y por nuestra sangre corre todo tipo de culturas. Aquí hay una mezcla de casi todas ellas, y eso enriquece a la música, porque picoteas de los árabes, de los sefardíes, de los franceses… Al final, tienes una mezcla muy rica que le resulta familiar al oído del extranjero. Siempre habrá un toque que te recuerde a Marruecos, porque al fin y al cabo todos procedemos de África, y ese ritmo está ahí.


Precisamente, muchos músicos africanos se instalaron en España. Ahí está la escudería del sello Nube Negra, con los vecinos de Madrid Bidinte (Guinea Bissau), Hijas del Sol (Guinea Ecuatorial), Rasha y Wafir (Sudán), Seydu (Sierra Leona) y La Banda Negra, compuesta por algunos de los anteriores y por los hermanos Ass, Mass y Pap N’Diaye (Senegal).

También recomiendo Pequeño corazón de África, una recopilación maravillosa de grupos ecuatoguineanos que mezcla varios estilos. Su objetivo es dar a conocer la música que se está haciendo en España con sonidos africanos, desde el hip hop hasta música de raíz. Muchos artistas o sus familias proceden de allí, por lo que resulta muy enriquecedor. Y tampoco habría que olvidarse del rapero Frank T, cuyo padre era traductor de boxeo en Zaire cuando tuvo lugar el mítico combate entre Muhammad Ali y George Foreman. Luego le propusieron ir a trabajar a Estados Unidos, pero cuando vino a España a solicitar el visado, le dijeron que no y se quedó aquí.


Y por El Sol han pasado muchos de ellos.

El Sol, desde siempre, ha acogido a todo el mundo. Es un lugar cosmopolita, un sitio de encuentro. Luego hay músicos que le cogen cariño y lo convierten en una plaza fija. Yo he vivido momentos especiales. Josh Rouse, por ejemplo, presentó aquí 1972, uno de mis discos favoritos de la música americana. Seguimos teniendo muy buena relación, al igual que con Alondra Bentley, quien ha hecho lo propio con Resolutions o The Garden Room. Aunque se crio en Murcia, sus padres son ingleses. Y esa riqueza cultural la transmite en sus canciones.

La chilena Soledad Vélez. / PAU MONTEAGUDO

De África al Caribe


Se quedan muchos artistas y bandas africanos en el tintero, algunos incluso emparentados con los músicos citados. El nigeriano Akin Onasanya, batería y percusión en Cosmosoul, lidera Ogun Afrobeat, en la que milita el colombiano Shangó Dely y en cuyo último disco, Koko Iroyin, han colaborado Aqeel, Seydina Mboup, Mohammed el Bouzidi, Bilal Artiach y Frank T.


También en Cosmosoul, Alana Sinkëy, nacida en Guinea-Bissau y criada en Portugal, vocalista a su vez de Patax y de la compañía de Eva Yerbabuena. Las cantantes Yuma y Nakany Kanté son de Guinea Ecuatorial, el país de los padres de la barcelonesa Marga Mbande y de la mallorquina Concha Buika, aunque en su caso los suyos huyeron por motivos políticos.


No se nos olvidan otros artistas suramericanos y caribeños como la cantante venezolana Georgina, quien durante una gira con el dúo Tisuby y Georgina conoció al guitarrista de Despistaos, José Krespo, y decidió quedarse en Madrid. El rapero portorriqueño René Pérez, Residente, fundó Calle 13 tras regresar de Barcelona, adonde había viajado después de estudiar un posgrado en Bellas Artes en la Savannah College of Art and Design, en Georgia. Buscó trabajo y no lo encontró, aunque aprovechó para estudiar cine.


El trompetista portorriqueño Jerry González, sin embargo, sigue en España. En su día, dejó Nueva York por Madrid, aunque ha terminado en Vigo, donde está casado y tiene una hija. Con estrellas mundiales del jazz latino paseando por sus calles, no extraña que siga sin amanecer en Bouzas.


Cuba daría para un capítulo aparte. Muñeco fue percusionista y pareja de Amparo Sánchez, aunque alternó Ojos de Brujo con Amparanoia. Con ella también tocó el guitarrista inglés Robert Johnson, luego enrolado con Tonino Carotone. De ascendencia irlandesa pero nacido en Scarborough, en el condado de Yorkshire, durante años fue vecino de Granada. Allí conoció a la fotógrafa algecireña Mamen Fuertes, con quien se trasladó al barrio madrileño de Lavapiés, donde falleció en 2007.


Volviendo a Cuba, la escena madrileña del jazz latino tiene el placer de contar con el piano de Caramelo, el bajo de Alaín Pérez y el saxo de Inoidel, en cuyas legendarias jam sessions de los domingos en el antiguo Café Berlín —¡gratuitas!— solía irrumpir un espontáneo apellidado González para poner al límite su trompeta. Y qué decir de los tiempos de La Vieja Trova Santiaguera en Lavapiés, con Reinaldo Creagh y el resto de octogenarios abrevando mojitos en el bar El Eucalipto.

Brasileños con duende


El bahiano Rubem Dantas, gregario de lujo del jazz y del flamenco, ha tocado con Dolores, Camarón de la Isla y Chick Corea, pero si algo le deben en el sur es haber adoptado el cajon durante una gira por Suramérica con Paco de Lucía. O sea, el cajón flamenco no es tal, sino peruano, y fue reinventado por un percusionista brasileño. Rubem no ha perdido su meloso acento y sigue luciendo por las calles de Madrid sus rastas leoninas, aunque sus canas rugen cada vez más.


De Recife llegó Vaudí Cavalcanti, previa escala en Londres, donde conoció a María José en unas clases de inglés. Se fueron a vivir a Brasil y tuvieron dos hijos. Como no querían que los abuelos asturianos de su mujer muriesen sin conocer a sus nietos, viajaron a Avilés y allí se quedaron para siempre. Ahora, Vaudí canta a Víctor Manuel en brasileiro.


El bandeirante que años atrás les había abierto el camino fue Jayme Marques, guitarrista y compositor que introdujo la bossa nova en la España de los sesenta. Vivió en Madrid, estuvo ocho años en Palma de Mallorca y regresó a la capital, donde en 2016 más de cuarenta artistas le desearon un feliz ochenta cumpleaños durante un homenaje en la sala Galileo Galilei.


Quizás Dantas encontrase en Madrid más frío que en Salvador de Bahía, si bien el clima ha supuesto un reclamo para muchos músicos extranjeros.

Claro, de la misma manera que le resulta atractivo a los jubilados del norte de Europa, y a los no tan jubilados [risas]. España es un país con muchos reclamos, que hacen que miren hacia aquí cuando piensan en mudarse. Nada más aterrizar, congenian con los músicos locales, encuentran estudios de grabación, compran una casa y terminan quedándose. El mejor ejemplo es la influencia que han ejercido Bunbury y Paco Loco para que se instalen en el sur.

Alana Sinkëy, al frente de Cosmosoul.


Toma la palabra Xavier Valiño, autor del libro Retratos pop (T&B), que recoge sus conversaciones con algunos de los guiris que se establecieron durante algún tiempo, como Josh Rouse, Björk o Manu Chao. “Llevo muchos años entrevistando a músicos y suelen decirme que España, si no el primero, es uno de sus sitios favoritos para tocar. Dayna Kurt, por ejemplo, es la cuarta vez que actúa en Canarias. Cuando la llaman o se le presenta la oportunidad, se viene corriendo. Entre otras cosas, le encanta la comida. Estoy seguro de que, con tal de tocar aquí, está dispuesta a rebajar su caché”.


¿Cree que también influye el factor musical?

Por supuesto, sobre todo el flamenco, porque es un género que suelen desconocer y les resulta muy atrayente. Eso no significa que los tótems del género americana vayan a tocar la guitarra como Paco de Lucía, pero sí que es un ingrediente más. Ese cierto misterio del flamenco les llama la atención y tratan de empaparse de él durante un tiempo. Fíjate en Josephine Foster, la cantante folk de Colorado, que compuso Anda jaleo junto a su pareja Víctor Herrero en Mecina Bombarón, un pueblecito de la Alpujarra granadina. Allí, en el medio del monte, en una casita que no tendría ni electricidad, recupera algunas canciones populares recogidas por Lorca e interpretadas por La Argentinita para facturar un disco empapado de su vida en el sur.


No lejos de allí vive el primer batería de Génesis, Chris Stewart, cuyos libros han atraído a decenas de compatriotas. En cuanto a la influencia musical que podría ejercer Andalucía, el caso de Josephine Foster no es único.

Claro que no, hay más ejemplos de esa influencia, más o menos sutil. Tori Sparks no haría la música que está haciendo si no hubiese vivido aquí. ¿Y Josh Rouse? Vale, sigue haciendo lo mismo de siempre —pop de los setenta—, pero en alguna canción ha calado una vena más latina, más bossa nova, que le viene de residir en España.


Antes hablábamos de Phil Trim (Pop-Tops) y de Mike Kennedy (Los Bravos), que son los pioneros. Usted que ha buceado en las hemerotecas en busca de la huella censora del franquismo o ha viajado a la cara oculta de las portadas esenciales del rock, ¿para cuándo un libro sobre los primeros paracaidistas guiris en España?

Bueno, ya hay un libro de Àlex Oró Solé que trata el tema: La legión extranjera: Foráneos en la España musical de los sesenta (Editorial Milenio). Es un relato de las vivencias en la España de los sesenta de Tony Ronald, The Vampires, Os Duques o Los Impala.


¡Y qué España!

Imagínate a los miembros de The End coincidiendo en las noches madrileñas con el exbajista de los Rolling Stones Bill Wyman y con el afamado productor Glyn Johns, por cuyas manos pasaron The Beatles, Led Zeppelin, The Who, Bob Dylan, Eric Clapton o The Clash. De hecho, la amistad hizo que Wyman compusiese dos temas y produjese el disco Introspection, en el que Johns ejerció como ingeniero de sonido. Como se ve, todo esto viene de lejos: el sur de Europa siempre le ha tirado más a los artistas que el norte. El clima, la gastronomía y el corazón ya entonces eran un reclamo. Porque piensa que, una vez aquí, suelen hacer buenos amigos o encontrar pareja, como le sucedería años después a Paul Collins.


O ya la habían encontrado previamente. Ahí están la spice girl Victoria Beckham o Shakira.

En el apartado de famosos, Barcelona es un referente, caso de Ronnie Wood o Mans Zelmerlow, el vencedor de Eurovisión en 2015 con Heroes. Aunque en Madrid también viven caras internacionalmente conocidas, como Carlos Baute.


¿Algún descubrimiento? Porque habrá un montón de guiris que pasan desapercibidos...

Sin duda alguna, El Turista Optimista, bajo el que se esconde Rick Treffers. Un holandés residente en Valencia que canta en castellano y aporta una visión de España con un tono de recochineo. Eso de que unos amigos se despiden tras una fiesta, terminan dando las cinco de la mañana y nadie se marcha para casa. Unas letras muy buenas y divertidas, como se reflejan en los cortes de su debut, Ser español.

La francesa Cathy Claret.

El exotismo, cuestión de perspectiva


La música clásica es un filón, de Italia a Uruguay, aunque mejor no profundicemos en otros estilos porque quizás no hagamos pie: ¿alguna orquesta sinfónica donde no haya un instrumentista extranjero? Limitémonos al pop y al rock: el teclista y productor napolitano Sergio Salvi, media naranja de los electrónicos Delaporte, es italiano; y Cathy Claret, con un pie en el territorio flamenco, es francesa, aunque vivió entre Barcelona, Sevilla y Madrid, donde se escucha el eco del swing de su compatriota Gisele Wai Lau.


Francés —y medio gallego, medio ciudadano del mundo— es Manu Chao, quien llega y se va siempre sin avisar: una mañana montaba un estudio en Barcelona, una tarde paseaba por Lavapiés y una noche se dejaba caer en un humeante garito de Malpica, donde el fin del mundo.


Y si quieren exotismo —o quizás sea lo que ellos buscan—, el violinista libanés Ara Malikian buscó acomodo en Madrid cuando lo dejó con su pareja y ardió su casa londinense. Herman Brood, “el gran y único músico holandés”, aparcó la música en Cadaqués para dedicarse en la pintura, aunque siguió dando algún concierto acompañado de escuderos catalanes.


La islandesa Björk se refugió en Andalucía después de que un pirado le enviase una carta bomba a su casa de Londres y, una vez aquí, entonó So Broken al ritmo de la guitarra de Raimundo Amador en el Festival de Benicássim de 1998, versión incluida en la edición española de Homogenic.


Evripidis and his Tragedies, bajo el que se esconde el ateniense Evripidis Sabatis, vive en Barcelona. No se confundan, porque no solo Paul Zinnard —como le sucede a tantos otros músicos rebautizados con nombres extranjeros— puede llevar a equívocos: el inclasificable y discotequero Chenta Tsai —más conocido por su alter ego, Putochinomaricón— es madrileño de toda la vida.


Ya para terminar, la sueca Neneh Cherry vivió varios años en Benalmádena con su marido, el productor británico Cameron McVey (Massive Attack, Portishead, Sugababes). Por cierto, ¿recuerdan a las punks de pelo alborotado The Slits? Pues Neneh Cherry, cuando dejó de estudiar a los catorce años y se fue a vivir a Londres, terminó cantando en la misma banda que… Adivinen... ¡Sí, Palmolive, la novia española de Joe Strummer!



- Lee la historia de Joe y Palmolive en Músicos guiris que se quedaron en España.