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Series de TV 'White House Farm Murders': la enfermedad mental como estigma y prueba de culpabilidad 'per se'

Starzplay estrena en España esta miniserie británica que aborda el asesinato en los ochenta de cinco miembros de una misma familia en una granja de Essex (Reino Unido).

White House Farm Murders. / Starzplay
White House Farm Murders. / Starzplay

A Sheila Caffell su enfermedad mental y una escena del crimen cuidadosamente preparada la convirtieron rápido en culpable. Allí mismo, nada más ser descubiertos los cinco cadáveres ensangrentados de su padre, su madre, sus dos hijos gemelos y el suyo propio, los detectives al cargo de la investigación determinaron que se trataba de un asesinato-suicidio. Ocurrió en una granja de Essex, en Reino Unido, a mediados de los ochenta. Ahora, 35 años después de un suceso que fue exprimido por los tabloides británicos, la historia de los Bamber/Caffell llega a España de la mano de Starzplay convertida en miniserie y tras haberse sido estrenada por la ITV a comienzos de año.

La noche del 6 al 7 de agosto de 1985 la policía recibió una llamada de Jeremy Bamber (Freddie Fox) alertándoles de que su padre le había telefoneado asustado porque su hermana había 'enloquecido con un arma'. Al llegar al lugar, lo que se encontraron los agentes fue a todos los ocupantes de la casa muertos por los disparos efectuados con un arma que Sheila Caffell (Cressida Bonas), diagnosticada de esquizofrenia, tenía en sus manos. El cadáver de Nevill Bamber (Nicholas Farrell) estaba en la cocina. El de su mujer, June (Amanda Burton), y su hija adoptiva, en el dormitorio del matrimonio. Los de sus nietos, Daniel (Nate Barrowcliffe) y Nicholas (Jude Barrowcliffe), de seis años, en el cuarto que compartían en la casa de sus abuelos maternos. Ventanas y puertas estaban cerradas por dentro. No hubo dudas. Al menos, de entrada.

White House Farm Murders está escrita por Kris Mrksa y Giula Sandler basándose en los hechos reales recogidos y documentados a través de numerosas entrevistas y relatos publicados sobre el caso. Entre ellos, destacan en la información facilitada desde la plataforma a los medios, The Murders at White House Farm de Carol Ann Lee e In Search of The Rainbow's End de Colin Caffell. Este último, expareja de la primera señalada y padre de los dos niños asesinados, ha dado su visto bueno al salto a la pantalla de lo ocurrido a su familia y participado en su desarrollo, según informan medios británicos.

La miniserie dirigida por Paul Whittington está planteada en clave de un policíaco con falso culpable en el que solo unos pocos son capaces de darse cuenta de que en esa escena del crimen de fácil lectura hay indicios que no cuadran. Lo fácil, lo obvio, es hacer carga al enfermo mental, en este caso mujer, con la culpa. 'Estaba loca y mató a su familia, incluidos sus hijos'. El estigma de la enfermedad mental sobrevuela la trama y el caso real. Sin embargo, los hechos no cuadran. ¿Cómo puede un suicida dispararse dos veces? ¿Cómo alguien de la talla de Sheila pudo matar a su padre, un hombre corpulento y que opuso resistencia? ¿Cómo pudo disparar a cuatro personas en repetidas ocasiones teniendo que recargar el arma y no romperse ni una de sus uñas largas y pintadas?

La miniserie dirigida por Paul Whittington está planteada en clave de un policíaco con falso culpable

Esas preguntas estaban ahí, delante de todos. Pero el único que se percató de ellas fue el detective Stan Jones (Mark Addy). Él sí supo ver las piezas del puzzle que no encajaban enfrentándose incluso a su compañero en el cuerpo Taff Jones (Stephen Graham), quien, a tenor de lo visto en el arranque de la serie, tenía mucha prisa por cerrar el caso aferrándose a su versión. Hasta que llega un punto en el que las sospechas, la pista facilitada por la prima Anne (Gemma Whelan) y el testimonio final de la entonces pareja de Jeremy, Julie Mugford (Alexa Davies), tiran por tierra con relativa facilidad en la pantalla lo que a ojos de la mayoría parecía evidente.

Director y guionistas evitan caer en el morbo y en el sensacionalismo en todo momento. Se muestran los cuerpos sin vida de los adultos, pero no de los niños, por ejemplo. En los dos episodios vistos antes del estreno se aprecia el cuidado puesto por los responsables de la serie en no tropezar en las mismas piedras que en su día cayó la prensa sensacionalista británica. Es cierto que juegan con las cartas marcadas, contando el relato a toro pasado, y por eso las muestran desde el principio. No tendría sentido alguno insistir en la teoría de que fue Sheila la culpable cuando la investigación se resolvió hace mucho tiempo y su hermano, Jeremy Bamber, cumple condena por los cinco asesinatos.

En seguir las migas de pan que dejó y que condujeron hasta él, los testimonios y pruebas que sirvieron para condenarlo y, en cierta manera, limpiar la imagen de su hermana –situada en el punto de mira cuando en realidad solo era una víctima más de un tema de herencias– son los objetivos de White House Farm Murders. El planteamiento es llegar hasta el final de la mano del detective Stan Jones y comprobar cómo el propio Jeremy Bamber, que a día de hoy sigue defendiendo su inocencia y ha presentado varias apelaciones a la sentencia de prisión sin posibilidad de libertad provisional, fue trazando su propia caída.

Una parte del peso de White House Farm Murders recae también en la atmósfera de esa Inglaterra de los años ochenta

El reparto es la gran baza de una historia cuyo final se puede conocerse con una simple búsqueda en Internet. Freddie Fox, con su inquietante retrato del condenado, logra poner el foco en él desde el principio. El objetivo de la cámara le apunta. Y Mark Addy y Stephen Graham encajan bien como una pareja de policías en dos líneas opuestas de investigación y formas de llevar el caso adelante. Uno, calmado y empeñado en no cerrarlo hasta responder a todas y cada una de las dudas surgidas. El otro, aferrado a gritos a su lectura del mismo y poco dispuesto a abrir su mente a otra posibilidad que no sea la que él defiende.

Una parte del peso de White House Farm Murders recae también en la atmósfera de esa Inglaterra de los años ochenta, esa granja aislada y ese clima triste y apagado. Eso, por un lado. Por otro, en los prejuicios sociales, policiales y mediáticos. De hecho, Colin Caffell (Mark Stanley), a quien en la pantalla se le escucha responder al interrogatorio de la policía que si alguna vez hubiese siquiera intuido que sus hijos estaban en peligro con su madre no se los habría dejado, ha reconocido en alguna entrevista con motivo del estreno que durante un tiempo, y aún conociéndola, le costó llegar a abstraerse de la imagen que dieron de ella los tabloides.